Los escritores somos como la inmensa mayoría de los humanos, comemos, dormimos, meamos, practicamos sexo, y los españoles además de todo eso hacemos la siesta.
No voy a explicar por qué solo los escritores de este país dormimos siesta, más que nada porque el resto de colegas no entienden que ésta pueda ser fuente de inspiración. ¡No saben lo que se pierden!
El caso es que hace unos días puse la televisión a modo de somnífero, es lo que tiene estar divorciada de Morfeo, o te chutas en vena algo así o no concilias el sueño, cuando abrí el ojo echaban una serie, o telenovela o qué se yo. La escena que se desarrollaba me llamó lo suficiente la atención cómo para centrarme en lo que estaba viendo, e incluso pellizcarme en el brazo para estar segura que no formaba parte del sueño “siesteril”.
El momentazo que pillé, ni sé de qué va la serie a la que pertenecía ni tampoco tengo interés alguno en averiguarlo, se desarrollaba entre un hombre y una mujer en el salón de una casa con cierto lujo en los primeros años del siglo XX. Ambos estaban vestidos y peinados al modo de la época en la que representaban, e iban a salir a cenar con los Fernández de Osuna, que debían ser gente de postín.
Ella tenía cara de preocupación, toda lánguida, y maquillada con polvos de arroz. Él se percataba, como para no hacerlo, de que a ella le sucedía algo de cierta importancia. Amablemente le preguntaba porque parecía no encontrarse bien.
Por lo visto la noche anterior ambos habían mantenido relaciones sexuales. Muy mal debía haber salido la cosa para que ella quisiera hablar sobre el tema con aquella cara de circunstancias, pensé hasta que descubrí los motivos por los cuales ella estaba en aquel sin vivir. Por lo visto la pareja eran novios, estaban comprometidos, y ella hasta la noche anterior era virgen.
¡Acabáramos! El tipo no debía haber satisfecho las necesidades de ella. La pobre había perdido la virginidad pero seguía sin saber lo que era un orgasmo como Dios manda. ¡Lastimita de mujer!, seguro que cuando llegara a la menopausia si no cambiaba de pareja seguiría sin haber tenido una relación sexual satisfactoria, eso les pasa a muchas y tampoco hacen un drama de ello.
El caso es que presté atención y pronto salí de mi error.
Si ella tuvo o no un orgasmo no era la cuestión, el tema estaba en que se sentía mal por haber perdido la virginidad sin haberse casado, lo cual iban a hacer en unas semanas.
Ya estamos con las mujeres dramatizándolo todo. Vale que en aquella época el llegar virgen al matrimonio era lo más decente, pero los guionistas se habían pasado tres pueblos, que la pobre estaba a puntito de desvanecerse por tal asunto.
En ese momento decidí que ya había visto suficiente. Me puse a buscar el mando de la tele, nunca se le encuentra cuando se le necesita, y la verdadera causa de la palidez mortecina de la protagonista salió a la luz.
Lo de conocer haberse quedado embarazada siendo la noche de antes el asuntillo del “follisqueo” iba a ser para nota, pero lo que los guionistas estaban exponiendo era algo que llamó mi atención lo bastante como para no accionar el mando de la tele.
Ella empeñada en hablar de lo fatal que se sentía por haber perdido la virginidad antes del matrimonio. Él diciendo que no era para tanto, en plan “venga no te preocupes que la cosa solo la sabemos nosotros y nadie más se va a enterar”. Ella erre que erre, que debía haber esperado los días que faltaban.
El asunto era francamente cansino. Hasta que él soltó por su boca que ella no había perdido nada, que lo que había pasado la noche anterior es que la había hecho suya.
¿Cómo que hecho suya? ¿Pero a que pedazo de idiota se le ha podido ocurrir escribir semejante estupidez?
No saquemos las cosas del contexto en el que se desarrollaba la acción, a primeros del siglo XX los hombres si se beneficiaban a una virgen elevaban su autoestima de forma exponencial porque se creían por encima de las mujeres.
Pero aquí había más historia de la que parecía entre estos dos.
El caso es que él quería atentar contra el sexto mandamiento antes del matrimonio, a propósito, para bajarle los humos a ella.
Anteriormente, la novia había descubierto que él le había sido infiel y quería romper el compromiso, pero como estaba enamorada le perdonó. Ahora, eso sí, se había empoderado lo suyo y venía con exigencias del tipo:
-No voy a acompañar a tu madre a un acto benéfico porque será quien te dio a luz, pero es insoportable. Así que tú verás cómo evitas que tenga que estar con ella. Como no lo hagas rompo nuestro compromiso. Que no se me ha olvidado tu infidelidad.
