Elvis Christie: Por amor al arte

Nota del autor:

Considero oportuno advertir que lo que vais a leer es la continuación de un microrrelato que escribí hace meses para el concurso del Consejo General de la Abogacía: se trata de las ciento cincuenta palabras que constituyen el preludio del relato en cuestión.

Uno nunca sabe cómo, cuándo ni por qué acude la puñetera inspiración, pero lo realmente malo es la impresión de que siempre deja de acudir cuando se la reclama. Tanto que cuando Galiana me pidió un par de relatos para diciembre (y estábamos en septiembre, creo recordar) le dije que sí con total seguridad, después de haberle fallado una semana en verano. Sólo dos relatos… «Eso está hecho», le aseguré. Y, de repente, empieza a terminar noviembre y yo en cueros y, además, desbordado de trabajo del otro, del que paga facturas.

En fin, miré al techo y comprendí, como Serrat, que las musas habían pasado de mí y estaban de vacaciones. Pero no del todo: me habían dejado todo lo que me regalaron el año anterior, y de ahí ha salido esta historia. Como decía, el preludio es un micro autónomo y lo demás es lo que ahora os dejo para que, si eso, lo disfrutéis.

 

POR AMOR AL ARTE

 Preludio

El abogado nos reunió en la biblioteca. Se inclinó sobre el cuerpo inerte del abuelo y de su mano crispada y rígida arrancó una perla que exhibió con gesto triunfante:

 —¡Qué olvido tan inoportuno! —exclamó distraídamente haciéndola girar entre sus dedos.

 Mamá se llevó la mano al cuello, palpando su collar, y papá se ajustó la corbata, confirmando la integridad del pasador. Hasta yo me removí inquieta.

 Don Hermenegildo, el administrador, tomó del brazo al letrado:

 —Esto deberíamos tratarlo en privado, con total confianza. La posición de privilegio de la familia así lo aconseja. Hay que evitar un escándalo —le sugirió tendiéndole la mano, invitándolo a entregarle el acusador objeto.

 —Por supuesto —respondió el jurista aprovechando para estrechársela y voltearla, dejando a la vista un gemelo huérfano de la piedra blanca que debería adornarlo.

 Unos coches con luces de colores parpadeantes se llevaron a todos y me quedé sola.

 Ladrando.

Primera parte

El inspector Carmelo Fernández cerró el expediente, comprimiendo a la fuerza su abultado contenido de informes y fotografías, lo sujetó con unas gomas y lo depositó sobre su mesa de trabajo. Se estiró, encendió un Ducados y se repantingó en el cómodo butacón, exhalando una densa calada de humo. El asesinato de Jaime Sanz de la Mota, Marqués del Cerromoro, lo traía de cabeza. Todo apuntaba a Hermenegildo Ibáñez, el administrador; pero Carmelo era un experimentado sabueso que había aprendido a fiarse de su intuición, y ésta le decía que algo no encajaba. Ciertamente, la perla que la víctima sujetaba en su mano al morir pertenecía al gemelo de Ibáñez, pero no alcanzaba a suponer los motivos que podría tener para matar al patriarca, al contrario que los demás presentes aquel día en el lugar del crimen, y esto era lo que martirizaba al inspector.

Fernández había interrogado al administrador y éste había negado cualquier implicación en el asesinato del marqués. Manifestaba ignorar cómo había llegado la perla a la mano de su admirado patrón (así lo había calificado), aunque sospechaba del «marquesito» y hasta del «picapleitos» (también expresiones suyas).

—Mire usted, señor inspector —le había dicho Hermenegildo durante el interrogatorio en las dependencias policiales—, don Pedro, el yerno de don Jaime, me la tiene jurada desde que supo que la señorita y yo habíamos tenido una aventura cuando ellos eran novios. Es agua pasada. El señor marqués me convenció para que pusiera fin a la relación y desde entonces don Pedro nunca ha perdonado a su suegro que me mantuviese a su servicio. En cuanto a Julio, el abogado, mucho me temo que es él quien ahora disfruta de los encantos de la señorita, aunque dudo que el señor Marqués lo supiera y menos aún don Pedro. Pero doña Nieves es inocente —había añadido—. Además de querer con locura a su padre, no me dirige la palabra desde aquello y no pudo hacerse con la perla de mi gemelo.

