Aquella distopía no era más que el apocalipsis de una verdad basada en la creencia de un dios del que nadie había oído hablar.
Todo se desarrollaba en un mundo de héroes y villanos. Un universo convertido en una orgía de guerreros donde el caos era la desesperanza de un naufragio, en el que abundaban el miedo y la valentía a partes iguales.
Todo estaba repleto de un orden declaradamente incómodo. Una sincronía perfecta debido a la ejecución de un ruido desafinadamente orquestado. Nadie podía escapar al alarmismo contenido. Para bien o para mal, todo estaba en consonancia con el plan perfecto fruto de la hecatombe brutal y mortal que traen consigo las distopías.
Galiana

