El editor
Quedé con mi corrector a la hora en punto.
Quiero que lea lo que quizá sea mi próxima publicación.
Tengo un bizcocho de naranja en el horno. Un café comienza a burbujear en una cafetera tradicional.
Oigo el motor del coche delante de la casa. Miro a través de la ventana. Al lado de la pequeña parcela que separa mi vivienda de la acera, está aparcando su vehículo azul oscuro.
Voy al espejo de la entrada y en el taquillón abro un cajón y me echo dos vaporizaciones de perfume. El cabello, recogido en una cola de caballo, está desenfadado y perfecto. Con los dedos me aprieto los labios haciendo que la sangre acuda a ellos y los hinche. Después me aplico cacao con un leve tono rosado. Me tiro un beso al espejo y me dirijo a la puerta.
Abro cuando aún no ha comenzado a subir los cuatro peldaños de la escalera. Me mira y sonríe. ¡Qué bronceado está ya! Me hace una revisión de arriba abajo y se acerca a darme dos besos.
Le ofrezco mi cara y mi cuello.
Sus manos toman mis hombros. Tiene los labios frescos, pero las manos, calientes.
Nos separamos, nos miramos a los ojos, y otra sonrisa que nos ofrecemos.
De repente, sus manos se deslizan por mis hombros hasta llegar al cuello para acabar en mi nuca. Me acerca a él y nuestros labios se unen.
Mis manos pasan de sujetarle la cintura, a abrazarlo y atraerlo hacia mí.
Nuestras lenguas se saborean y siento la suya muy dentro. Su pantalón cobra vida, lo noto en mi bajo vientre.
Pasamos a mordernos los labios. Sus manos toman mi barbilla, se deslizan por mi garganta y bajan hasta el primer botón de mi blusa.
Exhalo un suspiro que entra en su cavidad bucal. Creo oír un contenido gemido mientras termina por abrir mi camisa y descubrir un sujetador color marfil. El encaje deja entrever el tono de mi piel y delata mi excitación, a la vista y al tacto, cuando sus dedos acarician el bordado.
A manos llenas, amasa mis senos y las mías, necesitadas de algo similar, palpan entre sus piernas.
Veloz, se desabrocha el cinturón y se baja todo del golpe. Yo me deshago de la falda y le observo mientras la tela acaba como un acordeón, a mis pies. Después, con fuerza, toma mis muñecas y tropezando levemente los dos, él con el pantalón todo arrugado en sus tobillos y yo con mi falda, me empuja hacia la pared y su cuerpo me aplasta.
Me besa con pasión, desciende por el cuello y suelta mis manos. Las dejo apoyadas como están, en la pared.
Las suyas van acariciando mi contorno mientras su boca baja por mi abdomen y llega a la parte inferior —y también de encaje— de mi conjunto marfil de ropa interior.
Sus manos se detienen en mis caderas y sus dos dedos índices agarran los extremos de mi tanga con el propósito de que la lencería quede a mis pies.
Contorneo las caderas y consigue el objetivo.
En un descuido, agarro su bóxer y hago lo mismo descubriendo la vida y ganas que escondía.
Sus manos agarran con firmeza mis nalgas y me eleva. La pared me araña la espalda, pero elevo mi trasero para sentir su ansia dentro de mí.
Acabaré necesitando una cura en la piel, no es la primera vez y no será la última. Capítulo que escribo, capítulo que revisa. Y son cortos…
La campanilla del horno suena. El café huele, siento su frío y por fin, mi espalda sufre el último rasguño.
Es la hora de la merienda.


