
Hace tres meses mi jefe me la presentó en su despacho para instruirla como mi ayudante. Al verla sonreí, en esta empresa sólo hay dos formas de entrar si eres mujer: O tienes alguna relación, digamos especial, con quien de verdad manda, que no es necesariamente el hombre regordete como un tonel, o tienes un cuerpo espectacular y un escote que hagan babear a Tonelete.
La nueva chica que me habían asignado tenía un cuerpo de infarto, claro. Nos daba mil vueltas a las otras dos mujeres que trabajábamos allí: la esposa de Tonelete y yo misma.
La mujer del Tonelete tenía cierta edad y más operaciones que Cher. El cirujano valía lo que costaba, y su marido pagó todo lo que hizo falta para que la esculpieran a golpe de bisturí un cuerpo de escándalo.
En lo tocante a mí, entré en la empresa porque durante años había sido la amante de cierto Secretario de Estado ahora en prisión por haber malversado fondos públicos y cometido fraude fiscal (pero eso es otra historia). Lo bueno es que, extrañamente, nuestra relación nunca fue pública, si no ya estaría yo detenida o por lo menos habría sido objeto de investigación, pues es bien sabido que las amantes valemos más por lo que callamos que por lo que decimos.
El negocio de nuestra empresa, oficialmente, es la inversión, pero lo que hacemos es buscar testaferros para determinadas personas que necesitan lo que toda la vida se ha llamado lavar el dinero negro.
En este arte tenía que instruir a la recién llegada. Le colocaron una mesa pequeña y una silla junto a mí. La chica aprendía muy rápido, como si hubiera estado haciendo aquello toda la vida, aunque avanzábamos poco en el trabajo porque siempre pasaba por allí alguno de mis compañeros para darnos palique y recrearse la vista con su escote.
Enseguida congeniamos bastante bien y era muy normal vernos a la hora de la pausa tomando café en el bar de al lado.
Debo reconocer que algo de envidia le tenía porque se pusiera lo que se pusiera estaba divina de la muerte. Sólo le sobraba un pequeño foulard siempre hábilmente conjuntado que llevaba al cuello, según ella para disimular una cicatriz de un accidente de moto.
No soy persona de prejuicios pero había algo en ella que no me terminaba de encajar, nadie puede ser tan perfecto durante todo el día. No era la típica rivalidad de compañeras, ella iba de sex symbol y a mí me interesaba ser discreta debido a mi affaire con el Secretario de Estado presidiario. Aún así mi sexto sentido me indicaba que algo fallaba, aunque no supiera el qué.
Ella trabajaba mucho y bien, demostrando fehacientemente que se puede ser rubia sin ser tonta.
Llegó el último viernes antes del inicio de las vacaciones de verano. Como era costumbre, celebrábamos una cena de empresa en un conocido restaurante donde disfrutamos de un reservado para el desmadre del personal, al amparo de ojos indiscretos
Rompiendo mi habitual línea de moderación me puse una blusa algo trasparente, lo justo, y una falda muy de verano y algo corta. Recibí algún que otro piropo de mis compañeros hasta que ella apareció y me eclipsó.
Llevaba un vestido rojo ceñido, ceñido, ceñido (imposible que lo fuera más) que, claro está, captó la atención de todos los presentes.
Decidió sentarse a mi lado durante la cena, esquivando a los babosos que sin duda estarían apostando sobre quien se la llevaría a la cama después, viéndose después obligado a inventar alguna milonga para su amadísima esposa.
Estuvimos bebiendo y riéndonos de esos imbéciles babeantes hasta el momento en que mi cuerpo dijo que tocaba recogerse. Ella decidió pedir un taxi que compartiríamos las dos.
Mañana más…
Friné












