‘Pa’ habernos ‘matao’ por @VictorFCorreas, serial sobre el duque de Alba, incluye el podcast de @ivoox: «Heme aquí»

Capítulo 27: Heme aquí

Tras quedarse a gusto diciéndole a la cara al emperador Carlos todo lo que tenía que decir y poniéndolo en negro sobre blanco para que su “querido” Ruy Gómez de Silva le relatara todos los pormenores del encuentro al futuro rey Felipe —estaba en un tris de serlo ya—, don Fernando Álvarez de Toledo puso rumbo a Italia. Que fuera para allá obedecía a una visión que padre e hijo compartían: una vez muerto don Pedro de Toledo, virrey de Nápoles —y tío del duque—, había que enviar para allá a alguien de nivel que mantuviera las cosas en el estado que las había dejado don Pedro. Blanco y en botella: don Fernando.

Eso sí, las perras por delante; que eran muy necesarias para cumplir lo que se le pedía: que la soldadesca no se desmandara por muchas razones que tuviera. Que las tenía. De ahí que apremiara al tesorero Rodrigo de Orbea para que tuviese las perras listas a su llegada con estas palabras: «Lo que yo os suplico, señor, es que los doscientos mil ducados que se me han de dar a mí para lo de Italia, se procuren con brevedad y se me den de lo primero que se oviere, pues esto está en vuestra mano es la cosa que más cumple al servicio del Rey…»; pues otra cosa no, pero estar al tanto de cómo estaban sus soldados allá donde estuvieran, de aquí a Cuenca. Y las noticias que le habían llegado es que los desplazados a Italia estaban más tiesos que la mojama y con unas ganas de montar jarana que te rilas en caso de no percibir sus pagas. Situación que plasmó así: «Porque según está la gente de guerra de S. M. mal pagada en Italia, si agora me viese a mí ir sin recaudo, sería la total perdición de todo lo de allí».

Así que era la pregunta: si faltaban perras, ¿qué pintaba él allí? Como para que no le diera vueltas al asunto. Tenía más que perder que ganar; y más sabiendo que él tampoco estaba para tirar cohetes. Desde Metz se lo venía soltando a todo aquel con el que se encontraba. A modo de ejemplo, y si recuerdas, antes de embarcar para Inglaterra se pensó muy mucho si llevaba consigo a la duquesa de lo tieso que estaba. Y hacían falta perras. Pero muchas. Cuenta William S. Maltby en El gran duque de Alba que se daba con un canto en los dientes si le soltaban 600 000 ducados dada la cantidad de atrasos en sus pagas que sufrían los hombres allí desplazados. Con el tiempo se dio cuenta de que con eso no tendría ni para empezar. Incluso de haber recibido esa suma, “habría quedado endeudado por valor de 200 000 ducados y totalmente desprovisto de medios para las campañas que se avecinaban”, explica Maltby. Viendo el percal, pensó que con los 200 000 ducados que había reclamado a Rodrigo de Orbea se podría apañar para empezar. Luego, que saliera el sol por Antequera.

Porque tenía claro que ir para Italia iría, porque ir para nada es tontería. Eso sí, «si me dan para poderme mantener allá llevaré mis pucheros y, si no, iré como hombre que la candela se le acabará presto y para ponerme allá a S. A. y volverme luego como pudiere a mi rincón». Más claro el agua. Lo que estaba clarinete es que «aquel imperio cuyo nervio era el Ejército, como siempre ha ocurrido, no podía prescindir de sus mejores soldados; ni el duque de Alba podía dejar de acudir cuando se le llamase», explica al respecto Manuel Fernández Álvarez en El duque de Hierro. Y otra cosa no, pero por mal que fuera lo de Metz, y de eso habría mucho de qué hablar, el genio de don Fernando Álvarez de Toledo y Pimentel se mantenía intacto.

¿Y cómo estaba Italia? Vamos a ver… Don Pedro de Toledo cerró sesión en 1553. Bueno, pues en el verano de 1554, estando Felipe por Inglaterra —y pensando si enviaba o no al duque a Italia, que la cosa urgía—en Siena tenían un sarao fino montado; poco después, Felipe tuvo que mandar refuerzos para allá diciendo algo así como estaros quietos, no vaya a haber hondonada de hostias; y mientras, el segundo Enrique de Francia, hijo del primer Francisco, tocando los cojones. Ole con ole. Cómo estaría el asunto, que Carlos, estando como estaba en Bruselas, pide que escriban al duque para ver si se anima a ir a Italia. Y de su mano gotosa le apostilla lo siguiente casi con letra ininteligible: «Duque: Bien podréis juzgar en lo que me he visto que por nuestra culpa perdíamos la merced que Dios nos hacía…». ¿Qué respondió don Fernando? «Yo nunca me determinara ir a Italia si no fuera con vuestras espaldas y sabiendo que V. M. no me había de dejar».

¡Ah, Italia! Repúblicas cabreadas y levantiscas, su santidad tocando los cojones siempre que podía, el segundo Enrique de Francia a lo suyo, la soldadesca sin ver un maravedí desde Dios sabe cuándo… Pues ahí es donde aterrizó el duque de Alba en 1555. Y, para colmo, sabiendo que el dinero necesario —los famosos 200 000 escudos— e incluso su mismo salario —12000 escudos, más o menos—iban a tardar en llegar por mor de las enemistades que se había ganado ya entre la camarilla de Felipe, siendo sus figuras más destacadas Ruy Gómez de Silva y el secretario Francisco de Eraso. Es más: si atendemos a lo que cuenta Maltby en su biografía del duque, Eraso retrasó todo lo que pudo el envío de los ya famosos 200 000 ducados aduciendo que Felipe no había gastado tanto en su vida, por lo que tocaba pedir un préstamo en Amberes, y a ver cuándo se concedía. Y el duque, mientras, echando las muelas…; y que, cuando llegara el dinero, que a ver cómo lo gastaba, eso sí, “según los procedimientos de la contaduría mayor”.

Con todo, Italia sería para él un paraíso en comparación con lo que vendría años después.

Ahora dale al podcast en ivoox, recuerda hay variaciones entre el texto y el audio.

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@VictorFCorreas

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