Ha llegado el momento de despedirnos para siempre. Os deseo unas felices fiestas, llenas de luz, descanso y momentos que calienten el corazón. Me llevo conmigo todos los recuerdos compartidos y la alegría de haber formado parte de esta pequeña gran familia.
Antes de marcharme, os dejo en las mejores manos de mis compañeros y con este relato tan especial que empieza con una pregunta:
¿Puede un robo cambiar el rumbo de una Nochebuena?
Esta es la historia de una noche helada en la que el destino decidió envolverse en papel de regalo.
Clica para saber cómo se juega.
👇👇👇
Un robo en Nochebuena
La ciudad estaba herida de frío. La nieve caía como ceniza sobre los tejados, borrando las huellas de los que aún tenían un lugar al que volver. Yo no. Caminaba solo, con el abrigo empapado y los pensamientos más oscuros que la noche. Nochebuena, decían. Para mí no era más que otra fecha en el calendario de los olvidados.
Encendí un cigarro con manos entumecidas. El humo me arañó la garganta, pero al menos me recordaba que seguía vivo. En los bares, aún quedaba gente cantando villancicos a gritos falsos, ahogando en alcohol la tristeza. Yo prefería el silencio de mi oficina, donde la soledad es un huésped que ya ni pide permiso.
El teléfono sonó como un disparo. Dudé en contestar. Al final, la costumbre pudo más.
Al otro lado, una voz grave, cansada, con un temblor que no era solo del frío:
—Esta noche algo importante se ha perdido… No puedo explicarle más. Venga a la iglesia de San Bartolomé. Es urgente.
Y colgó.
No dijo quién era. Tampoco qué había ocurrido. Solo esas palabras que sonaban más a súplica que a encargo. Algo en su tono me empujó a salir, aunque no lo admitiera ni ante mí mismo.
La iglesia estaba en un barrio olvidado, donde las campanas ya no suenan porque nadie las escucha. El portón permanecía entreabierto, y dentro olía a cera gastada y a humedad. Allí, en la penumbra, me esperaba un párroco de rostro surcado por arrugas y ojos que llevaban demasiado peso.
—Han robado al Niño Jesús del belén —me dijo, apenas un murmullo—. No tiene ningún valor económico, pero es el corazón de nuestra parroquia. Sin él, esta noche todo se queda vacío.
El hueco en el pesebre era un silencio enorme.
Seguí el rastro: cristales rotos en una ventana, huellas pequeñas en la nieve. Pasos apurados que se perdían entre callejones donde la Navidad solo brillaba en escaparates que nadie podía pagar. En medio de la suciedad encontré restos de papel de regalo arrugado. No era un robo profesional. Era otra cosa.
El rastro me condujo a un edificio abandonado. Subí con el arma lista, el corazón latiendo como un tambor.
Y entonces lo vi.
En un rincón, bajo una manta mugrienta, un niño sostenía la figura entre sus brazos. Estaba muy flaco, con la cara sucia y los labios morados por el frío. Sus ojos eran dos pozos oscuros, llenos de miedo y de una soledad tan honda que helaba más que la nieve. Había envuelto la figura con torpeza en restos de papel, como si fuera un regalo para sí mismo.
No corrió. No lloró. Solo la apretó contra su pecho.
Cuando le pregunté por qué lo había hecho, su voz fue un susurro quebrado:
—No tengo a nadie. Mis padres murieron hace dos inviernos. Desde entonces vivo aquí. Quería que el Niño Jesús estuviera conmigo esta noche. Para no sentirme solo.
El mundo se me vino abajo. Ahí estaba la verdad desnuda: un huérfano robando no por codicia, sino por un deseo desesperado de compañía. No era un ladrón. Era un niño buscando calor donde solo había silencio.
Lo llevé conmigo a la iglesia. El párroco, al vernos, se estremeció. Yo dejé la figura en sus manos. El ladronzuelo, encogido, esperaba el castigo.
El sacerdote calló un momento. Después, con lágrimas en los ojos, dijo:
—El Niño Jesús vuelve a su cuna… y tú también tendrás un sitio. Esta noche no estarás solo. Te prometo que encontraremos una familia. Una de verdad.
El pequeño lo miró incrédulo, como si esas palabras fueran un idioma que ya no recordaba. Y entonces ocurrió: las campanas sonaron anunciando la misa del gallo. La iglesia comenzó a llenarse. Vecinos, ancianos, familias con niños, todos entrando para celebrar la Navidad.
El párroco tomó al huérfano de la mano y lo condujo hasta el altar. Allí, entre luces tenues y cánticos, colocaron juntos la figura del Niño Jesús en el pesebre. El chiquillo lo acarició con ternura, y las lágrimas rodaron por su cara sucia. Pero esta vez no eran de tristeza, sino de alivio, de esperanza.
La gente lo vio. Nadie preguntó, ni juzgó. Solo hubo un silencio respetuoso, seguido de un murmullo cálido: bienvenido. El niño, por primera vez en años, no se sintió invisible.
Yo lo contemplé desde el fondo de la iglesia, con un cigarro apagado entre los dedos. Por dentro, una parte se me rompió y otra nueva comenzó a arder. El belén estaba completo, sí. Pero también lo estaba algo más: un corazón que había estado roto demasiado tiempo.
Salí antes de que empezaran los cantos. Afuera, la nieve seguía cayendo. Ya no era ceniza. Era un manto blanco que cubría las cicatrices de la ciudad.
Encendí el cigarro. El humo se mezcló con el aire helado. Y por primera vez en muchos años, sonreí. Porque aquella noche oscura, la más solitaria del calendario, me había regalado un milagro: no el de un Niño en un pesebre, sino el de un chaval que por fin dejaba de estar solo.
Ahora que lo has leído… ¡no te pierdas el vídeo en YouTube! Lo que vas a ver va más allá del texto. Dale al play y descúbrelo por ti mismo.
👇🎙🎧
Ahora comprueba si has acertado el tema musical.
👇👇👇















