«Gana el rojo pasión» por Medussa (@MedussaEros): “Nieve en las montañas”

Nieve en las montañas

Claudia tenía cuarenta y tres años y un chalet de piedra y madera oscura en Baqueira, justo donde la carretera es detenida por la nieve.

Aquella mañana, al bajar del telesilla de Dossau, un monitor se agachó para soltarle los esquís.

—Su fijación izquierda está floja, señora—dijo con un acento andaluz suave y melódico, que contrastaba allí, entre las gélidas montañas.

Se llamaba Adrián. Veinticinco años, sevillano de Triana, piel morena que el sol de altura había tostado aún más, ojos negros y una sonrisa lenta que parecía traer la primavera a la cara norte. Había llegado al valle huyendo del terrible calor de julio y se quedó por un salario mejor y las oportunidades que encontraba entre turistas aburridas de sus vidas encorsetadas.

Durante tres días, Adrián la acompañó en cada descenso. Hablaba poco, pero cuando lo hacía su voz arrastraba las eses y evocaba azahar, incluso con veinte bajo cero. Cuando reía, el aliento salía cálido formando nubes que flotaban un instante.

La cuarta tarde, la nevada cerró Beret. Claudia lo invitó al chalet “para un chocolate con churros, que aquí no saben hacerlos”. Él aceptó con una media sonrisa que anticipaba aventura.

Dentro, la chimenea ardía oliendo a leña quemada. Ella vestía un jersey de suave lana que se le pegaba al cuerpo como una segunda piel. Adrián aún tenía el frío metido en los huesos, pero su piel comenzaba a calentarse en aquel ambiente íntimo.

—No me gusta quedarme mirando, señora —dijo, y el “señora” sonó a caricia del Sur en sus labios.

El beso llegó rápido y profundo. Labios que sabían a nieve y a algo más cálido, más lento. La empujó contra la pared de piedra; ella sintió la aspereza en la espalda y la dureza de él contra su vientre antes de que la llevase al sofá de cuero. Le subió el jersey y la falda; sintió su piel desnuda antes de que las manos morenas y fuertes de Adrián la exploraran. Se arrodilló. Su aliento era fuego contra el interior de sus muslos. Cuando la tocó, sus dedos entraron fáciles, resbalando en la humedad que ya lo esperaba. Los movió con un ritmo casi flamenco, lento y preciso, hasta que ella se arqueó y gimió contra la madera.

Se desnudó despacio, como quien se quita una chaqueta en abril. Olía a sol, a piel limpia, a hombre del sur perdido en la nieve. Estaba duro, caliente, grande. La penetró de una sola vez, hasta el fondo. Claudia soltó un gemido largo que resonó en el valle. Adrián se quedó quieto un segundo, saboreando cómo ella lo apretaba, y empezó a moverse: embestidas profundas, marcadas, como un compás que solo él conocía.

La levantó por las caderas; el placer se volvió casi insoportable. El olor del sexo y la leña se mezclaron. Cuando ella llegó, tembló entera, apretándolo con fuerza. Adrián se dejó ir al instante, derramándose caliente y largo mientras gruñía contra su cuello con su voz ronca.

Después quedaron abrazados, jadeantes, con la nieve golpeando los cristales. Él le besó la sien, aún oliendo a tormenta y a azahar imposible.

—Mañana vuelvo a mirar tus fijaciones, Claudia —susurró, sin “señora” esta vez.

Ella sonrió contra su hombro moreno.

—Déjalas flojas, sevillano. Quiero que me encuentres siempre así.

@MedussaEros

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About Galiana

Escritora, bloguera, podcaster, enamorada de todo lo que huele y sabe a Cultura
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