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A las nueve en punto comenzó a sonar por los altavoces el habitual Jesucristo Superstar de los fines de semana y ciento cincuenta jóvenes saltaron de sus camas haciendo todo el ruido que se puede hacer con catorce o quince años. El dormitorio del internado se distribuía en diminutos departamentos de apenas cuatro metros cuadrados, separados por finos tabiques de un par de metros de alto que no llegaban al techo y una pequeña puerta que se cerraba con un sencillo picaporte magnético.
Jaime ya llevaba un rato despierto cuando arrancó la música y en pocos minutos se había aseado, vestido y hecho la cama. Se subió a ella con un cepillo en la mano y se asomó a la camarilla contigua, donde Carlos seguía durmiendo, inmune a cualquier despertador.
—¡Venga, Cansao, arriba! —le gritó mientras le pasaba las cerdas del cepillo por la cara, soltando una risotada.
Era un sábado fresco de abril de 1984 y ninguno de los dos sospechaba que ese día sus jóvenes vidas darían un vuelco.
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—Se nos ha terminado el tabaco. ¿A quién le dejan salir? —preguntó Diego, el Cervato, dirigiéndose al grupo y arrugando el paquete vacío de Fortuna. Todos miraron a Richi, el Conejo, cuya tía vivía en el pueblo y, además, gozaba de las simpatías del tutor y los profesores. Casi nunca le negaban un permiso.
Tras el desayuno, las tareas de limpieza y la hora de estudio comenzaba realmente el tiempo libre del fin de semana y los alumnos se desperdigaban por las instalaciones del colegio donde contaban con sala de televisión, de música, salón de juegos, talleres variados y otras actividades más, pero la mayoría prefería salir a las pistas de deporte si el clima lo permitía. Allí se sentían menos vigilados. Sobre todo si pretendían hacer algo prohibido, como fumar.
Cuando Richi se disponía a salir al pueblo para cumplir con el encargo de sus amigos, Jaime se acercó a él y le entregó disimuladamente un papel doblado:
—Deja esto en el buzón secreto, porfa.
—Os la estáis jugando Carlos y tú, pero me dais una envidia… —Richi se guardó la nota en el bolsillo trasero del pantalón y echó a correr por el pasillo que llevaba a los jardines y de ahí al exterior.
El internado tenía unas normas muy estrictas en cuanto a las salidas a la calle. Salvo los castigados (que no eran pocos) y al margen de permisos puntuales como el de Richi, los chicos sólo tenían permitido salir los domingos después de la misa y hasta la hora de la comida. Desde luego tenían vedado salir de noche y más aún con chicas. No era únicamente un internado: era, ante todo, un seminario menor, pese a que no llegaba al dos o tres por ciento el porcentaje de chavales que estaba allí por vocación religiosa. Casi todos habían sido enviados por motivos económicos y, en menor medida, educativos.
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—Padre: he oído que esta noche va a haber una escapada al cementerio—. En todos los colegios hay algún chivato, y José Luis, el Mono, era uno de ellos. En efecto, un grupo numeroso de alumnos había planeado escaparse esa noche para ir al cementerio de los curas. Una vez allí ya se les ocurriría alguna gamberrada.
—Gracias, Martínez —dijo el padre Alfredo, director del seminario y conocido como el Zorro por su mirada aviesa y su sonrisa torcida—. Mañana serán menos los que salgan al pueblo después de misa.
A las ocho y media de la tarde, nada más terminar la cena, Carlos y Jaime fueron hasta el fondo del campo de fútbol, la zona más alejada de las ventanas y oculta por unos matorrales; se encaramaron a la valla metálica perimetral y saltaron al camino que circundaba las instalaciones del internado. Cerca andaban también otros compañeros agrupándose para su propia escapada al cementerio. Algunos les saludaron con la mano y otros les dirigieron los típicos gestos obscenos de adolescentes, sabedores de que habían quedado con chicas.
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—¿Beso, atrevimiento o verdad? —preguntó Carlos mirando a Laly, una muchacha bajita, muy guapa, de catorce años.
