Nuevo Oficio de tinieblas, os traigo un nuevo personaje, la pesanta, en las siguientes semanas sabremos sobre ella y otros seres de la noche.
Maldito
No eran ni Juan el nombre, ni Vega el apellido que rezaban en su partida de bautismo. Poco importaba, pues había sido su nombre el primer y único regalo de una mujer que de “madre” sólo tenía el haberlo parido y, en lo tocante a su apellido, ni siquiera era seguro que “padre” fuese aquel malnacido cuya idea de crianza era una golpiza tras otra.
“Gastas nombre de señor y no eres más que un bastardo”
De niño no lo entendía, en sus años mozos embestía como un toro desbocado y, ya hombre adulto, se mordía la lengua, apretaba los puños y aguantaba la rabia, consciente de tener poco que ganar y mucho que perder si rechistaba. Y esperaba, esperaba con la cabeza gacha, deslomándose en la mina, juntando honradamente los reales necesarios para marchar e iniciar una vida allí donde su linaje fuese oportunidad y no condena.
Así habría sido, pero los hilos de la fatalidad se enredaron a su paso y hubo de poner tierra de por medio con las manos empapadas de sangre ajena y su nombre manchado y perseguido.
Pero esa historia es ya otra historia…
Primera Parte
Barcelona
Marzo de 1865
Madrugada
—¿Cuántos años le echas?
—Diecisiete, dieciséis; lo seguro es que menos de veinte, jefe.
—¿Y qué ves aparte de lo obvio, hijo? Salmueras, dale luz a Vega, acerca el farol.
—Veo bien, jefe, gracias —. Vetas doradas parecieron correr entre el musgo oscuro que eran los iris de Juan Vega; dedicó un gesto amable a su mentor y protector y volvió a centrar su atención en el cadáver—. Tiene el rostro intacto, ni un arañazo; ¿no es raro?
—Dime tú porque lo es.
Juan tomó aire.
—No me cuadra con el resto —. Señaló el torso apuñalado, una masa sangrienta de tejido informe, más pulpa que carne— ¿Ha visto usted el destrozo? Y mire– explicó, al tiempo que alzaba cuidadosamente la falda hasta los muslos lívidos —, no parece que la hayan violentado, no veo sangre, fluidos o herida alguna —. Colocó de nuevo el vestido, poco deseoso de exhibirla sin motivo—. Tela humilde, ropajes sencillos, así que tampoco es cosa de ladrones, pues aún tiene la bolsa y la medalla, ¿ve?
—Salmueras, luz…es oro, diría que parece buena: ¿qué Virgen es?
—Ninguna, jefe; es Santa Clara.
—Ya sabes que yo de papista poco, hijo —. El hombre enarcó las cejas—. Si yo fuese tu superior y tuvieses que presentar informe, ¿qué me dirías entonces?
Se permitió Juan una sonrisa torva pues efectivamente era tal aquel hombre.
—No hay indicios de abuso. El móvil tampoco parece ser el robo. Así de primeras diría que es un crimen calculado y bien pensado, jefe: es más, apostaría por una venganza.
—¿Por qué, señor Vega?
De nuevo tomó Juan Vega aire tan profundamente que le dolieron las costillas. A pesar de ser hombre de natural fuerte, los catarros se le pegaban al pecho con facilidad y aún arrastraba los restos del último: cosa de familia, le decían en su tierra…
—Se ensañaron con ella, jefe, y no lo digo sólo por las cuchilladas —. De nuevo brillaron sus ojos con fiereza animal y un toque de ámbar al señalar las muñecas cercenadas de la joven—. Porque, si no es por venganza, ¿qué clase de malnacido corta las manos a una chiquilla?
Ahora dale a la ilustración para escuchar el podcast, recuerda que no son iguales, incluyo alguna variación.
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Te espero la próxima semana con la continuación.














