![]()
Hoy podría haber buceado la ría, ida y vuelta, sin tomar aire. He contenido tanto la respiración que aún tengo los ojos fuera de las órbitas.
Primero ha sido con Amaya. Le he pedido que se case conmigo y ha aceptado. Pero ha tardado lo suyo en darme el sí. Me ha mirado seria y fijamente durante, no sé, un par de eternidades; luego me ha tomado la cara entre sus manos, ha dicho «sí» en un susurro inaudible y me ha besado. He aguantado lo que he podido, pero al final he tenido que interrumpir el beso para respirar porque veía que me tragaba su lengua.
Sin embargo eso no ha sido nada comparado con el rato del Club. Decírselo a los chavales era lo más difícil. Amaya podría haberme rechazado por muchas y justificadas razones, pero estaba preparado para ello; en cambio, la reacción de mis colegas del Club de Solteros me daba verdadero pavor, pues no en vano soy su presidente. Les he soltado la bomba a bocajarro y ha sido como pulsar la pausa del vídeo: «¡Que me caso, joder!». Hasta el humo de los cigarros se ha quedado inmóvil en el aire. Y mis pulmones, claro. Sólo he podido respirar cuando los mayores han comenzado con las burlas y me he dado cuenta de que no iban a tirarme por el balcón. Las felicitaciones (y alguna que otra cara de envidia) han comenzado cuando les he dicho con quién: con Amaya, la sobrina de Antón, el fundador del Club.
Entre nosotros circulaba la broma de que sólo se podía abjurar de la soltería por Amaya, y yo lo había hecho realidad, así que todos se lo han tomado más o menos bien y me han deseado lo mejor. Bueno, todos menos Patxi, que ni siquiera me ha dirigido la palabra y se ha ido pegando un portazo. Nos apuntamos juntos al Club y supongo que lo ha visto como una traición a nuestros principios y teme quedarse solo. Ya se le pasará. De momento yo bastante tengo con prepararme para lo que se me avecina porque Amaya amenaza con un bodorrio por todo lo alto.
– – – – – ooo 000 ooo – – – – –
Patxi bajó las escaleras con el corazón bombeando a toda velocidad en su pecho y la respiración entrecortada. Necesitaba aire fresco y descargar su ira contra algo, y eso que aún no terminaba de creerse la noticia con que les había abofeteado Txema. «¡Que se casaba con Amaya!» No se había quedado a escuchar sus explicaciones, pero le parecía mentira que lo hubiera podido mantener oculto hasta el último momento. Sobre todo a él, que era su amigo. «¡Maldito cabrón!»
Encendió un cigarro y aspiró con violencia el humo, regodeándose en el ardor que le provocaban las intensas caladas. Cuando se lo hubo terminado lo arrojó al suelo, cruzó la calle y, al otro lado, se acodó en la barandilla mirando hacia los barcos que abandonaban parsimoniosamente la ría para adentrarse en el mar. Se imaginó en uno de ellos largándose de allí y mandando todo a la mierda. Luego se serenó, se llenó los pulmones del frío y salobre aire del Cantábrico y lo expulsó despacio. Había sido un tonto. Pensar que Amaya pudiera sentir algo por él… Ella era una mujer excepcional, inteligente, divertida y hermosa como ninguna. No se explicaba qué había visto en Txema, pero, fuera lo que fuese, ya no tenía remedio.
En fin, como vicepresidente del Club de Solteros de Bilbao le tocaba asumir la presidencia hasta que hubiera nuevas elecciones y pensaba montar algo gordo, muy gordo, para que la boda de Txema fuera inolvidable y, sobre todo, irrepetible. Inspiró profundamente y volvió sobre sus pasos con una sonrisa malvada en la boca.












Muy buena entrada y un golpe de suspenso mas que deseable, que pone al lector frente a la actitud que por «¿celos o angustia»? tomara Patxi. Un abrazo.
Me gustaMe gusta
Muchas gracias. Es un ejercicio basado en un recorte de prensa de hace unos años: se casa el presidente del club de solteros de Bilbao. Tiene gracia y mucha miga.
Me gustaMe gusta
Pingback: Aire – Relatos mezclados, no agitados