Carmen Navas Hervás: Un paseo por el jardín

María estaba sentada, como cada tarde, frente a la ventana. Los niños jugaban al lado de la fuente y sus risas llegaban, apagadas, a través del cristal.

─ ¿Cómo se encuentra hoy?

Miró hacia la puerta y vio al enfermero de la sonrisa bonita.

─Cansada, como siempre.

─ ¿Quiere salir a dar un paseo por el jardín?

─Hace demasiado sol y ya sabe que los rayos ultravioletas estropean mi cutis.

─Vendré más tarde, antes del anochecer.

Se marchó sonriente y con tristeza al ver a esa mujer, tan cariñosa, siempre sola. Jorge llevaba trabajando allí desde hacía seis años y durante ese tiempo, jamás nadie había ido a visitarla. Se había sentado muchas tardes a su lado, mientras le contaba historias asombrosas, historias de otros tiempos. Pensaba que la mayoría de ellas eran invenciones, ilusiones de una pobre anciana. Si embargo, había veces que le hacían soñar despierto, que veía con claridad todo lo que María le contaba.

Pasaron las horas de forma rápida e inexorable. Allí el tiempo siempre era algo relativo: a los ancianos, las horas se les hacían eternas, nunca acababan, sin embargo, para los trabajadores volaban como si fueran minutos. Había mucho trabajo y eran muy pocos para realizarlo. Cuando terminó su ronda volvió a la habitación de María, con la esperanza de hacerla salir de su encierro voluntario.

─ ¿Dispuesta a dar ese paseo?

─No creo que debamos. Está anocheciendo y puedo coger frío. Ya sabe que no estoy bien de los bronquios.

Estaba intrigado. No entendía por qué no quería salir nunca de esa habitación. Veía en sus ojos que anhelaba estar sentada en el banco del jardín, sin embargo, nunca estaba dispuesta a intentarlo. Siempre encontraba la excusa perfecta.

─ ¿Puedo hacerle una pregunta?

─Por supuesto, querido.

─ ¿Tan feo soy para que no quiere ser mi acompañante?

María no esperaba una pregunta así, tan directa y sonrió.

─Es encantador y podría ir con usted hasta el mismísimo infierno ─sonreía de forma casi maliciosa ─pero no estoy preparada.

─ ¿De verdad que no hay un lugar en el mundo al que quisiera ir?

Se quedó pensando un rato, como si le costara decidirse.

─En realidad sí, aunque no sé si usted obtendría el permiso para llevarme.

─Lo haré, aunque para ello tengamos que fugarnos.

Se le iluminaron los ojos y supo que había aceptado el reto, que por fin había conseguido traspasar la barrera de frialdad y de mutismo en la que estaba encerrada.

─Le espero mañana a las nueve en punto. No se lo diga a nadie si no quiere que nos lo impidan y prepare el coche, porque nos va a hacer falta.

─No se preocupe, estaré aquí a las nueve en punto.

Esa noche Jorge no fue capaz de dormir. Comenzó a darle vueltas a todo, a pensar si no se habría vuelto loco, porque era una locura sacar a María de la residencia. Se desató una tormenta enorme y vio peligrar su excursión del día siguiente. Se levantó temprano: por nada del mundo se hubiera perdido su cita. Se vistió para la ocasión, como si fuera a verse con el amor de su vida.

Comenzaron a oírse en el pasillo pasos apresurados acompañados de susurros: solo podía significar que uno de los inquilinos de la residencia había abandonado este mundo. Cuando alguno fallecía, los trabajadores intentaban que los demás no se enteraran, que no sufrieran más de lo necesario.

Fue al comedor y se tomó un desayuno frugal, tan solo un café y una tostada de pan con aceite. Hoy no le quedaba tiempo para más. Normalmente desayunaba como un rey.

Algunos de sus compañeros se sorprendieron al no verle con la bata del uniforme, sin embargo, ninguno le preguntó por qué se había vestido con el traje de los domingos.

Ya faltaban diez minutos para las nueve y se dirigió a la habitación de María. Esa mujer le estaba dando un aliciente a su vida sin que se percatara de ello.

Cuando llegó al cuarto, llamó tímidamente. Nadie contestó así que entreabrió la puerta. Sara estaba limpiando el dormitorio y metiendo en bolsas las pertenencias de su amiga.

─ ¿Qué ha ocurrido? ─estaba asombrado y la pregunta sobraba, porque sabía que María por fin había salido de su encierro.

─La han encontrado muerta esta mañana ─Se quedó vacío, como si le hubieran traicionado ─dejó una carta para ti en la mesilla.

La cogió con dedos temblorosos y salió del lugar intentando tomar un aire que se negaba a entrar en sus pulmones. Se había marchado sin él y se sentía defraudado.

Bajó al jardín y se sentó en el banco que se veía desde la ventana, ese banco en el que le hubiera gustado sentarse con ella.

«Mi querido Jorge:

Siento mucho no haber podido esperarle ¡Hubiera deseado tanto dar con usted ese paseo por el jardín!, sin embargo, ninguno somos dueños de nuestro tiempo y yo ya vivía de prestado. Quiero que sepa que me ha hecho feliz todos estos años, acudiendo cada tarde a escuchar a una pobre anciana, aunque sé que a veces no creía todas las cosas que le he contado. Es normal, mi vida ha sido demasiado extraordinaria para ser creíble. Lo importante es que usted estaba dispuesto a acompañarme en mi último viaje y eso no lo hace cualquiera.

Quiero que hoy se tome un día libre y que vaya a dar ese paseo, con la seguridad de que yo estaré a su lado. En el reverso de esta carta hay un mapa que le indica el camino, sígalo y no se desvíe. No esté triste y piense que la vida es un regalo que nos dan y que hay que aprovecharla, porque no sabemos cuando nos la van a quitar. Yo he decidido cómo vivir y también cómo morir ¡No se asombre! Hace tiempo que estaba cansada y he decidido apagarme, como si fuera una vela. En eso he sido afortunada, porque la mayoría se va de este mundo de forma inacabada, dejando atrás asuntos pendientes. Yo lo único que lamento es no haber podido pasear con usted.

Un beso de una amiga»

Jorge siguió las instrucciones de María y sintió su presencia mientras paseaba al lado del mar, mientras las olas acariciaban sus pies descalzos. Jamás se olvidó de esa mujer tan extraordinaria que le había enseñado a apreciar las pequeñas cosas de la vida.

@mcnavas1

 

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About Galiana

Escritora, bloguera, podcaster, enamorada de todo lo que huele y sabe a Cultura
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