‘Pa’ habernos ‘matao’ por @VictorFCorreas, serial sobre el duque de Alba, incluye el podcast de @ivoox: «Lo que se encontró el duque»

Capítulo 37: lo que se encontró el duque

Otoño de 1566. ¿Cómo estaban los Países Bajos? Aquello era un vodevil. Por un lado, Guillermo de Orange y los condes de Egmont y Horn se liaron la manta a la cabeza y decidieron echarse en brazos de los protestantes alemanes. Que a ver si nos echáis un cable por lo de este. Este, por redundar, era el hijo del padre con el que aquellos segundos se las tuvieron tiesas —el emperador Carlos, por resumir—. El de Orange fue el más listo de los tres, porque previendo lo que pudiera pasar —que acabó pasando—, se fue a ver a la familia alemana y con ella se quedó. Oigan, pues ya que vengo me quedo aquí y veo los toros desde la barrera. Listo fue, desde luego. Y por otro, Margarita de Parma sofocando rebeliones la mujer. Primero, en Amberes, donde los rebeldes se la liaron parda —apuntaos esta ciudad para próximas entregas—; y después, en Valenciennes, que recuperó tras un fuerte asedio.

Precioso el percal.

Bueno, pues para rematar el asunto, por los Países Bajos comenzó a correr el rumor de que su majestad filipina se estaba pensando lo de ir para arriba para poner orden. Margarita de Parma, gobernadora de aquellas tierras, no veía otra solución. Quien de verdad sí estaba de camino era don Fernando Álvarez de Toledo y Pimentel, que fue enterarse del rumor y agarrarse un cabreo de muy padre y señor mío; pues esa posible venida alteraba lo ya dispuesto entre ambos. Recuerdo: yo subo, sofoco la cosa —corto cabezas, reprimo, etcétera— verbigracia «castigar con todo el rigor a los principales culpables de aquellos alborotos, mientras que el rey debía acudir más tarde, ya como pacificador», que dice Manuel Fernández Álvarez en El duque de Hierro, y tú luego ya si eso, pues eso. Rumor y nada más. Porque para el comienzo del verano de 1567 Felipe II tenía entre cero y ninguna ganas de subir. Sí que le pudo interesar extender dicho rumor para frenar los desmanes calvinistas, pero el hombre estaba entretenido con su Escorial, que ya iba tomando forma; y, lo más importante de todo: estaba enamorado hasta las trancas de su Isabel —de Valois—, así como para dejarla y marcharse para el norte. Que era para estarlo viendo los antecedentes que nos pinta Fernández Álvarez: «No lo había estado en sus otros dos matrimonios, ni de la princesa María Manuela de Portugal, aquella gordinflona que tanto le había desilusionado, ni por supuesto de María Tudor, ya envejecida y achacosa que le llevaba tantos años». Qué dos óleos sobre lienzo.

Y sí, el que subía era el duque, y al frente de los tercios viejos. Hors catégorie. Y Margarita de Parma acojonada no, lo siguiente. «Eso le produce honda preocupación», prefiere decir Fernández Álvarez. Desde ese momento todos lo esfuerzos de la Gobernadora se centraron en atenuar las ganas de hostialidades con las que —intuía— venía don Fernando Álvarez de Toledo y Pimentel. Y así se lo soltó a su hermanastro. De todas formas, y nada más poner pie en Génova, el duque de Alba escribió a aquella buena mujer a finales de mayo de 1567. Tranqui no te pongas nervi y todo eso: que si no iba a levantar más tropas de las que ya traía, que si tampoco quiero provocar más gasto una vez llegue a Bruselas…

Hasta que llegó a Bruselas.

