«Gana el rojo pasión» por Medussa (@MedussaEros): “Sintonice nuestro canal”

Sintonice nuestro canal

Evelyn tenía cuarenta y cinco años. Las pocas veces que se arreglaba seguía llamando la atención pese a esos kilos de más que suavizaban su figura: pechos llenos, caderas redondeadas, una curva suave en el vientre que su marido nunca mencionaba. Frank era fiable, callado, el tipo de hombre que cuadraba cuentas y se dormía con la película de las once. Su matrimonio se había asentado en una rutina cómoda hacía años. El sexo, cuando ocurría, era rápido, educado, con las luces apagadas.

Ese sábado por la noche Frank estaba en una convención, fuera de la ciudad. Evelyn se sirvió una segunda copa de vino y comenzó a fregar los cacharros de la cena. En la televisión de la cocina echaban un clásico del cine negro. Blanco y negro, humo de cigarrillo en cada plano, vasos repletos de whisky escena tras escena. Un jefe mafioso implacable y su hombre de confianza, Jack Harlan, de hombros anchos, mandíbula cuadrada, ojos grises como el pedernal. Jack se movía con un propósito: rompía rodillas, fracturaba mandíbulas, vigilaba puertas, observando, discreto, siempre frío. Sin sonrisas, sólo esa voz grave que anticipaba problemas. Evelyn miraba y escuchaba, reconfortada por el vino, la gustaba el tipo, era un animal, pura fuerza bruta, tenía lo que le faltaba a Frank.

En una escena dentro de un despacho, Jack se apoyó en un escritorio mientras encendía un cigarrillo. De pronto Evelyn notó algo raro en él, su expresión había cambiado. No miraba a la femme fatale de la película, miraba a la cámara, la miraba a ella.

Parpadeó. Jack detuvo el gesto a medio camino, ladeó la cabeza como si hubiera oído su suspiro, dejó caer el cigarrillo y avanzó. La película pareció congelarse. La enorme palma de la mano de Jack presionó el interior de la pantalla. El cristal onduló como si fuese agua. El hombre empujó y salió de la televisión,

Allí estaba él, en su cocina, real, sólido, metro ochenta y cinco de músculo bajo un traje arrugado que olía a tabaco y cuero. Sus ojos grises clavados sobre la mujer.

—Llevas toda la noche mirándome, cariño —dijo con voz ronca—. Pensé que tocaba venir y averiguar el por qué.

Evelyn retrocedió, la bata se abrió un poco. El pulso le martilleaba.

—Esto… no puede ser real.

Él cruzó la cocina en tres zancadas. Una mano enorme y áspera le tomó la mejilla, el pulgar le rozó el labio inferior.

—A mí me parece muy real.

La besó con fuerza y hambre, olía a humo y peligro. Ella se aferró a sus solapas apretándose a él, que la levantó sin esfuerzo y la sentó sobre la encimera, junto al fregadero donde aún quedaban platos sucios. Desató el delantal de la mujer y tiró de la bata desnudándola, sus ojos recorrieron la curva de los pechos, la blandura del vientre, el modo en que sus muslos se apretaban.

—Joder —murmuró en un susurro.

Jack se quitó la corbata mientras Evelyn, después de desabrocharle los botones de la camisa, buscaba su cinturón, los dedos temblorosos pero decididos. Liberó por fin un miembro grueso, pesado, ya duro. Lo apretó suavemente, sintiendo cómo latía en su palma.

Él le separó los muslos metiendo sus caderas entre ellos. Apartó las bragas lo justo para que dos dedos gruesos la penetraran, encontrándola húmeda y dispuesta. Evelyn jadeó ronca. El pulgar encontró su clítoris y lo frotó sabia y rudamente.

—Así, justo así —gruñó—. Moja para mí.

Ella se arqueó aferrándose al borde de la encimera. Él retiró los dedos y, arrodillándose, los sustituyó por su boca, lengua musculosa, succionando suave y luego fuerte. El placer subió como un latigazo. Jack se incorporó, colocando su miembro, empujó despacio, abriéndola centímetro a centímetro hasta hundirse del todo. Evelyn gimió en medio del silencio de la casa.

Jack le agarró las caderas y empezó a embestir: profundo, constante. La encimera temblaba. Ella le rodeó la cintura con las piernas, los talones clavados en sus glúteos. Los choques sonaban húmedos. —¿Tu marido te folla así alguna vez? ¿Aquí mismo, donde prepara el café?

Las palabras la encendieron. Se contrajo alrededor de él, gritando mientras el orgasmo la atravesaba: oleadas duras que le sacudieron el cuerpo, temblores en los muslos. Jack aceleró el ritmo respirando agitadamente. —Joder… —gruñó. Empujó una última vez, profundo, y se derramó dentro de ella, caliente y espeso, gimiendo contra su cuello.

Se quedaron unidos, respirando con fuerza. La cocina olía a sexo, a vino derramado, a lejía. A un lado la televisión parpadeaba. La película volvía al jefe mafioso ladrando órdenes. Jack se retiró despacio, recomponiendo su ropa. La miró insinuando una medio sonrisa.

—La próxima vez que la pongas, estaré ahí.

Cruzó de nuevo la pantalla atravesando el vidrio ondulante. La imagen se estabilizó: Jack Harlan de nuevo en su sitio, ajustándose los gemelos de su camisa.

Evelyn bajó de la encimera con las piernas flojas. Se cerró la bata, sintió el hilo lento que le bajaba por el muslo. Sonrió satisfecha pensando que Frank volvería mañana, porque ella volvería a poner la película.

@MedussaEros

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About Galiana

Escritora, bloguera, podcaster, enamorada de todo lo que huele y sabe a Cultura
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