Pues, ¡ea!, el tipo listo la desfloró, que diría mi bisabuela, y se lo restregó en la cara diciendo que era suya porque si a ella se le volvía a ocurrir amenazar con romper el compromiso se iba a quedar para vestir santos porque ningún hombre querría casarse con una mujer que ya había sido usada.
En ese momento la sangre me hirvió, me dieron unas ganas terribles de apergollar al imbécil repeinado a la moda de principios del siglo XX. Entonces me puse en los zapatos de la pobre infeliz y pensé:
-Encima de no haber tenido un orgasmo ahora tiene que soportar las idioteces machistas de este prepotente de mierda.
Me levanté del sofá para ver el broche final a la escenita.
Ella con cara de “no me puede creer este pedazo de cabrón cómo me ha liado para tener la sartén por el mango”, y él sentenciando mientras le ponía el brazo para que ella se apoyara en el mismo:
-Vamos, querida, nos esperan los Fernández de Osuna para cenar y les haríamos un feo si llegáramos tarde.
Ambos salieron de escena, y yo apagué indignada el televisor.
Cuando se me pasó el cabreo, que reconozco era monumental, hice una reflexión sobre lo que había visto.
Aquello no era más que una situación que bien se podría extrapolar al siglo XXI. Cierto que ya las mujeres no somos propiedad del hombre con el que perdemos la virginidad, pero la lucha por ver quien tiene el poder en la pareja sigue existiendo.
Imaginemos como sería la escena en el siglo XX.
Salón de una casa de ésas de un barrio rico. Pareja de pijos arreglados para ir a cenar con otros amigos. Ella con la cara pálida, sin ganas de ir a ninguna parte, con la preocupación reflejada en el rostro como solo las mujeres sabemos hacer. Él con ganas de marcha y metiéndola prisa para salir a la de ya.
Ella que le dice que se ha hecho un test de embarazo esa misma mañana y que ha dado positivo. Justo ahora que con su ascenso en la empresa empezaba a coger impulso su carrera laboral. Que no sabe cómo ha sucedido porque ponen todos los medios para que no pasara, pero que un hijo ahora no estaba en sus planes y supondría un parón en su profesión del que le iba a costar salir. No llega a mencionar la palabra abortar, pero a buen entendedor…
Él sonríe, maquiavélicamente, como el protagonista masculino de la escena del siglo XX. Le confiesa abiertamente que era normal que se quedara embarazada, no porque él tenga un aparato capaz de dejar embarazada a media vecindad a la primera (que lo tiene) sino porque se ha encargado de hacer que los anticonceptivos no sirvieran para nada.
-Lo que he disfrutado saboteando el anticonceptivo que tomabas y ni te has enterado.
Ella le mira horrorizada y balbucea preguntándole que porque ha hecho algo así, que habían quedado en que no tendrían hijos hasta que ella se hubiera asentado profesionalmente.
Y es entonces cuando él le suelta con toda esa agresividad reconcentrada de quien se sabe ganador:
-Desde que conseguiste el ascenso estás insoportable. Todo el día restregándome que ahora ganas más que yo, que gracias a tu nuevo sueldo podemos hacer escapaditas los fines de semana a esquiar o a hacer submarinismo con la panda de compañeros pijos y estirados de mierda de la empresa donde curras.
Nunca te lo he dicho, pero tus compañeros son unos gilipollas insoportables. Solo hablan de sus coches, sus casas, sus viajes… Unos presuntuosos que apestan a nuevos ricos y pretenden darme envidia a mí. Yo puedo tener todo eso sin necesidad de una mujercita que se empeñe en hacerme de menos constantemente.
-Pero… yo no hago nada de eso, ¿qué estás diciendo? -gime ella en plan “no me puedo creer que esto me esté pasando a mí”.
-Te estoy diciendo que te pongas colorete en la cara, o lo que te dé la gana, y nos vayamos a cenar con los Fernández de Osuna, que no me gusta llegar tarde a los sitios. Debo reconocer que me encantan los escotes que ella lleva.
Llegados a este punto la cuestión que te planteo está en que me ayudes a saber cuál es la reacción que crees que tendrá ella, si nuestra pareja del siglo XXI saldría por la puerta a cenar o si el final distaría mucho del que vi la otra tarde al despertar de la siesta en la serie de TV.
Galiana