La entrada del duque de Alba tuvo lugar el 22 de agosto de 1567 a eso de las tres de la tarde. El conde de Egmont lo acompañó hasta la entrada de la ciudad —cuenta Henry Kamen— y luego dio la media vuelta y regresó a su residencia. Ni recibimientos por parte de la villa ni pollas en vinagre, que decía el Marqués de las Marismas —Luis Escobar— en Patrimonio Nacional. Y el de Margarita de Parma… En Molina de Aragón juran y perjuran no haber conocido tanta frialdad en invierno. Incluso su guardia, cuenta Fernández Álvarez, llegó a cerrar el paso a la del duque cuando acudió a presentarse ante ella. Allí estuvo a punto de desatarse una hondonada de hostias de las que hacen época. Fue el propio duque quien se encargó de rebajar la tensión del momento. Salvado el escollo, le presentó sus respetos —«usó de grandísimos respetos y buenas crianzas», relata el eterno profesor— y entonces Margarita de Parma se cercioró de que allí —Países Bajos— iba a pintar menos que la Tomasa en los títeres; y que a su hermanastro no se le esperaba ni mañana ni más tarde, al menos en un futuro corto. Porque fue comunicarle el duque de su propia boca que venía con poderes tan extensos que, aparte de capitán general de las tropas que traía consigo, también podía relegarla a la sombra y Margarita decirle a él y a su hermanastro ahí os quedáis, que yo me largo para Italia. Y se acabaría marchando, como el de la canción de Perales.

Se mascaba la tragedia oe, oe. Cuenta Kamen que en la misa del domingo siguiente, o sea, el 24 de agosto, el confesor de Margarita se quedó a gusto con el sermón que dio, en el que criticó la presencia de los soldados que habían llegado a Bruselas y llamó a los españoles «traidores y ladrones». Cordialidad y cariño ante todo.

Al día siguiente, Margarita y el duque de Alba se reunieron de nuevo y aquello fue, como bien lo resume Kamen, un diálogo de sordos. Tal que así: la intención de la hermanastra de su majestad filipina era clara: de qué tamaño me la vais a liar, excelencia. El duque, tirando de diplomacia, que le sobraba, y más aún de prudencia, le vino a decir nada de lo vas a flipar y todo eso. Ante todo mucha calma. Prudencia sí, porque tampoco se trataba de acojonar a los condes de Egmont y Horn, por concretar, y que pusieran pies en polvorosa. No obstante, el duque sí le expuso que «S. E. haría muy bien en interceder por los culpables de estos Estados, que aquel era oficio suyo, y de echarse a los pies de su hermano cuando viniese y pedirle que se contentase con la sangre que ella había hecho derramar». Las cosas claras y el chocolate, espeso. A lo que la otra, ya con la mosca detrás de la oreja, le preguntó a qué tanta tropa que había traído consigo, porque estaba visto —creía, y manera acertada— que a repartir caramelos no habían venido, a lo que le duque contestó que venía a asistirla y a hacer que sus mandamientos se cumplieran y, asimismo, a guardar su persona. Entonces la otra la salió con que ya estáis sacando de aquí tanta tropa, y el duque que a esta gente habrá que darle posada en algún sitio, ¿no? Vamos por dónde va la cosa, ¿no?

La verdad verdadera de todo esto, insisto, es que el duque de Alba no quería que los pájaros —los principales rebeldes salvo el de Orange, que ya había volado del nido— se le escaparan. Su pretensión era cogerlos desprevenidos «y poder echarles el guante cuando menos lo esperasen», explica Fernández Álvarez. O sea, peace and love y el duque dejando pasar los días. Calma chicha y a otra cosa, mariposa.

La calma tensa saltó por los aires el 5 de septiembre de 1567 con el establecimiento de un tribunal especial llamado «Tribunal de Tumultos», que los del lugar llamaron —y siguen llamando— «Tribunal de la Sangre», cuyas decisiones supervisaría personalmente el duque de Alba.

Con el plan en marcha, era momento de arrestar a los cabecillas de la rebelión. Un plan perfectamente planificado y meditado. Pero esa, ya, para la próxima entrega.

Ahora dale al podcast en ivoox, recuerda hay variaciones entre el texto y el audio.

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@VictorFCorreas

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Escritora, bloguera, podcaster, enamorada de todo lo que huele y sabe a Cultura
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