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Desde las celdas del olvido,
divisé el aroma de las caricias
impregnadas de tu sello indeleble.
Aparté de mí
todos los recuerdos, historias y escombros
y las arrojé al Dios Vulcano.
Me adentré
en las cuevas de mi alma,
para eliminar las estalactitas muertas
y sustituirlas por la esencia de las flores de Bach.
Viajé por numerosos mundos,
instalándome en el monte Olimpo
para crear,
sucesivas imágenes de dodecaedros.
Volé
hasta la constelación de Tigris,
para sumergirme
en las aguas intrépidas
de mis deseos eternos.
Ascendí
hasta las tierras blancas,
para blanquear las decepciones
y convertirlas en nuevos retos.
Finalmente
llegué al mar Muerto
donde desafié a tus arcanos
para revivir de nuevo.