Capítulo 31: Madrid, Madrid, Madrid
Y tras el trabajo bien hecho como conté en el anterior capítulo —Paz de Cateau-Cambrésis, encauzada la cosa con el nuevo rey, Francisco II, y matrimonio con Isabel de Valois—, a don Fernando Álvarez de Toledo y Pimental le tocaba regresar a casa. O sea, a España. Primero a sus tierras de Alba de Tormes para atender un tiempo a la duquesa, que no estaba muy católica. Luego a Madrid, convertida en sede fija de la corte, para lo que su majestad tuviera a bien encomendarle.
Lo de la corte fija después de siglos de reyes como titiriteros ale-hop de feria en feria, que canta Serrat, obedece a varias razones. La primera, la ubicación geográfica. Centro de la Península Ibérica. De cajón. La segunda, la existencia de una chabolilla acorde a la altura de su majestad —el Alcázar de Madrid, por concretar—. Y la tercera, Madrid se encontraba a una distancia asequible del lugar —El Escorial— donde su majestad filipina proyectaba levantar un nuevo palacio que fuera un todito Toronto entero: monasterio, basílica, biblioteca y hasta panteón.
Ahora, ¿lo de establecer la corte en Madrid fue decisión meditada de Felipe II o más bien producto de un arrebato —un sujétame el cubata en toda regla— y que salga el sol por Antequera, pero ande yo caliente y ríase la gente? Si nos atenemos a lo que explica Manuel Fernández Álvarez en El duque de Hierro, su majestad ya tendría en mente acometer el proyecto en 1551. O sea, estando su padre en vida. Lo cual ocurrió al regresar de la tournée que se pegó por media Europa. Pero, ojo, Madrid como centro de currelo, que para el esparcimiento y todo lo demás tenía otra pretensión como era Toro, en Zamora. A modo de ejemplo, dos citas: la primera, de una carta enviada a su cuñado Maximiliano en 1551 precisamente desde Toro, en la que le informa de que «ayer vine aquí [a Toro] adonde me pienso holgar ocho o diez días para irme después a trabajar a Madrid». La segunda, esta otra confidencia realizada también a su cuñado ya de vuelta a Madrid diez días después: «Hicimos antier el torneo… y yo me hallé tan desalentado que luego me salí de él», a lo que añade «y otras nuevas no sé decir sino que he partido hoy de Toro, con grandísima soledad».
Por partes, que diría Jack: en Toro estaba instalada la pequeña corte que rodeaba a su hijo, el infante don Carlos —que luego acabó como acabó—, que por entonces rondaba los seis años, y al que acompañaba su hermana, Juana de Austria. Qué gran padre, qué apego por el crío, etcétera, estaréis pensando. Bueno… En el séquito de su hermana había una dama de compañía llamada Isabel de Osorio que le hacía tilín al entonces príncipe, así que como para no entender eso de la «grandísima soledad». O como dice de manera más prosaica Fernández Álvarez, «Toro era el lugar de descanso del gobernante, en este caso para los encuentros con su amada Isabel de Osorio. Y Madrid, el centro de trabajo». Y entonces, ni teletrabajo ni gaitas.
