«El peso del silencio» por Carmen Navas Hervás (@mcnavas1) para leer y escuchar: «El frío de la celda»

Este verano estoy por aquí con un nuevo relato «El peso del silencio«. Lo he dividido en 4 partes, estaremos juntos hasta el jueves. Puedes leer y escuchar sin salir de esta página. Espero te guste.

El frío de la celda

No sé si sigue siendo noche cerrada o si se acerca la madrugada. Aquí dentro el tiempo es algo etéreo, torpe, como si hubiera olvidado su función. El frío me tiene atrapada y sube desde el suelo taladrándome inmisericorde. Se aloja en mi pecho y de ahí se irradia a todo mi ser.

Intento dormir, sin embargo, Morfeo me rehúye en mis últimas horas. Cuento los pasos del guardia que me custodia, como si fueran lentas campanadas. Cuento las baldosas grises de mi celda. Nada sirve. Mi cuerpo sabe que mañana va a abandonar este mundo, aunque mi cerebro se niega a reconocerlo.

Quiero rezar. No puedo. Siempre pensé que en mis últimos momentos, Dios vendría a visitarme. No viene nadie, ni siquiera el hombre que quiso anular mi voluntad.

Y entonces, recuerdo.

En mi mente se agolpan los recuerdos, sin orden, en un caos complejo, como si estuvieran tan rotos como yo.

Coser. Mis manos sienten la aguja, fina, fría, delicada y, a la vez, mortal; podría bordar a ciegas. Si no hubiera aprendido de niña, ahora estaría viva. ¡Tal vez! ¡Quizá mi ansia de libertad habría acabado conmigo del mismo modo! ¡Quizá el solo hecho de ser mujer habría bastado!

Las mujeres debemos callar. Debemos obedecer.

La celda huele a humedad antigua, a miedo. Me pregunto cuántas mujeres han pasado por ella antes que yo. Mujeres a las que nadie recuerda. De mí tampoco lo harán.

Cuando era niña, pensaba que el mundo era más pequeño, hecho a mi medida. Granada lo era todo: sus calles, sus patios, las voces del atardecer. Aprendí a reconocer a la gente por los pasos. Me decían que aquello era una mala costumbre y, sin embargo, luego me pedían que escuchara por si se acercaba alguien. Así aprendí a oír incluso los silencios.

A mi madre no la conocí. Me separaron de ella cuando apenas tenía un año. Mi padre, capitán de navío y caballero de la Orden de Calatrava, murió pocos meses después, dejándome junto a su herencia bajo la tutela de mi tío, un hombre mayor y ciego que delegó mi crianza en unos confiteros liberales.

Nunca sufrí penurias económicas, pero el alma no vive solo de dinero. Vive también de afectos, y ese cariño siempre se escapaba entre los dedos de una niña asustada.

Con quince años me casé con Manuel, un hombre liberal y masón, mucho mayor que yo. Llegué a apreciarlo. Me dio dos hijos. Mis hijos… aquellos por los que ahora me cuesta tanto abandonar este mundo.

Pero Manuel murió pronto. Demasiado pronto.

Y me dejó viuda a los dieciocho años.

Una niña al cuidado de otros dos.

Los recuerdos siguen golpeándome cuando escucho algo al otro lado del pasillo.

Pasos.

Esta vez no son los del guardia. Son más de uno. Y se detienen justo frente a mi puerta

Ahora dale a la ilustración para escuchar el relato con mi voz, recuerda que alguna cosita siempre cambio.

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Mañana tendremos la segunda parte, te espero

@mcnavas1