«Así que estamos ante un clásico de la motivación criminal: los celos», había pensado inicialmente el inspector. Pero era perro viejo y sabía que los crímenes pasionales no eran propios de personas acomodadas, cuyos trapos sucios de bragueta se limpiaban discretamente. No, esta gente solía derramar sangre por dinero o por venganza, los otros dos grandes motivos. Descartada la segunda, quedaba el factor económico, precisamente el más abundante en esta familia. Y con un muerto sobre la mesa, eso se traducía en una herencia. En cualquier caso, ya era demasiado tarde y se encontraba agotado, así que, como muchas otras veces, pensaba acostarse de inmediato confiando en que, durante el sueño, su subconsciente lo ayudase a poner orden en el caos señalándole ese detalle que aún se le escapaba.

A la mañana siguiente, Carmelo no saltó de la cama con la música del despertador como tenía por costumbre. En la radio sonaba Elvis, cantando «The wonder of you», y se quedó disfrutando de su voz y de la calidez de las mantas. Fue esa pereza, impropia en él, la que le había permitido traer a su mente consciente algo de lo soñado. En algún momento a lo largo de la noche, entre escenas de sexo con su superiora y la ministra de interior, había entrado en escena su antiguo compañero Néstor Briz, al que no veía desde hacía siglos y, por lo que sabía, estaba destinado en la Unidad de Patrimonio Histórico. Y así, al mismo tiempo que El Rey sudaba con la última nota de la canción, Carmelo Fernández chasqueó los dedos creyendo haber dado con la solución del caso. Pero para comprobar si era correcta tenía que hacer unas llamadas y reunir a tres personas difíciles de tratar y más aún de acusar.

 

Segunda parte

—Adelante, inspector —invitó Julio Garcés, el abogado de la familia, franqueando la puerta a Carmelo tras estrecharle efusivamente la mano. A continuación, lo acompañó a través de varios pasillos y estancias hasta la biblioteca, donde esperaban doña Nieves Sanz, nueva Marquesa del Cerromoro, y su esposo Pedro Castellini.

Tras los saludos y lugares comunes de rigor, Carmelo les anunció el motivo de su visita.

—Tendrán que disculparme, pero tengo ciertas dudas en torno a este asunto que me gustaría poder aclarar con ustedes —dijo el inspector, observando como sus anfitriones cruzaban miradas entre ellos, a cual más nerviosa—. Si no les importa, me gustaría ver en primer lugar las obras de arte del difunto señor marqués.

Pedro Castellini se levantó del sillón y con la mirada y un ampuloso gesto circular de su mano señaló el espacio a su alrededor.

—Disfrute usted, inspector. Mi suegro era un entusiasta coleccionista de arte pictórico y esta mansión está repleta de ello, como puede observar —respondió el yerno del finado.

—Ya —asintió Carmelo—, pero, si no me equivoco, todos los cuadros que hay aquí pertenecen a la Fundación que creó su suegro y que lleva su nombre, o al menos eso es lo que él explicó en su día a la prensa, ¿no es así?

—Sí, bueno, así es —respondió azorado el interpelado—. Pero en tal caso debo decirle que no hay nada más que enseñar. De hecho, el Patronato de la Fundación nos está reclamando la devolución de todas estas obras ya que la voluntad de mi suegro no ha quedado suficientemente nítida al respecto en su testamento.

—Y ése es otro punto al que yo quería llegar —atajó inmediatamente el inspector Fernández—. Verá, don Jaime instituyó heredera universal a su hija, pero legó sus obras de arte a su administrador, el señor Ibáñez, sin hacer alusión alguna a la Fundación. —Carmelo tomó lentamente un sorbo de agua para crear el efecto intrigante que pretendía y continuó—. Y yo me pregunto a qué obras se refería, si ninguna de las que poseía le pertenecían realmente.