Llevaban una hora charlando y tonteando con las chicas, escondidos entre las bodegas situadas en una zona de terreno más bajo que el internado, pero cercana. A Jaime le gustaba Camino, una morenaza voluptuosa un año mayor que él, y Carlos estaba colado por Laly, así que le hizo la pregunta poniendo sus evidentes deseos en la mirada, y Laly no lo defraudó. Se besaron y, mientras lo hacían, Camino cogió de la mano a Jaime, mucho más tímido que Carlos, se acercó a él y también lo besó. Y el tiempo que les quedaba para regresar al colegio se esfumó sin que se dieran cuenta.
—¡Hostia, tío, las diez y media! —advirtió Jaime mirándose el reloj y poniéndose en pie.
Se despidieron de las chicas, quedando en citarse para el siguiente sábado con algún mensaje en el buzón secreto, y comenzaron el ascenso hacia el internado entre piedras y arbustos. Era una noche fría pero despejada, alumbrada por la luna. Jaime iba delante, resoplando por el esfuerzo de la escalada, cuando al asomar al camino se quedó paralizado durante un segundo. La luna hacía brillar dos hábitos blancos que a una veintena de metros avanzaban en su dirección. Reaccionó rápido y pudo avisar a Carlos, que se mantuvo oculto, pero a él ya lo habían visto. Oyó que los curas le decían algo desde la distancia, pero no pudo distinguir sus palabras entre el ensordecedor golpeteo de su corazón en los oídos, así que no contestó y echó a andar, alejándose de ellos. En el momento en que dobló por la curva cerrada que seguía el trazado del campo de fútbol se lanzó a correr con toda la fuerza y velocidad que le permitieron sus temblorosas piernas hasta llegar al siguiente córner del campo, por donde habían salido hacía poco más de dos horas.
Diego, Richi y otra treintena de alumnos soportaban con estoicismo la bronca que les estaba echando el Zorro junto con otros curas. Estos habían organizado una redada por los alrededores del colegio y los habían pillado al poco de abandonar las instalaciones. Los habían hecho sentarse en el graderío del campo de fútbol y los estaban aleccionando sobre el significado de la disciplina escolar y otras tantas monsergas, todas ellas escuchadas miles de veces. El sermón del Zorro empezaba a perder fuerza cuando escucharon un estruendo metálico a su derecha. La luna se había ocultado parcialmente tras una nube y no se veía demasiado, pero sí lo suficiente como para que todos pudieran distinguir unas zapatillas blancas volando sobre la valla y corriendo a toda velocidad por la línea de fondo del campo. El Zorro se giró sobresaltado y gritó:
—¡Eh, tú, ¿dónde vas?!
—¿Quién, yo? —respondió Jaime frenando en seco al verse sorprendido.
—¡Coño, Sánchez, no podía ser otro! ¡SÍ, JODER, CLARO QUE TÚ! ¿Acaso hay alguien más corriendo por aquí? —La respuesta de Jaime y la reacción del Zorro liberaron al grupo de jóvenes de la tensión de su captura y fue el detonante de una carcajada multitudinaria y descontrolada. Los curas los mandaban callar, pero no conseguían otra cosa que hacerles reír más y más fuerte.
Unos días más tarde, Carlos y Jaime se despedían en la estación de autobuses. Los habían expulsado y sólo deberían volver en junio para los exámenes finales, cuatro días durante los cuales prácticamente no se vieron entre sí ni casi tuvieron ocasión de ver a los demás. Estaban alojados en un ala diferente y si por casualidad se cruzaban con otros alumnos, estos los miraban como se mira a un enfermo contagioso.
Y veinticinco años y varios adelantos tecnológicos después se encontraron gracias a Patricio, el Guaperas, quien los había localizado y conseguido reunir: Diego, el Cervato; Richi, el Conejo; Miguel, el Viejo; Jaime, el Marciano; Carlos, el Cansao; Alfonso, el Pelota; y así hasta veinte. Jaime no pudo evitar que se le humedecieran los ojos cuando fue abrazando, uno por uno, a sus antiguos compañeros y mientras recordaban decenas de historias y anécdotas, pero fue Richi el que provocó que brotaran definitivamente lágrimas y retortijones de risa:
—¿Os acordáis de las zapatillas blancas del Marciano saltando la valla por el córner del campo de fútbol y contestándole al Zorro «¡¿Quién, yo?!»