Y a Madrid, como digo, llegó el duque de Alba a comienzos de 1561. En esa época sucedieron dos hechos a destacar que le afectaron. Por un lado, Felipe II decidió desplegar una ofensiva sobre el norte de África. Nombrado el duque capitán general, su majestad le encomendó que se diera prisa en reunir soldados en Cartagena en un pispas para mandarlos para África. El rebote que se agarró don Fernando Álvarez de Toledo, si bien su participación luego en el asunto fue mínima, lo reflejó en una carta que envió a su majestad en la que le cantó las cuarenta y las diez de monte por tanta premura y él comiéndoselo todo. «…Y dándome V. M. licencia, le diré que es la primera que se me da en mi vida de cosas de esta calidad en cuantas veces he servido, ni de S.M.C —el emperador, por aclarar—, que Dios tenga, ni de V. M… […] ni pienso haberme gobernado tan mal en desperdiciar la hacienda de V. M. ni en la disciplina de la gente y las órdenes que se habían de dar en sus ejércitos…». En este sentido, hay que decir que bastante tenía ya el duque de Alba con Francia y sus franceses. Por resumir, las guerras religiosas que se desataron en aquel reino. Incluso llega a enviar una carta al duque de Guisa —su rival en Metz, recuerdo— para felicitarle por la manera de llevar las cosas en lo tocante a los asuntos del reino dado el cariz del percal; la muerte del rey Francisco II y la subida al trono de un nuevo rey, Carlos IX, un crío de penas diez años al que tutelaría su abuela, Catalina de Médici, para solaz del duque. La verdad del asunto es que muy bien felicitar al de Guisa y tal, pero tampoco es que don Fernando diera palmas con las orejas sabiendo que aquel duque estaba acumulando demasiado poder en sus manos. Es más, en lo tocante al asunto religioso tanto el duque de Alba como su majestad filipina pensaban lo mismo: leña al hereje como si no hubiera un mañana. Como explica Fernández Álvarez, aquí ya se atisba lo que haría don Fernando años después con los calvinistas en tierras flamencas.
Y el otro asunto en el que se vio involucrado el duque de Alba a su vuelta de Francia fue el accidente que sufrió el príncipe don Carlos. Por resumir, el 19 de abril de 1562, el hijo de Felipe II —y heredero— se metió una galleta de las que hacen época por bajar las escaleras haciendo el cabra, con tal mala suerte que se metió un topetazo contra una puerta entreabierta. Y Felipe II pensando que quedaba sin heredero como se quedó sin padre y sin mujer. Don Fernando Álvarez de Toledo y Pimentel se fue para Alcalá de Henares raudo y veloz para estar al lado de su majestad. Viendo el percal —el príncipe Carlos más para allá que para acá—, ordenó sacar de su sepulcro el cuerpo de un fraile llamado Diego, que cerró sesión un siglo atrás en Alcalá en olor de santidad, para llevarlo al lecho del príncipe y a esperar el milagro. ¿Cómo se os queda el cuerpo? El príncipe no cerró sesión, pero quedó de aquella manera: que si secuelas físicas, que si dolores, que si cambio de carácter… Un cuadro.
Es en esta época en la que el duque de Alba se encontraba en su máximo esplendor como privado de su majestad, si bien compartía el protagonismo con Ruy Gómez de Silva. Felipe II le consultaba todo: que si la propuesta de matrimonio de la reina María Estuardo de Inglaterra con el príncipe Carlos, pues no llevaba muy allá lo de la viudedad tras palmarla su esposo Francisco II de Francia; que qué hacemos con Flandes, donde los nobles se habían quejado al rey de la manera de gobernar de su hermana, Margarita de Parma. El príncipe de Orange y el conde de Egmont ya empezaban a asomar la patita allí… Y el duque de Alba aconsejando a su majestad filipina mano dura y cuanto antes mejor. «Y ningún negocio, uno por uno, entiendo yo que V. M. al presente tenga de gran importancia con procurar con gran brevedad la comodidad para hacere en esto una demostración muy ejemplar». De lo cual se encargaría en persona pocos años después.
Pero lo que seguía en el horizonte era Francia y sus jaleos. Y fue en 1564 cuando Catalina de Médicis propuso a Felipe II una entrevista en persona. Un cara a cara tú y yo, que nos hace falta. Lo que ha quedado para la historia como Las Vistas de Bayona, que contaron con don Fernando Álvarez de Toledo y Pimentel como starring. Sin duda, un respiro para él, porque el panorama que tenía en la corte… Tela marinera. Pero telita.
Eso, ya, para la siguiente entrega.
Ahora dale al podcast en ivoox, recuerda hay variaciones entre el texto y el audio.
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