“El laberinto”
En las profundidades del laberinto de Creta las sombras se enredaban como serpientes y ecos de lamentos susurraban secretos, Teseo avanzaba con el hilo de Ariadna en la muñeca. El aire espeso, húmedo y hediondo, se pegaba a la piel como una maldición. Empuñando la espada recordaba el secreto de la princesa cretense: el Minotauro era furia ciega, pero también un ser atormentado y solitario. “Lo derrotarás, pero no con acero”, le había murmurado ella la noche anterior, susurrando cálida junto a su oreja.
Teseo, esbelto y musculoso, con su torso desnudo brillando bajo antorchas parpadeantes, sentía un escalofrío de curiosidad excitante. Sus sandalias crujían en el polvo antiguo del laberinto y al doblar un recodo llegó a una cámara oscura donde surgió el Minotauro: imponente, cuernos como lunas crecientes, pelaje negro lustroso sobre torso ancho, patas como troncos terminando en pezuñas impacientes.
El monstruo no esperó. Con un bramido que hizo temblar las paredes, cargó. Teseo apenas tuvo tiempo de alzar los brazos: un puño peludo lo alcanzó en el costado lanzándolo contra la piedra. El aire se le escapó de los pulmones; rodó por el suelo, escupiendo polvo, mientras el Minotauro avanzaba con sus pezuñas retumbando, los ojos rojos encendidos de furia ancestral. Un segundo golpe alcanzó a Teseo en el hombro; el dolor fue cegador pero consiguió incorporarse tambaleante, sangrando por la comisura de la boca, inútilmente intentó contraatacar con un puñetazo al hocico que apenas hizo retroceder a la bestia. El monstruo lo atrapó por el cuello con una mano enorme, alzándolo del suelo como a un niño, y lo estrelló de espaldas contra el muro. El impacto nubló la vista al hombre. Sintió las costillas crujir, el aliento cortado, la muerte muy cerca.
Pero entonces, mientras lo tenía inmovilizado, el Minotauro olfateó y dudó. Su hocico se acercó al cuello de Teseo, inhalando con fuerza el sudor salado y el miedo mezclado con algo más… algo humano y caliente. Los ojos rojos bajaron lentamente por el torso desnudo del héroe y se detuvieron en el taparrabos tenso. La garra que apretaba su garganta aflojó apenas pero el gruñido se volvió más bajo, más ronco. Teseo, jadeando, notó el cambio: el miembro monstruoso bajo el pelaje negro empezaba a hincharse, empujando visiblemente contra la piel tensa del vientre. El Minotauro lo miraba ahora no sólo con hambre de sangre, sino con otra más antigua y oscura.
Teseo sonrió entre el dolor, una sonrisa lobuna y desafiante. Dejó caer el bahague con un gesto lento que liberó su miembro grueso, venoso como rama de olivo, iniciando una erección por la adrenalina y la certeza del poder recién descubierto. La bestia soltó un jadeo gutural, casi un gemido. La mano que lo sujetaba se abrió del todo; Teseo cayó erguido a duras penas, pero ya no era presa.
“Ven, bestia”, murmuró Teseo con voz ronca, mano extendida. “No soy tu víctima… soy tu liberación”.
El Minotauro, susurrado como Asterión en soledades, gateó hipnóticamente, ojos rojos devorando ese falo largo como antebrazo guerrero, curvado en promesa profunda, venas azules latiendo. Tocó la base con pezuña ansiosa; un gemido mitad bestia, mitad hombre escapó de su garganta. Teseo se arrodilló, guiando la cabeza masiva a su entrepierna. La lengua áspera del monstruo le lamió ávidamente, saboreando sudor salado y sangre de la pelea, ascendiendo hasta engullir el glande hinchado, vibrando el aire. Teseo sonrió triunfante, dedos enredados en pelaje áspero. “Sí, adórame como tu dios”.
El Minotauro se rindió, rodando sobre lomo polvoriento, exponiendo vientre pálido y erección roja, palpitante pero inútil ante la perfección griega. “Tómame”, gruñó ronco, voz rota de deseo, atraído por ese miembro dominante y poderoso.
La culminación se desplegó como tragedia lujuriosa: Teseo se colocó detrás del Minotauro arrodillado con sus cuatro patas abiertas en sumisión temblorosa. El hombre untó su falo con saliva, brillando como lanza en aceite de olivo. Empujó lento pero con fuerza; el glande abrió el ano virgen, músculo cediendo dolorosamente. El Minotauro rugió de plenitud abrumadora, su cuerpo tenso ondulaba como olas agitadas, mientras el falo lo rompía centímetro a centímetro, estirando lo imposible. Teseo sintió calor abrasador, paredes contrayéndose apretándole. “Mírame”, ordenó, agarrando ambos cuernos para forzar que la bestia lo mirase con ojos vidriosos. El toro ya había sucumbido a ese ariete de carne que le empalaba sádicamente hasta convertirle en dócil y tembloroso ternero.
Teseo aceleró sus embestidas rítmicas como tambores, pelvis chocando obscenamente contra las nalgas peludas. Con cada empujón el monstruo sucumbía; su miembro hinchado derramando fluidos en charcos plateados. “Siente mi poder”, jadeó Teseo, sudando por el esfuerzo, con sus abdominales contraídos y las caderas bombeando en penetraciones brutales. El Minotauro balbuceaba incoherencias mientras sus zarpas arañaban la tierra. Teseo cambió el ángulo de la penetración hábil y cruelmente, provocando aullidos de placer incontrolable. Ya dueño de la situación gruñó con sus bolas golpeando rítmicamente los glúteos de la bestia.
El Minotauro convulsionó, eyaculando arcos espesos sin toque, traicionado por el éxtasis. Teseo siguió sodomizándole más allá del clímax, prolongando placer agonizante hasta colapso exhausto, ojos suplicantes en su conquistador.
El Minotauro jadeaba rendido y vulnerable, sonó un pop obsceno cuando Teseo extrajo su verga dura y reluciente de jugos. Tomó de nuevo la espada de Hefesto. “Gracias por tu entrega, Asterión”, susurró mientras de un solo tajo decapitó certeramente al Minotauro. La cabeza rodó, los ojos vidriosos fijos aún en el falo poderoso, con un último suspiro de adoración eterna.
Teseo salió al amanecer, semen y sangre secándose como medallas íntimas, victorioso no por fuerza bruta mitológica, sino por deseo carnal, hilo invisible más fuerte que acero. Atenas lo aclamó héroe con laureles, pero él guardó secreto de cómo su victoria se debía a la lujuria y traición, apenas ya un eco de sueños oscuros.













