«Gana el rojo pasión» por Medussa (@MedussaEros): “Asignatura pendiente”

Asignatura pendiente

La brisa otoñal susurraba entre los álamos que flanqueaban el restaurante, un enclave nostálgico en las afueras de la ciudad donde se reunían anualmente los antiguos compañeros de la facultad de Filología. Ana, con su melena castaña ondulada y un vestido de seda que acentuaba sus curvas maduras, llegó puntualmente, su corazón latiendo en una mezcla de expectación y melancolía. Javier, el erudito de antaño, ahora un profesor de literatura con canas prematuras y una mirada penetrante, la divisó de inmediato entre la multitud de rostros envejecidos por el tiempo.

La cena transcurrió en un torbellino de anécdotas remozadas. Las risas flotaban y estallaban como burbujas de champán mientras se debatía acaloradamente sobre Vargas Llosa y Borges, o las noches de estudio interminable en la biblioteca universitaria. Ana, sentada junto a Javier, ¿casualidad o destino?, sintió cómo sus miradas se cruzaban con frecuencia. Él, con su voz grave y modulada, evocaba episodios compartidos: aquella vez que discutieron hasta el amanecer sobre el simbolismo de «Cien años de soledad», o cuando ella lo rescató bajo una tormenta improvisada con su viejo paraguas. La química latente de los años juveniles flotaba en cada roce accidental de manos al pasarse los platillos.

Trajeron los postres, tartas suaves, nada empalagosas, y aromáticos cafés. La conversación derivó hacia lo personal. Javier se había divorciado relativamente hacía poco tiempo, aún sentía el rescoldo de la amargura. Ana, viuda desde hacía años, le confesó sus soledades, sus viajes sin compañía por Europa en busca de inspiración literaria. Sus palabras fluían serenamente dejando ver debilidades ya superadas. La noche se extendía, y cuando los demás comenzaron a despedirse, Javier la propuso acompañarla hasta su hotel cercano, con una cortesía que ambos sabían perfectamente qué ocultaba.

Caminaron bajo las luces de las farolas, el aire cargado de insinuaciones tácitas. Poco antes de llegar del hotel, un beso impulsivo puso su deseo en evidencia, mientras sus bocas se buscaban con la urgencia de lo sofocado durante décadas. Subieron al ascensor en silencio, sus cuerpos ya conectando uno junto al otro. Al entrar en la habitación de Ana, la atmósfera se impregnó de anticipación. Javier la atrajo hacia sí con delicadeza, sus manos explorando la curva de su espalda mientras volvían a fundirse en un nuevo beso, más profundo, más seguro, más intenso.

Despojándose de la ropa con movimientos fluidos, sus cuerpos se mostraron esculpidos por la madurez: la piel de Ana, suave y perfumada, contrastaba con la firmeza sutil de Javier, marcada por leves cicatrices de vida. Él la recostó sobre las sábanas de lino, sus dedos trazando rutas invisibles desde el cuello hasta los senos erguidos, sus manos apretando sabiamente, provocando suspiros apasionados. Ana, con audacia renovada, guió sus caricias hacia su vientre, donde el calor se acumulaba como una tormenta inminente.

El encuentro se intensificó en un ballet de sensaciones. Javier descendió con besos desafiantes, su lengua delineando los contornos de su intimidad, evocando oleadas de placer que la hacían arquearse, sus uñas clavándose levemente en sus hombros. Ella respondió con igual fervor, envolviéndolo en su calidez, sus caderas elevándose en un ritmo primitivo. La unión fue suavemente brutal: él penetrándola con una lentitud inicial que cedió a un vaivén apasionado, sus cuerpos entrelazados con un ritmo sincronizado. Cada embestida la arrancaba un gemido animal en medio de sus respiraciones entrecortadas.

Ana sintió el éxtasis ascender como una marea, sus músculos contrayéndose alrededor de él, mientras Javier, con control experimentado, prolongaba su deleite, sus manos aferrando las nalgas de la mujer para profundizar todavía más. El clímax los envolvió en un remolino de sensaciones batido por oleadas de placer, culminando en un estallido compartido que los dejó jadeantes, temblorosos, empapados en sudor. Permanecieron enlazados, sus corazones latiendo al unísono, mientras el mundo exterior se desvanecía en la quietud postrera. Aquella noche, no solo revivieron memorias, sino que forjaron un vínculo nuevo, impregnado de la sabiduría de los años y la intensidad de lo inesperado.

Al amanecer, con el sol filtrándose a través de las cortinas, conversaron en susurros sobre futuros posibles. Javier la acariciaba con la punta de sus dedos, mientras anticipaban futuros encuentros. Ana, sonriendo satisfecha, comprendió que este reencuentro había logrado despertar en ella una vitalidad dormida desde hacía demasiado tiempo. Ambos eran conscientes de que la cena anual sería el preludio de pasiones resucitadas.

@MedussaEros

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