Una pensión completa en Madrid
Dejamos a Carlos al final del capítulo pasado dando palmas con las orejas tras la derrota y captura de Francisco I a cargo de las tropas que aguantaron acometida va acometida viene de los franceses en Pavía. Oye, que era para darlas, porque la falta de perras —el pan nuestro de cada día— obligaba a licenciar tropas cada dos por tres. Y cuando digo tropas, digo tropas: españolas, italianas, alemanas, de los Países Bajos… Pero la jugada le salió bien al emperador, y un vizcaíno llamado Juan de Urbieta se topó con el francés en aquella batalla así, como quien no quiere la cosa, y le dijo: o te rindes o te rindo. Y Francisco I se rindió. Pasados los siglos, a Juan de Urbieta le dedicaron un calle en Madrid —mi colegio de crío estaba en una paralela a aquélla— como homenaje y recuerdo de la gesta.
Francisco I salió del Castillo de Pizzighettone, en Milán, rumbo a Barcelona, donde desembarcó el 19 de junio de 1525. Y de allí, siempre por mar, hasta Valencia; en Requena lo recibió un cortejo enviado por Carlos y presidido por el obispo de Ávila. Que estás preso y tal, pero no dejas de ser el rey de los franceses; y entró en Madrid el 12 de agosto con las calles atestadas de gente. Que viene, que viene, shhh, shhh. ¿Quién? El francés. A la peña le faltó hacer la ola. Ciudad en la que el monarca galo se iba a pegar una estancia padre. Pensión completa con todo pagado a cargo del emperador y de su bolsillo.
Ahora, ¿dónde pasó el cautiverio? Eso ha dado para mucho. Seguro que te viene la Torre de los Lujanes a la cabeza, en la que es ahora la Plaza de la Villa. Eso cuenta la creencia popular, alimentada por autores como el maestro Gil González Dávila, entre otros. En su Teatro de las grandezas de la Villa de Madrid llega a escribir en 1622 que «llegó el Rey Francisco preso á Madrid, y las casas donde estuvo aposentado están en la parroquia de San Salvador, y eran de Fernando Luján, mientras no le pasaron á Palacio». Luego están historiadores y escritores —Francisco Guicciardico, Ponto Rentero Delfio, Esapion Dupleix, Andrés de Chesnales…— que ubican dicho cautiverio en el Alcázar de Madrid —el poeta Luis Zapata, en su Carlo famoso, de 1566, explica que el francés «de allí en Madrid el Rey fué aposentado en el Alcázar Real con su corona, a donde fué servido y fué tratado». ¿Aceptamos el Alcázar de Madrid como lugar de cautiverio? Venga, va, vamos a aceptarlo.
Segundo, vale que una pensión completa en Madrid no está nada mal, pero como que Francisco I tenía ansia de regresar a su casa. Que Madrid está bien y tal, pero había que atender sus asuntos. Unos pocos, que para eso era rey de Francia. Que hubo negociaciones, por abreviar. Hors catégorie, que dicen en la tierra de Francisco I. Para empezar, Carlos pidió recuperar el ducado de Borgoña a cambio de que el otro cogiera el camino de La Junquera, a lo que el francés respondió que verdes las habían segado; pues eso suponía borrar casi medio siglo de la historia de Francia, desde los tiempos de Luis XI, de un plumazo. Pero Carlos siguió dándole al torno Perico e insistió en la idea, que era lo menos que merecía por haber desechado la idea de invadir Francia. Que des gracias a las gracias y aquí paz y después gloria. Y ni una cosa ni la otra.
Así que pasaron los meses sin que ninguno de los dos se apease de su burra respectiva. Meses en los que se temió por la vida del francés, que cayó enfermo por verse privado de la libertad. Eso sí, no pienses que estuvo recluido en una celda de dos por dos, con una cama y debajo de ella el orinal, pues hasta se le permitía salir a cazar según la jornada. Pero, aun así, no llevaba muy bien eso de verse encerrado entre cuatro paredes por muy amplias que fueran las del Alcázar de Madrid. Lo que le solía pasar a algunos jugadores brasileños de fútbol, que echaban de menos su tierra y tal.
Fue enterarse Carlos de que el francés podía palmarla en cualquier momento por culpa de la pena del cautiverio y acudir a Madrid a visitarlo. Sí, no pongas esos ojos como platos. Porque, hasta entonces, había permanecido en Toledo. Que sí, que sí, que pasaron meses y meses sin verse las caras. Siglo XVI, insisto. Sólo le entraron sudores fríos cuando le fueron con el cuento de que el otro podía cerrar sesión en cualquier momento. ¿Y si pasaba a la historia como un carcelero cruel? Ale, que nos vamos para Madrid, como el de la canción del Selu —El Barrio, por si no te acuerdas—, pero con unos pocos remordimientos a diferencia del protagonista de la canción. Pero unos pocos.
