‘Pa’ habernos ‘matao’ por @VictorFCorreas, serial sobre el duque de Alba, incluye el podcast de @ivoox: «La paz es cosa mía»

Capítulo 30: la paz es cosa mía

Como ya expliqué en la anterior entrega de la vida de don Fernando Álvarez de Toledo y Pimentel, cosa que ocurrió antes de las navidades —menuda vida se pega el amigo—, aquél fue parte esencial en la paz de Cateau-Cambrésis; que Manuel Fernández Álvarez catalogó en El duque de Hierro como «la más importante de la historia de España en el siglo XVI». Pero hete aquí, como bien conté también, que Enrique segundo, rey de Francia, había cerrado sesión de manera repentina. En consecuencia, el reino quedaba descabezado y desprotegido. Y el duque de Alba allí, vigilante, para que los gabachos no nos dieran gato por liebre. Que Francisco, el padre de Enrique, ya se la lio bien liada a Carlos primero de España y como para fiarse de ellos.

Una paz celebrada no, lo siguiente. Y si no, ojo a las palabras que escribió al secretario de Estado, Gonzalo Pérez —sí, el padre de Antonio Pérez—: «Muy magnífico y muy reverendo señor: Gracias a Nuestro Señor que hemos visto una cosa tan deseada como ha sido la conclusión de las paces, por las cuales se las debe dar todo cristiano, pues procede de su divina mano un gran tan bien».

Con el cierre de sesión de Enrique segundo, al duque de Alba pronto comenzaron a preguntarle si el rey de las Españas, o sea, Felipe segundo, mantendría su palabra y todas las promesas de paz firmadas en el tratado, que incluían su boda con Isabel de Valois. Con esas le fueron a su excelencia. No cuesta nada imaginárselo con esa cara de ajoporro que ponía el inmenso en todos los sentidos Carlo Pedersoli —Bud Spencer, por aclarar— cuando se los estaban tocando a dos manos instantes antes de que se desatara la catarsis de la guasca. Que no, que Felipe segundo no era como el padre de Enrique segundo, que se pasó el Tratado de Madrid de 1526 por el forro de los cojones. Que hay clases y saber estar, y tal. O como les contestó el propio duque: «Que todas esas causas, que entonces movieron a V. M para venir a la paz, están agora en pie». Es más, tampoco esperaba que el relevo en el trono de Francia alterara nada de lo dispuesto en el mencionado tratado, tal y como explicó el mismo duque: «Que si falta la persona del rey Enrico entra la del rey Delfín, a quien sabemos que V. M. tiene en el mismo grado y opinión que a su padre, por las virtudes y cualidades que de su persona V. M. tiene entendidas y que por esto tenemos por cierto que V. M. estará en tener la misma amistad con el rey Delfín que entre V. M y su padre se había acordado y jurado».

Y, como dice Fernández Álvarez, fue subir Francisco segundo al trono y darle al torno perico. En este caso, con unas ganas que te rilas de acometer la empresa de Inglaterra. Y eso con quince años la criatura; que pasaba por casarse con la reina María Estuardo de Escocia, cosa que ponía a más de uno en la corte de Francia más caliente que el palo de un churrero, empezando por el duque de Guisa. Pero, claro, un movimiento como ese no podía darse sin saber qué pensaba España al respecto. Así que esa extraña pareja —por lo que ocurriría unos pocos años más tarde— compuesta por el mismo duque de Alba y Guillermo de Orange, acompañados de Ruy Gómez de Silva —no me negaréis que el trio no era para verlo—, se fueron a ver a Francisco segundo, que se había establecido con su corte en el Palacio del Louvre.

Y para allá que le fueron a besarle las manos; a decirle que, «aunque no teníamos comisión de V. M., veníamos a dolernos con él de la pérdida de que había hecho de tan buen padre»; y a que se quedaran tranquilos él y su corte que lo firmado firmado queda. Salvo un pequeño momento de a ver por dónde nos sale este que dejó al duque de Alba, al de Orange y a Ruy Gómez de Silva con cara de este qué se ha fumado —«vosotros sois mis prisioneros, y aunque la prisión no halla de ser muy grave, quiero que me deis vuestras fes…»—, pues la frase quedó inconclusa, refiere Fernández Álvarez, bien por ser la primera audiencia oficial del nuevo monarca, bien porque no sabia por dónde seguir, etcétera, se puede decir que el negociado tenía buena pinta. Más sabiendo que allí también se encontraba presente el duque de Guisa, quien ya como nuevo peso fuerte de la monarquía francesa dejaba claro aquello de nos llevaremos bien para que no haya hondonada de hostias.

Poco después de esa reunión, el duque de Alba abandonaría París con la satisfacción, una vez más, del trabajo bien hecho camino de Alba de Tormes. Se había ganado un buen descanso el hombre. Salida de Francia que tuvo su aquel toda vez que Catalina de Médici, madre del nuevo rey, le quería allí al precio que fuera. Incluso le vino a decir que dónde vais, que dónde vais a estar mejor que aquí. Hasta oiga, que sois mi rehén, etcétera —mientras continuasen los términos de la paz de Cateau-Cambrésis, apostillo. Que quería que continuase en París, vamos; y sin su permiso, nada de marcharse. El duque respondió a todo esto que la duquesa no es que estuviera demasiado católica por entonces, por lo que debía regresar presto para atenderla.

Por consiguiente tocaba volver a la corte que Felipe segundo había decidido instalar de manera definitiva en un poblachón manchego llamado Madrid.

A la corte…

Eeeeh, Macarena. ¡Aaaaay!

Ahora dale al podcast en ivoox, recuerda hay variaciones entre el texto y el audio.

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@VictorFCorreas

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About Galiana

Escritora, bloguera, podcaster, enamorada de todo lo que huele y sabe a Cultura
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