Carmen Navas Hervás: La Confesión

─Padre, necesito confesarme

─ ¿En este momento? ─me preguntó con cara de estupefacción.

La Iglesia estaba abarrotada de gente, sin embargo, no me había dado cuenta de ello puesto que tenía mi objetivo muy claro: quería acabar con mi desazón cuanto antes sin importarme nada más.

Había estaba arrodillado durante más de una hora rezándole a ese Cristo silencioso que presidía el altar mayor del edificio. Había sido una plegaria desesperada, una oración surgida de la necesidad.

El sacerdote estaba indeciso y me miraba como si no pudiera creer lo que le estaba pidiendo.

─Puede venir el martes y le oiré gustoso en confesión ─lo dijo como si me estuviera dando una cita para el médico.

La desesperación me invadía por momentos, sin embargo, logré controlar mi ira pues necesitaba que me absolviera de todas mis culpas antes de dar el paso.

─No quiero morir en pecado ─le rogué más con la mirada que con las palabras.

─Todos vamos a morir aunque ninguno sabemos cuándo y solo a él le corresponde decidirlo ─dijo señalando la imagen crucificada a sus espaldas.

─Yo sí lo sé porque voy a ser la mano ejecutora, por eso necesito antes quedar limpio de pecado.

Otro párroco al que no había visto nunca se acercó y me puso la mano en el hombro:

─Yo te puedo ayudar.

Ni siquiera levanté la mirada, sino que le seguí. Hasta ese momento no me había dado cuenta de lo cansado que estaba. Era como si tuviera unas pesas en los pies que tiraban de mí hacia abajo. Seguía su estela como si no pudiera hacer nada más y lo hacía a cámara lenta. Yo creía que íbamos a ir al confesionario, sin embargo, me condujo a un cuarto al lado la sacristía. Se detuvo sin darse la vuelta y me quedé quieto, esperando. No habría sido capaz de moverme, aunque lo hubiera intentado.

─Ave María Purísima ─dije intentando acabar cuanto antes con el formulismo.

Se giró y le miré directamente a los ojos. Caí de rodillas como si hubiera sido fulminado por un rayo. Eran esos ojos, los mismos ojos:

─No tengas miedo ─su voz era tan suave que parecía que me estaba acariciando ─sé por qué quieres acabar con todo y creo que estás confundido.

─No puedo seguir viviendo, es demasiado duro, demasiado difícil.

─ ¿Acaso crees que para mí no lo fue?

Claro que lo sabía, aunque eso no importaba, me dolía tanto el corazón que necesitaba pararlo, necesitaba que todo acabara, que la pérdida desapareciera.

─Lo tuyo era distinto, mi hijo no debería haberse ido, ¡Era solo un niño! ─en ese momento estaba muy enfadado y deseaba golpear lo primero que encontrara a mi alcance, sin embargo, me contenía porque siempre había sido una persona muy poco dada a la violencia y sabía que así no iba a solucionar nada.

Entonces me dio la mano y sentí como una corriente eléctrica que me traspasaba. Sentí en mis propias carnes todo el dolor, todo el sufrimiento que había pasado. Noté como las espinas se clavaban en mi cabeza, como la espalda me ardía por el látigo ¡Era tan grande el dolor!

Después fue peor porque me hizo viajar no solo por ese calvario, sino que hizo que conociera todas las penurias de la tierra. Fui navegando, en un tour interno, por la pobreza, la desesperación, la maldad, el odio.

Cuando abrí los ojos, los tenía anegados de lágrimas y me di cuenta de que lo que yo había creído que era el dolor más grande del mundo, solo era una gota en el océano del sufrimiento.

Ya no pensaba en quitarme la vida. Esos pensamientos destructivos habían sido desplazados. Ahora necesitaba ayudar a todos esos desgraciados que había visto sufrir en mi viaje imaginario. Necesitaba saber que podía consolar a alguno de los que sufrían. Mi dolor no había desaparecido. Sin embargo, me había dado cuenta de que podría sobrellevarlo.

Al salir de la Iglesia, me di la vuelta y le vi sonreír. Lo hacía con todo su ser: transmitía una paz que hacía que mi alma encontrara esa serenidad que necesitaba.

Esa confesión me cambió la vida. No digo que olvidara a mi hijo, porque eso era imposible, ni siquiera conseguí calmar del todo el dolor, solo digo que comprendí que no  estaba sufriendo solo yo, que había personas en el mundo que afrontaban problemas mayores que el mío y que aprendían a vivir con ellos.

En muchas ocasiones volví a esa Iglesia para verle de nuevo. Jamás lo conseguí. He preguntado a los otros sacerdotes de la parroquia por aquel hombre y nadie ha sabido darme cuenta de él. A veces he pensado que todo fue un sueño, solo un producto de mi imaginación, sin embargo, todavía siento la corriente eléctrica que recorrió mi cuerpo aquel día ¿Acaso importa? Creo que no, lo que ocurrió en aquel momento me salvó lo vida y me ayudó a mí y a todas esas personas a las que les he tendido la mano.

─Hoy soy un hombre nuevo, con mis virtudes y defectos y con unas ganas enormes de vivir y si todavía estás pensando que tu sufrimiento no se puede soportar, mira hacia atrás y fíjate en el de los demás, observa al vagabundo que no tiene ni donde dormir, a la madre que no tiene nada que dar a sus hijos para comer, a la mujer que se ha quedado viuda porque a su marido ciclista le ha matado un conductor borracho, al padre al que un asesino sin compasión ha matado a su hijo.

Todavía se me saltaban las lágrimas con tan solo pensar en mi hijo, pero la joven que estaba ese día frente a mí se acarició el vientre con ternura y me miró con una sonrisa de ángel. Me volví a sentir orgulloso de mí mismo. Había podido salvar a otra persona como también me salvaron a mí.

@mcnavas1

Avatar de Desconocido

About Galiana

Escritora, bloguera, podcaster, enamorada de todo lo que huele y sabe a Cultura
Esta entrada fue publicada en "...Y Cía", Carmen Navas Hervás, Verano 2018 y etiquetada , , , , . Guarda el enlace permanente.

Deja un comentario