Elvis Christie, alias @Sancheztowers: Ni ángel ni demonio

—Has engordado —me dice MOYO como saludo, sonriendo. Me lo quedo mirando y admirando lo poco que ha cambiado desde el año pasado. El muy sinvergüenza parece incluso más joven: está bronceado, se ha afeitado la barba y dejado crecer el cabello. Resulta extraño decir que lo envidio, pero es la verdad. Al menos un poco.

MOYO es el acrónimo de Mi Otro Yo Odioso, que es como lo llamo. Es narcisista, despreocupado y bastante amoral. A mí me suele llamar MOYA, es decir Mi Otro Yo Aburrido. Y, por desgracia, no puedo reprochárselo.

Sucedió hace ya dieciocho años, el día tres de septiembre de 2001. El año anterior, o sea el año 2000, terminé el máster y, durante las vacaciones de verano en las islas, me planteé mi futuro inmediato: aceptar el trabajo como guía turístico en ese paraíso o volver a España e incorporarme al despacho con mi padre. Lo primero suponía romper con todo, Vanesa incluida. Estuve dándole una y mil vueltas al dilema los dos primeros días de septiembre y finalmente, la noche del tercer día, tomé la decisión frente al espejo del aseo: volvería a España, a la seguridad de la vida familiar con mi novia y el trabajo con mi padre. Una semana más tarde comencé a trabajar como pasante y a los pocos meses me casé. Y el día 3 de septiembre de 2001, un año después de haber superado aquella encrucijada, conocí a MOYO. Había discutido con Vanesa y no podía dormir. Me levanté a fumar un cigarro en el baño y mojarme la cara cuando advertí que mi imagen en el espejo no seguía mis movimientos, sino que se mantenía inmóvil, mirándome con una sonrisa de suficiencia en la cara, hasta que comenzó a hablar. Y así ha venido repitiéndose con puntualidad cada año en la misma fecha a las dos de la madrugada.

—Y hasta diría que has perdido pelo. Joder, MOYA, todos los años haces que me avergüence —continúa diciéndome—. A este paso va a ser imposible el intercambio.

—Yo también me alegro de volver a verte, MOYO —le contesto con sarcasmo—. Anda, déjate de puyas y cuéntame. ¿Sigues trabajando en el club de surf y con aquella chica… cómo se llamaba… Vivian?

—Se llama Verónica y no, ya no estamos juntos. Ahora estoy con Bárbara. Pero sí continúo con las clases de surf—. Se enciende un pitillo y continúa: —Y por ahí por la madre patria ¿cómo va? ¿Qué tal los niños y Vanesa? La verdad es que me acuerdo mucho de ella y realmente la echo de menos. A ver cuándo…

—Bien, sin novedad este año —le respondo, cortándolo—. Los chicos han sacado buenas notas y Vanesa parece que no cumple años, como tú.

Es cierto, el único que envejece mal en esta extraña familia soy yo que, como observa MOYO, estoy más gordo y más calvo.

—Venga, anímate, hombre —me consuela—. Sólo tenemos cuarenta y dos años. Lo que tienes que hacer es algo de ejercicio y dieta y salir más, que te pasas el día sentado en la oficina. Como no te cuides, Vanesa se va a buscar a otro y eso sí que no te lo perdonaré.

—Claro —me revuelvo enseguida—, el señor «rompeolas» lo ve todo muy fácil, viviendo en la playa sin responsabilidades familiares ni de ningún otro tipo.

Me ha enfadado que me diga lo que debería hacer porque es lo que yo mismo me repito día tras día, pero nunca soy capaz de ponerme a ello. Además, sé que su reproche no es desinteresado. Lleva varios años intentando que llevemos a cabo un intercambio de roles durante un mes. Dice que a mí me vendría bien regalarme ese tiempo viviendo su vida y que él siente curiosidad por experimentar la mía, burguesa y anodina. Y reconozco que a mí me tienta sobremanera meterme en su piel y sus eternas vacaciones; pero, por otro lado, me asusta y llena de desconfianza su insistencia.

En ese mismo momento se abre la puerta del baño y entra Vanesa bostezando. Sólo lleva encima un «culotte». Al mirar al espejo parpadea y hace un gesto meneando la cabeza, como despejándose. Creo que ha visto algo raro, pero seguramente lo ha atribuido al sueño. Después me besa por detrás, en el hombro derecho, y pone su mano sobre mis genitales.

—Anda, ven a la cama, que tenemos algo pendiente tú y yo —me susurra ronroneando de esa forma que sabe que vence todas mis defensas y reticencias.

Mientras salgo del baño en pos de mi mujer echo la vista atrás, hacia el espejo, y guiño un ojo a la imagen de MOYO, que se empieza a desvanecer poco a poco, aunque aún puedo ver cómo rechina los dientes y me grita algo que ya no alcanzo a oír y me doy cuenta de que esta vez es él quien se queda muriendo de envidia.

@Sancheztowers 

Avatar de Desconocido

About Galiana

Escritora, bloguera, podcaster, enamorada de todo lo que huele y sabe a Cultura
Esta entrada fue publicada en "...Y Cía", agosto 2019, Elvis Christie y etiquetada , , . Guarda el enlace permanente.

1 Response to Elvis Christie, alias @Sancheztowers: Ni ángel ni demonio

  1. Pingback: Ni ángel ni demonio – Relatos mezclados, no agitados

Deja un comentario