Todos somos soldados en la vida, en nuestro día a día.
El soldado
De él podríamos decir que es un veterano de guerra. Afganistán, Irán, Siria… Las contiendas están llenas de muertos, de mujeres, niños, ancianos, personas indefensas, desconocidos que pasaban por allí en el momento equivocado, gentes que nada tienen que ver con todo aquello, individuos que se involucran en la creencia de apoyar una causa justa o un ideal que no lo es tanto o sirviendo a su país sin cuestionarse nada más.
Para él su mayor aventura no fue ninguna de aquellas guerras, no fue empuñar un arma, ni planear ni ganar ninguna de aquellas batallas. Su mayor hazaña la tenía más cerca de casa de lo que él imaginaba y allí fue donde la vivió.
Luchó por rescatar a su hija durante diez años del infierno donde ella se había metido en su ausencia. Lo hizo de la única manera que sabía, luchando como el buen soldado que siempre había sido, el ejército es lo que tiene, enseña a los suyos y lo que se aprende es para siempre.
Padre e hija salieron con vida de aquello hace algún tiempo, no es momento de contar cómo sucedió, fue mucho por lo que pasaron, demasiado. Un soldado no cuenta sus derrotas, sólo las victorias.
Por supuesto tienen secuelas, los dos. La una porque años de prostitución para drogarte mientras tu padre combate no se borran de un plumazo y el otro porque no se deja de ser un soldado sin más. Lo importante es que padre e hija están ahí disfrutando de la vida. Con sus cosas, todos tenemos lo nuestro.
Al fin y al cabo ¿quién no es un soldado en esta mierda de vida que nos toca?
Galiana













