Sabes lo que tienes que hacer

sabes lo que tienes que hacer

Siempre he mantenido que la vida de los escritores dista mucho de ser tan fabulosa como los lectores creéis que es, nos parecemos a vosotros en casi todo.

Ayer, sin ir más lejos, y como todos los primeros de mes, fui a un hipermercado a hacer lo que llamamos “la compra mensual”. Dos horas entre pasillos y estanterías llenas de productos. Un carro hasta arriba de todo lo que se supone vas a consumir en los próximos treinta días. Un regreso a casa en coche con un maletero cuyo espacio nunca es lo suficientemente grande como para acoger todo lo que has comprado. Colocar todo aquel aprovisionamiento de comida, como si fuera para una familia numerosa cuando vivo sola, me lleva como media hora. La tarea la hago descalza, para estos menesteres los tacones molestan lo suyo. Treinta minutos en los que mi agotamiento físico y mental llega al máximo. Lo de jugar al tetris nunca fue lo mío, y es lo que practico si quiero que entre todo en la nevera y la despensa.

Hasta aquí todo se asemeja bastante a tu vida, no me lo niegues porque ambos sabemos que es así, pero es a partir de aquí donde van a comenzar las diferencias en nuestras vidas.

Como te decía, el agotamiento que me produce ir al hipermercado y colocar la compra es brutal, con lo que una vez terminada la faena me sirvo un gin-tonic. Vale que no son horas de estar tomando copas, lo de vivir sin compañía tiene que nadie te juzga por hacer lo que el manual de las buenas costumbres dice que no se debe hacer.

Con la copa en la mano me dirigí al salón. La idea siempre es beber con tranquilidad mientras continúo con la lectura del libro que tenga entre manos.

Nada más cruzar el umbral de la puerta el gin-tonic se me escurrió de entre los dedos, y no era para menos. Sobre la mesa del salón había un arma.

Pisé los trozos de cristal que había en el suelo, y como iba descalza alguno me hizo sangrar, pero la verdad en ese momento poco me importó. ¿Cómo diantre había llegado aquello allí?

Huelga decir que nunca he tenido un arma en casa, y eso que mis amigos me aconsejan tenerla por aquello de vivir en mitad de la nada en plena naturaleza. Nunca me ha gustado la idea de necesitar defenderme de nada ni de nadie, y mucho menos con un arma de fuego.

Me quedé mirando aquello como si nunca hubiera visto nada parecido, y en el fondo tan cerca nunca había tenido una, salvo si exceptuamos las que ves en los escaparates de las armerías.

Lo que más me inquietaba no era el arma en sí, sino quien la había colocado allí, porque era más que evidente que en mi ausencia alguien había entrado en casa.

La miré con detenimiento, como si la estuviera estudiando. Sin ser una entendida en este tipo de asuntos estaba claro que aquello era una pistola. Diferenciar entre una de las que utilizan en las pelis del oeste o en las de espías era más complicado. Era toda negra, con un cañón largo, sin silenciador, me recordaba a las que utilizaba Clint Eastwood en sus pelis de la saga Harry Callagan. Si era un magnum 44 o no tampoco es que en aquel momento importase mucho.

Lo que de verdad llamó mi atención es que el tambor estaba abierto. Pude ver como había una sola bala en el mismo, el resto de huecos estaba vacío.

Sobre la mesa del salón solo estaba el jarrón con rosas que corto del jardín cuando me viene en gana.

Decidí que debía llamar a la policía sin tocar absolutamente nada. Fue al pasar otra vez por encima de los cristales rotos de la copa de gin-tonic cuando sentí que debía tener alguna herida en la planta de los pies. La idea era regresar a la cocina donde había dejado el bolso con el teléfono dentro.

Marqué el teléfono de la policía. Saltó una voz mecanizada donde me decía que en ese momento estaban todas las líneas ocupadas:

-…en breves momentos atenderemos su llamada. No cuelgue. Manténgase a la espera.

A continuación, sonó la canción de Imagine.

Con la música de Lennon en la oreja volví al salón. Esta vez no pisé los restos de la bebida derramada. Estaba asustada, no voy a negarlo. La espera al teléfono de la policía me hizo darme cuenta de la falta de necesidad de volver a pasar por encima de los cristales rotos.

Mire hacía la mesa. Junto al revólver había un papel doblado que estaba segura no haber visto antes de ir por el teléfono a la cocina.

La música fue interrumpida por la voz de la maquinita donde se me aseguraba que enseguida iba a ser atendida.

Cogí el papel. Estaba doblado por la mitad. Lo abrí. Alguien había mecanografiado:

“Sabes lo que tienes que hacer”

Una voz varonil interrumpió el tema musical para decir:

– ¿En qué le puedo ayudar?

Corté la llamada de teléfono. Cogí el arma. Coloqué el tambor en su sitio. Y…

Y… te pregunto a ti que estás leyendo esto:

– ¿Sabrías decirme si hice lo que tenía que hacer?

Galiana