«Oficio de tinieblas» de Pilar Rodríguez (@PilarR1977): «Maldito» (parte 3)

Parte 3

Amanecer

El cielo comenzaba a clarear la línea del horizonte; aún faltaba para el alba, pero Juan podía sentir el movimiento de los astros en las entrañas. Intentó ignorar la luna menguante, casi llena, que reinaba en lo alto, pero su naturaleza, más poderosa a veces que su razón, giró su rostro hacia ella.

—Os vais a reír de otro — gruñó, desafiando los parpadeos, los burlones guiños de los luceros que custodiaban a Selene—. Maldita seas, zorra.

Escupió al suelo, buscando el reflejo del astro en un charco de agua salada. Aplastó el cigarro con la bota y abandonó el puerto, agotado y deseoso de meterse en la cama.

Marta esperaba despierta a su esposo y la silueta de Marcela se intuía en la ventana del piso superior. No se atrevió a mirar Juan, pues no quería dar falsas esperanzas a la muchacha, y había marchado con las manos en los bolsillos y el peso de unos ojos negros sobre su sombra. Nunca debería haberla mirado con ansía de hombre, nunca debería haberle robado besos y caricias. Recién llegado a Barcelona, sin más riqueza que su olfato y su talento, presto a embarcarse Dios sabía dónde con un nombre que no era el suyo, y no tardó la Parca en enredar su hilo con el de don Ignacio. Pensaba Juan que cualquier lobo digno de ese nombre, aunque, como él, se tratase de una mala bestia sin linaje habría salvado la vida del veterano sereno: le había costado una cicatriz en la espalda y algo de plata en la sangre, pero repetiría sin dudarlo.

—Te acogió como a un hijo, te buscó un buen trabajo, confía en ti…y tú casi desfloras a su hija, imbécil — masculló.

—Señor.

Casi se la llevó por delante, pues se hallaba escondida en el vano de su portal. Recompuso Juan la expresión de su rostro y alzó el llavero.

—Señora, ¿me permite?

No se movió la mujer. Chasqueó él la lengua con fastidio.

—¿Es usted alguacil?

—Señora, por favor…

—¿Sereno? 

—¿Quién lo pregunta?

Se arrepintió al instante Juan por la sequedad de su voz: las mujeres acababan siendo siempre un problema pero, en honor a la verdad, procuraba mantener las formas y, en general, los asuntos de damas, de quererlo, no se le daban mal.

—¿Lo es o no lo es? – insistió ella.

—Mire, “señora” — replicó con malicia—, si va a ofrecerme algún tipo de servicio, por adelantado ya le voy aconsejando que baje al puerto: siempre hay algún marinero más que dispuesto con dinero fresco.

Otra se hubiese soliviantado, pero, para su sorpresa, la dama le dedicó una sonrisa retorcida.

—Todo lo que tiene de gallardo, lo tiene también de patán, ¿lo sabía? ¿Cómo puede insinuar que soy una ramera y quedarse tan ancho?

—¿No lo es?

—No lo soy —. Desapareció aquel fugaz destello burlón de su rostro y retornó la seriedad— ¿Usted y el Viejo Blanco son los que han encontrado mutilada a mi hermana? 

Tres cosas desconcertaron al hombre: la frialdad de la mujer, que conociera el apodo que los suyos daban a don Ignacio y que supiese los detalles de un crimen que aún no había trascendido. Comenzaba a alzarse el Sol y el primer destello del día, más certero aquel rayo de luz que la flecha de un hábil arquero, diluyó las sombras que aún moraban en las profundidades del portón, desvelando los rasgos afilados de una mujer que no llegaba a la treintena, cabello negro recogido y pupilas tan negras como los iris. Se encontró Juan perdido en el universo que esa mirada escondía, atrapado en un abismo sin fondo, sin luz alguna; parpadeó ella rompiendo el encanto, liberándole del hechizo que le ataba.

—Eres una bruja.

—A mi hermana, ¿dónde habéis llevado su cuerpo? ¿le daréis sepultura en tierra viva? —preguntó la mujer.

—¡Quita de enmedio!

Le dolía el alma a Juan, si el alma misma. Empujó a la mujer sin miramientos; encontró su cuerpo frágil, de huesos delicados, más no tuvo reparo en arrojarla a la calle.

Lo último que vio antes de cerrar la puerta fue el temblor de una sonrisa en aquel rostro de gata.

De bruja no tenía nada y, de hecho, tampoco le eran simpáticas.

Las brujas, se decía, cazaban y mutilaban a su gente, o, peor aún, las esclavizaban, contenida su esencia en formas animales con hechizos y sortilegios prohibidos por dioses y hombres.

No, se dijo, Ada, escuchando el portazo y las maldiciones del lobo que llevaba aún la sangre de su hermana en las líneas de la mano…de bruja no tengo nada.

Ahora dale a la ilustración para escuchar el podcast, recuerda que no son iguales, incluyo alguna variación.

🎧🎙👇

Por aquí estaré la próxima semana avanzando en este relato gótico, ¿me acompañas?.

@PilarR1977

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About Galiana

Escritora, bloguera, podcaster, enamorada de todo lo que huele y sabe a Cultura
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