«Letras calientes» de @AlexFlorentine: «La boda»

Es el día de la boda, a la tarde, los invitados suelen estar bastante desorientados. Excesos de alcohol, de comida, nuevas caras, nuevos reencuentros… ¿Dónde están los novios? ¿Alguien los echa de menos?

La boda

Madre mía… Llevamos metidos en el baño unos diez minutos.

Oímos la música y el algarabío que hay afuera, donde un setenta por ciento de los comensales tienen tanto alcohol en sangre que arderían en presencia de cualquier llama.

Pero para llama, la que tenemos nosotros.

Abro los ojos y me encuentro con los suyos…

Cerca…

Entrecerrados…

Brillantes…

Con los párpados sudados y la frente perlada de sudor.

Los cierra.

Yo también.

Mientras, me muevo.

Cabalgo lento a mi corcel. Mío desde las doce de mediodía, cuando dijo delante del cura que me aceptaba para lo bueno y lo malo.

Menos mal que cambié el vestido de novia por el de noche y este es corto, que si no hubiera quedado directamente para tirar.

No nos echarán en falta aún, y si lo hacen, no estoy pecando.

Se me escapa una risita, vuelvo a abrir los ojos y veo los suyos, risueños, frente a mí.

Su boca medio abierta y llena de deseo se acerca, nos acoplamos a la perfección, al igual que más abajo.

Nuestras lenguas revisan que entre los dientes ajenos no queden restos de comida.

Las respiraciones se agitan ante la magnitud del trabajo.

Las manos comienzan a demostrar que no se van a quedar quietas ante la próxima explosión de placer.

Las suyas se apoyan en mis pechos, se deleitan en su contorno y se deslizan a mi cintura.

Entonces, sus ojos se abren, grandes, fijos en los míos.

Y con sutileza, decide que ahora es él quien quiere tomar las riendas, marcar el paso.

Así, que me dejo llevar por el camino.

Hasta que al galope, llegamos a destino.

Nos detenemos cuando ya consideramos regresar adentro. Tenemos todo el tiempo del mundo para seguir haciendo camino juntos, amazona y corcel.

Abro la puerta con lentitud. Un dato importante que se me había olvidado contar es que hemos estado en el baño para discapacitados.

Que conste que no somos crueles.

Alquilamos el local íntegro para nuestra boda y no hay nadie, que por fortuna, necesite este tipo de instalaciones.

Lo miro y con mis ojos le pido que espere un poco antes de salir.

Llego a la fiesta y casi nadie se percata. Mi madre me mira y frunce un poco el ceño, yo asiento con la cabeza y sonrío mientras peino un rizo que se escurre de mi recogido. Mi padre tiene la cara roja y está a lo suyo con dos amigos más. Los demás, por grupos, están disfrutando de la bebida, las compañías, la música y el alcohol.

Él regresa un poco más tarde y nos juntamos como si no nos hubiéramos visto en tiempo. Me arrastra al centro de la sala, en donde estaban varias parejas bailando y en donde ahora acaba de quedar una especie de círculo para nosotros.

La pequeña orquesta contratada termina la canción y suenan los platos de la batería. Marcan el ritmo de otra. Lo miro: es nuestra canción. La que elegimos para comenzar el baile, pero la que nos perdimos porque decidimos llevar a cabo la fantasía de la que tantas veces habíamos hablado.

¿Por qué esperar a la noche de bodas? Es nuestro día. Entero desde que el reloj dio las doce y hasta que sea medianoche, momento en el que espero, pueda seguir el camino que dejé en el aseo.

@AlexFlorentine

Acerca de Galiana

Escritora, creativa
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