El encuentro fue para verlo: Carlos entró en los aposentos de Francisco I, se quitó el sombrero y se abrazó a él. El francés, incorporándose, le hizo una reverencia mientras repetía una y otra vez que era su esclavo, a lo que Carlos, conmovido, replicó —esto nos lo cuenta su cronista Sandoval—: «No, sino libre, amigo y hermano». Luego vino lo de ponte bueno, que quiero verte bien, que esto se arregla en nada, etcétera. Todo esto, a finales de septiembre de 1525.
Total, que la carlina —si se me permite la expresión— contribuyó a la mejoría de Francisco I, lo que coincidió también con la llegada a Madrid de Margarita de Angulema, duquesa viuda de Alençon y hermana del francés, para negociar la liberación. Pero de eso que quieres, como que te vayas olvidando, le soltó al emperador. Ale, vuelta a empezar. Mal asunto. Fíjate como lo vería Francisco, que hasta se le ocurrió escapar. ¿Cómo? Agárrate, que es muy buena: resulta que el monarca galo tenía un esclavo negro que se encargaba de que nunca faltarla leña en su chimenea. ¿Qué pensó Francisco? En pagarle cuatro duros para hacerse pasar por él, de tal manera que el esclavo se metiera en su cama y él, con la cara tiznada, se daba el piro —expresión muy ochentera. Si no la conoces, búscala en Google—. Pues eso, que el plan fracasó y eso le dio pie a Carlos para soltarle al francés que así nos podemos tirar hasta que queramos. Ni Francisco entregaría el ducado de Borgoña ni Carlos pensaba renunciar a él. Peeeeero…
A mediados de noviembre, Francisco I cambió de táctica. Dale a tu cuerpo alegría, Macarena.
—Vuestro es el ducado a cambio de mi libertad, pero con una condición —le diría a Carlos.
—Explíquese vuestra majestad.
—Para entregárselo he de hacerlo desde Francia y en libertad.
—¿Ve vuestra majestad este dedo? —le mostraría Carlos el índice de su mano derecha—. ¡Pues súbase y baile encima de él!
—Como prueba de mi buena voluntad, estoy dispuesto a entregar a mis dos hijos como rehenes y a casarme con vuestra hermana mayor, Leonor.
Oye, que no son malas condiciones, pensaría sin dejar de mirar a Carlos; y date con un canto en los dientes, que sigo siendo rey de Francia y te monto un lío de tres pares de narices en cualquier momento. Pero Carlos seguiría un rato más con el dedo levantado. No obstante, le dio un par de vueltas al asunto para decirle al francés que vale, que sí, pero júrame lo pactado sobre el Evangelio y dame tu palabra de caballero de que, si a los seis meses no he recuperado el ducado de Borgoña, estarás de vuelta para seguir alojado en Madrid con la misma pensión completa. Tal cual.
Para ir terminado con el asunto, que tampoco es cuestión de alargarlo más de la cuenta, después de mucho hablar y más tiras y aflojas, el resultado de todo esto fue la firma del llamado Tratado de Madrid el 14 de enero de 1526 con todos contentos; con Francisco cediendo a todas las reclamaciones sobre Italia y los territorios en disputa en los Países Bajos y ofreciéndose a formar una alianza con Carlos para darse cera hasta en el cielo de la boca con el turco y también con los luteranos. Desde entonces, y hasta la partida de Francisco I, éste y el emperador comieron y cenaron varias veces, se entrevistaron en no pocas ocasiones y, cómo no, le presentó a su hermana Leonor, con la que casaría según lo dispuesto en aquel tratado —boda que se celebraría en Illescas—. Claro que Carlos ni en pintura pensó en dejarlos a solas. Lo tenía clarinete: «Sólo les dejasen hablar, pero que no se pudiesen apartar». ¿Te fiarías tú del francés visto lo visto? Pues lo mismo que Carlos. Y eso que, después de la boda, le prometió cumplir todo lo pactado hasta el infinito y más allá. Hasta por su honor de caballero, que se lo soltó tal cual a Lannoy; y que «moriría antes que faltar a ninguna de las promesas» que había contraído.
Que sí, que vale, pensaría Carlos; que no dejó salir a Francisco hasta que sus hijos estuvieran de camino para España, donde se quedarían como parte de lo pactado; y tampoco dejó que Leonor se fuera con él hasta que no ver «ratificado y jurado cumplir los tratados y otras cuestiones acordadas entre él y yo».
¿Cumplió todo lo pactado en aquel tratado? Ya te respondo yo: no padre. Ni por asomo. Y se lio… Pues eso, que se volvió a liar. Parda, no, lo siguiente. Pero eso no lo sabía en ese momento el emperador, quien desde ese instante sólo se preocupó de su boda con Isabel. Que no era poco.
Después de leer viene lo de escuchar, ya sabes que el podcast y el post no son iguales.
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