Parte 7
Mediodía
—Juan…
Apenas reaccionó al escuchar su nombre. Le dolía cada hueso del cuerpo. Le tiraba la espalda, ahí donde el fuego le había alcanzado; curaría, dos, tres semanas a lo sumo.
—Juan…
Marcela había salvado la vida. Tan sólo una herida en la frente y el pelo chamuscado. Acercó el hombre el taburete al catre donde reposaba la joven; estirando el brazo le acarició la frente.
—Descansa, chiquilla.
—Juan…
—Avisaré a una de las hermanas, que venga un doctor y te de algo. Necesitas….
—¡Juan!
Sonó imperiosa. Lucieron sus ojos claros con vetas de oro.
—Juan…¿mis padres?
¿Cómo explicárselo? Tomó aire y se obligó a sostener su mirada.
—Niña, tu madre…tu madre…— musitó.
Alzó la mano la joven, los labios agrietados apretados. Una lágrima silenciosa se deslizó por su mejilla.
—¿Papá? ¿Mi papá? No me mientas, Juan, no me endulces la verdad.
—Desaparecido, Marcela, posiblemente bajo los escombros —. Le quemaban los ojos, le pesaba el pecho—. Pero vamos a encontrarlo y…¡no te muevas!
La chica se incorporó, apoyándose en los codos.
—No vas a encontrarlo, Juan, ni tú ni nadie: mi padre no está muerto. A mi padre se lo llevó una de las sombras que iban a matarme.
Tarde
—¿La señora de la casa?
Había dejado a Marcela bajo el cuidado de las hermanas. La joven dormía, aparentemente tranquila.
—Sígame — fue la única respuesta de la doncella. Miró esta la tarjeta que le tendió el hombre y abrió la puerta—. Le esperábamos.
No respondió. Ya nada tenía sentido. El cadáver profanado de una pesanta, una criatura robándole los sueños y su mentor secuestrado según palabras de su propia. Sinceramente, no había creído el relato de Marcela, achacándolo a las secuelas de la dolorosa experiencia…hasta que la chica mencionó una luna creciente y un mar ondulado tatuados en el brazo de uno de los atacantes…
—Doña Adaleda, tiene visita: el señor Vega está aquí.
Reconoció Juan el aroma de la mujer, el perfume de la criatura que le había arrebatado sueños y pesadillas esa madrugada. Se cerró la puerta de la biblioteca, una habitación masculina, restos de cuero y cigarros en el ambiente. Fue al hallarse solos cuando ella le dedicó una triste sonrisa.
—Lamento lo ocurrido, Juan —. Dejó el libro que sostenía en las manos enguantadas junto a ella y se puso en pie— ¿Cómo está la hija del Viejo?
—En la Santa Creu, todo lo bien que puede estar tras lo ocurrido. Lúcida y entera.
—Es una mujer valiente.
—Lo es.
Se hizo un silencio. La dama se acercó a él.
—¿La chica tiene a donde ir, señor Vega?
—La Manada la acogerá —suspiró—. No tenía más familia que sus padres.
—Dele mis señas cuando deje el hospital, por favor. Me haré cargo de ella; si es digna hija de su padre no tardaré en encontrar un acomodo adecuado para ella.
—Se lo agradezco. Ya no es sólo la pérdida; temo que esté en peligro, señora…
—Adaleda —. Una leve sonrisa—. Puede llamarme Ada, hay confianza; he visto sus sueños.
—…señora Adaleda.
Procedió entonces Juan a repetir el relato de Marcela lo mejor que pudo: mediaba la tarde y los cristales estallaron en una bola de luz que pronto tornó fuego tomó la casa. Las llamas alcanzaron a Marta en la cocina de la planta baja. Marcela había acudido a la llamada de su padre, encontrándoles la explosión en el saloncito de la planta alta. Hacía su padre por encontrar una salida cuando, surgidas de la nada, tres figuras negras aparecieron en la estancia: poco recordaba la joven, atontada ya por el humo, pero si juraba que su padre vivía cuando dos se lo llevaron, quedando el tercero encargado de acabar con ella; fue al alzar el brazo para dispararla, un instante antes de que Vega irrumpiese, cuando vio el extraño símbolo en la piel del intruso…
Del resto conocía Juan la historia…
Ada le escuchó con calma, asintiendo de vez en cuando, preguntando.
—Ha hecho bien en venir: fueron ellos, los cazadores. Una pieza valiosa, el Viejo Blanco.
—¿Cree que vive aún? —. La voz le tembló—. Don Ignacio.
—Sin duda. Su sangre, sus humores son valiosos para cualquier nigromante.
Se envaró Juan con toda la dignidad de su estirpe, aquella estirpe maldita, si, pero también poderosa y antigua. Hizo caso omiso del agotamiento, del miedo y de la rabia y, frío, se acercó a la joven.
—Trabajaré para ustedes, le juro que resolveré el asesinato de su hermana, pero, antes de nada, he de encontrar a mi compañero.
El cielo sin estrellas, el universo abismal que eran los ojos de Ada le escrutaron, ¿qué había leído en sus sueños? ¿qué augurios le revelaron sus pesadillas?
—Sea así, señor Vega.
El hombre cuyo nombre no era Juan, aquel cuyo tampoco era Vega, aquel que se sabía descendiente de un linaje condenado le dedicó un gesto torvo.
—Diego, Diego Cortés en mi nombre, señora. Quiero que esos hijos de puta sepan quien va detrás de ellos.
Fin de la primera parte
Ahora dale a la ilustración para escuchar el podcast, recuerda que no son iguales, incluyo alguna variación.
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En breve llegará la segunda parte, si tienes a bien esperar por ella serán unas semanas.













