En el ecuador de este «Oficio de tinieblas» de Pilar Rodríguez (@PilarR1977): «Maldito» (parte 4)

Parte 4

Mediodía

Escuchó su propio grito al despertar. Empapado en sudor, hizo por incorporarse…

…una presión sobre el pecho, el crujido de sus huesos.

Hizo por tomar aire, aferrándose sólo a un hilo de aliento, la lucidez justa para abrir los ojos y enfocar hacia la penumbra. Nada, nada fuera de lugar, el postigo cerrado que dejaba pasar un hilo de claridad, los cuatro muebles sencillos que constituían todo su mobiliario, el espejo vacío de reflejo ajeno, intuyendo tan solo las formas de su cuerpo tendido en la cama.

Juan alzó el cuello.

El gato le contemplaba con ojos de obsidiana, los cuartos traseros sobre su vientre y las manos ahí donde su corazón latía. La cabeza redondeada de la criatura se ladeó curiosa al saberlo despierto.

—¿Qué…?

Gorjeó el felino, ese sonido, casi un canto, que sólo usan entre ellos o hacia los que creen iguales. Estiró elegante el flexible cuerpo de pelo azabache; sintió Juan primero la tensión en los músculos del animal y después un pinchazo a la altura del esternón. Fue al principio apenas un cosquilleo, pero pronto tornó su roce en molestia creciente cuando las uñas felinas traspasaron piel y carne para alcanzar el hueso, para casi rozar el corazón. Gritó y sollozó, pues no recordaba un dolor igual a pesar de hallarse en su cuerpo un largo mapa de cicatrices, recuerdo de otros tiempos, de peleas y batallas, de faena y de duro trabajo; gritó y sollozó pues sintió fuego, que la razón, más que la vida, se le escapaba a través de las punciones. Entre lágrimas, tontamente, suplicó entre jadeos.

Y el gato ronroneó, amasando sus zarpas la piel sangrante, hundiendo las garras con desidia de amante en su pecho, brillantes los luceros negros que eran sus ojos, sosteniendo la mirada apagada de Juan, ya de nuevo cercano el sueño, como sólo un gato, o una criatura que usa la piel de un gato, saben hacerlo.

Tarde

De diario eran los siete toques de la campana de la catedral los que ponían fin a su descanso.

Antes casi de abrir los ojos se palpó el hombre el pecho, esperando encontrar dolor y sangre, un corte…algo, más se hallaba su piel intacta y, habría pensado que se trataba de un mal sueño de no ser por el dolor y unas manchas rojas sobre la almohada.

—Sueñas tinieblas y lunas carmesíes, Diego.

La joven sentada al borde de la cama le observaba curiosa, el frío de la noche en la oscuridad de sus ojos, el calor, la dulzura y una cierta picardía en su sonrisa. Recogía las manos enguantadas sobre el regazo y, en lo que pareció un acto reflejo, las escondió entre la falda cuando descubrió el horror en las pupilas del otro.

Volvió él entonces a la realidad. Se alzó del lecho, buscando la Cruz de la Victoria que siempre llevaba al cuello.

—¡Demonio! – bramó — ¡No eres bruja, sino demonio!

— Diego, por favor…

—¡No pronuncies ese nombre! —. Se descompuso su faz y, rabioso, escupió casi sobre el rostro femenino— ¡No lo pronuncies, maldita!

Ella le contempló sin miedo, quietos sus ojos en él, fruncidos los labios en un mohín infantil carente de imposturas o falsas seducciones. Parpadeó y, con un movimiento líquido, un fluir inhumano de hombros, busto y cintura se acercó a él.

—Eres inocente, Diego; ella no murió por tu mano.

—¡Calla!

—Me he alimentado de tus sueños —susurró—, tus pesadillas me han nutrido y renovado: puedo decir lo que quiera, hijo de luna.

—Esto no es real —farfulló—. Sigo dormido…Santa María, bendita…

Despacio, sin bajar la mirada, la joven comenzó a quitarse los guantes. Descubrió sus manos, la derecha, piel blanca, tan clara que podía seguir Juan el mapa de sus venas; la izquierda, sin embargo, luciendo trazos de tinta aún fresca en un alfabeto no conocía. Se puso en pie la joven, se acercó al aguamanil y mojó la toalla.

—No disolverá toda la tinta, pero servirá igualmente, …como te llames.

Goterones de agua sucia cayeron al suelo. Procedió entonces a borrar las palabras, los dibujos de su mano izquierda, primero el dorso, después la palma…

Un “¡Por Dios!” fue lo único que pudo balbucear Juan cuando ella alzó la siniestra hacia él…

Ahora dale a la ilustración para escuchar el podcast, recuerda que no son iguales, incluyo alguna variación.

🎧🎙👇

Hemos llegado a la mitad de este relato, desde la próxima semana iremos rumbo a la recta final del mismo, viene con sorpresa.

@PilarR1977

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About Galiana

Escritora, bloguera, podcaster, enamorada de todo lo que huele y sabe a Cultura
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