En ese momento intervino Julio Garcés, el abogado. Se puso en pie, apoyó una mano sobre el hombro de doña Nieves, oprimiéndoselo en un gesto cariñoso y tranquilizador que no pasó inadvertido para el inspector Fernández, y tomó la palabra.

—Permita que sea yo quien le ponga al corriente en este punto, inspector. Creemos que la salud mental del señor marqués, que en pa descanse, estaba algo deteriorada en los últimos tiempos y ya hemos dado los primeros pasos legales para impugnar ese testamento, el cual redactó hace poco más de un mes posiblemente influido por su administrador. De ahí, quizás, esa extraña disposición así como el hecho de haber omitido toda mención a su amada Fundación.

—Con todos mis respetos, no lo creo, señor Garcés —atajó el inspector—. Me refiero a lo del estado del marqués, el cual juzgo de lo más sano, como atestiguan los documentos de reciente redacción que tenía sobre su escritorio, entre ellos el comienzo de una especie de esbozo de sus memorias muy bien escrito y pleno de lucidez. Es más, una referencia a las actividades de su padre durante la Guerra Civil en relación al transporte de obras de arte me dio la pista para investigar el GPS del coche que usaba el administrador para llevar al señor marqués. —El inspector hizo una pausa dramática y prosiguió—: En estos momentos mis agentes están registrando ciertos inmuebles de las afueras y espero sus noticias por si en alguno de ellos se encontrasen pinturas de… esto… paradero hasta ahora desconocido y titularidad discutible.

El inspector se quedó mirando a sus anfitriones y sólo vio perplejidad en ellos, salvo por un traicionero brillo en los fríos ojos de doña Nieves que no hizo otra cosa que apuntalar sus sospechas.

—No sé de qué está hablando —respondió con rotundidad el abogado.

—Puede que usted no, pero me temo que la señora marquesa tiene alguna idea al respecto. ¿No es así? —replicó el inspector mirando directamente a la aludida.

Sin embargo, doña Nieves mantuvo su estoico mutismo, obligando al inspector Fernández a extenderse.

—En mi opinión, el difunto señor marqués era casi ignorante en cuestiones de arte. Sí, lo apasionaba su colección y la Fundación era su gran proyecto final; pero no distinguía a Rembrandt de Picasso. La realmente erudita es usted, doña Nieves: todos estos libros sobre arte —indicó el inspector señalando los volúmenes de la biblioteca— están marcados con su sello y anotaciones personales suyas. Así que la existencia de esas obras que mantenía escondidas y el hecho de que decidiese legárselas al señor Hermenegildo…

—¡Esos cuadros son míos! ¡MÍOS! ¿Me entiende? —explotó la marquesa—. Mi padre no tenía ningún derecho a disponer de ellos a favor de ese don nadie. Pero yo no lo maté —terminó afirmando abatida y en un tono casi inaudible.

El exabrupto de doña Nieves había cogido al inspector por sorpresa, pero ello no impidió que se percatase de las expresiones de estupor de su marido y del abogado, lo que lo dejó desconcertado: parecían completamente sinceras. ¿Sería posible que desconociesen la existencia de la colección privada del marqués? Por otro lado, la desolación de aquélla también parecía sincera.  Fernández se acarició el mentón, ganando tiempo para ordenar sus pensamientos, y arriesgó con una hipótesis, la única que le quedaba si descartaba la participación de la marquesa en la muerte de su padre.

—Estoy tentado de creerla, doña Nieves. Quienquiera que fuese el asesino de su padre –y tengo la seguridad de que se halla entre ustedes tres– tuvo que haber arrebatado la perla del gemelo del señor Hermenegildo Ibáñez y para ello hace falta mucha cercanía y habilidad, y la única persona que no rehúye el contacto físico, más bien al contrario, es usted, letrado —dijo Carmelo mirando al abogado—. Don Pedro y doña Nieves, amén del gélido distanciamiento, propio de su educación, con que tratan a los que no consideran de su clase y nivel, tenían una relación prácticamente inexistente con el señor Ibáñez como consecuencia de un turbio incidente del pasado. ¿Me equivoco?

—Del todo —respondió secamente el abogado—. Si pretende acusarme de asesinato, más le vale sustentarlo en algo más sólido que mi natural cortesía, inspector.

—¿Llama usted cortesía a acostarse con la hija de su cliente? —preguntó con acidez el inspector.

—¡¿Qué?! —estalló don Pedro, levantándose del sillón con un cómico salto—. No le consiento que…

—¡Cállate! —instó con desdén doña Nieves a su esposo—. Estoy harta de mantener en secreto mis cuadros y mis sentimientos. Sí, Julio y yo estamos enamorados, pero no queríamos disgustar a mi padre, así que lo llevábamos con discreción. Por supuesto, mi marido lo sabe y nuestro matrimonio es ya una mera formalidad mutuamente consentida. Pero nada de esto tiene que ver con la muerte de mi padre. Lo mató ese ingrato de Hermenegildo, quién sabe por qué.

—Al contrario, señora. El marqués estaba enterado de sus amoríos y, como usted supone, no los aprobaba y mucho menos estaba dispuesto a que, tras su muerte, esos cuadros quedasen para usted y su amante. Por eso cambió su testamento y decidió dejárselos, al menos provisionalmente, a Hermenegildo. Creo que ese es el motivo de que los reuniese el otro día: como usted, quería acabar con los secretos familiares y pretendía ponerla en la disyuntiva de elegir entre don Julio y los cuadros, sabiendo que su amor por el arte ha sido una constante en su vida, al contrario que su amor por un determinado hombre.

Doña Nieves acusó el golpe, quedándose pensativa unos instantes; se levantó haciendo frente al abogado y lo miró con los ojos entrecerrados.

—Julio, dime que no es cierto. Dime que no mataste a mi padre.

Como quiera que el abogado se había quedado mudo, incapaz de articular palabra, la marquesa lo increpó con furia:

—¡HABLA!

—Yo, yo… Lo hice por ti, amor mío —se vio obligado a reconocer—. No sé cómo lo había averiguado tu padre, pero justo después de me dijo en un aparte que se vendría a descansar a la biblioteca y que, cuando saliese más tarde, no quería ya verme aquí y nunca más. Y añadió que si volvía a enterarse de que me acercaba a ti se ocuparía personalmente de hundirme y arruinarme la vida. Sentí que te perdería y no podía soportarlo. Luego deduje que había sido el zorro de Hermenegildo quien le había ido con el cuento y, no sé, de alguna manera se me representó la escena en la mente: tu padre ya era anciano, le quedaba poco de vida; acelerar su fallecimiento e incriminar a su administrador me pareció la solución perfecta. Tú y yo podríamos formalizar nuestra relación y…

No pudo seguir. Doña Nieves le cruzó la cara con una fuerte y estruendosa bofetada al tiempo que el inspector Fernández encendía el walkie-talkie y pedía la asistencia de una patrulla.

En ese momento, la puerta de la biblioteca se abrió y entró un perro que se acercó a Carmelo y le lamió la mano, ignorando a los demás.

 

@Sancheztowers

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About Galiana

Escritora, bloguera, podcaster, enamorada de todo lo que huele y sabe a Cultura
Esta entrada fue publicada en Elvis Christie, enero 2017, Literatura, Narrativa, Relatos y etiquetada , , , , , . Guarda el enlace permanente.

7 Responses to Elvis Christie: Por amor al arte

  1. Avatar de antoncaes antoncaes dice:

    El amor es duro, pero más duro es no tener un duro y querer a quien no va ha dártelo. Saludos.

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  2. Avatar de marcosangulojavier clamorsegovia dice:

    Un buen relato.
    ¡Ay, el amor!

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  3. Avatar de Estrella RF Estrella RF dice:

    Muy bueno. Y el perro, que fue testigo de todo, quiso agradecérselo al Inspector Fernández. Fiel a su amo hasta el final…

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