Vamos con la tercera parte de…
La Llobera (III)
—¿Os habéis enterado? —susurró una de las criadas más jóvenes durante el desayuno— ¡Algo gordo ha pasado en la casa esta noche!
—Tonterías, Carmen. Los guardas no han avisado de nada.
—Sí, déjate de fantasías.
—¡No hay fantasía alguna en mis palabras! A Inocencio lo han sacado de la cama antes del alba: ¡Dorotea, el señor conde y don Isaac en persona!
—¿Cómo sabes tu eso, Carmencita?
—Si, ¿sigues encamándote con el jefe?
—El día menos pensado te ves con un bombo y con el boleto de vuelta al pueblo, Carmen.
No prestó atención Llara a la conversación de las muchachas. Miraba su tazón de leche, ojeroso el rostro por la falta de sueño; las manos sobre el regazo aferraban la tela del vestido para intentar controlar los temblores.
—¡Llara!
La irrupción en la cocina de Dorotea apagó las voces juveniles. Las muchachas se volvieron hacia la señalada: esta se puso en pie, gacha la cabeza, tensa la boca.
—Sube el desayuno a don Isaac.
Un leve cuchicheo se extendió como viento entre árboles; Dorotea, y algunas veces el mayordomo, eran los únicos encargados de tal función.
—Tengo cosas que hacer en la cocina, señora —murmuró, casi suplicante.
—Tienes todo junto a los fuegos, niña. Date bríos, que el joven señor tiene cosas más importantes que hacer que esperar por ti —cortó.
El servicio se hizo a un lado para permitirle salir. Avanzó Llara, mordiéndose los labios, y tomó la pesada bandeja por ambos lados.
—No la dejes caer, muchacha —, aconsejó la gobernanta, su voz más calmada. Se volvió y dio dos palmadas— ¡Ustedes a lo suyo!
Caminaba Llara despacio, procurando no tropezar con la falda, intentando no derramar la leche de la jarrita o la tacita de café. Se detuvo a los pies de la escalera; un paso, otro, temerosa de caer, temerosa de don Isaac…
—Criatura, ¡si hay un elevador para estas cosas! ¿Acaso se ha vuelto a estropear? Tanto automatismo, tantas moderneces…trae, chiquilla, dame eso, no sea te nos vayas a accidentar. A ver…se cree este chico que no me entero de su afición por los dulces…chocolate…café…
Supuso que el conde marchaba al Congreso o al banco, pues bajaba acicalado por la escalera, animoso, vestido de calle cuando se lo cruzó. Sin éxito, intentó evitar la muchacha que el aristócrata le cogiese la bandeja y subiese hasta la planta de arriba.
—Por favor, señor, no es necesario, se lo suplico, no…
—¿Ves que fácil, chiquilla? No voy a perder los galones por esto. Tenía trece años cuando mi padre, que en Gloria esté, me metió en uno de sus barcos, más grumete que marinero y privilegios, ninguno. Y no te hablo del frente, hija —explicó sonriendo; sin más, su vivaz expresión tornó apagada—: Isaac es un buen hombre, listo como él solo, pero poco hábil para otras cosas. No le tomes a mal cualquier impertinencia, por favor.
—Señor…— tartamudeó, la garganta seca, cerrada—, … señor…por caridad…no me creerá, pero su hijo…
—Lo sé, niña —cortó suavemente, conmovido por el terror que leía en aquel rostro de ángel—, pero no por ello he dejado de quererlo.
Llara si se las vio para golpear con el pie la puerta de la alcoba de don Isaac. Era un día soleado que arrancaba destellos verdosos al papel pintado del pasillo, más, para ella, el mundo era ahora sólo tinieblas. Por segunda vez tocó tres veces…
…tal vez aún dormía…
La puerta se abrió, un resquicio apenas; Llara no se movió.
—Pasa, tonta —ordenó una voz cortante desde el interior—, ¿no pensarás que voy a salir yo a buscarte?
La muchacha se envaró; miró a ambos lados y se humedeció los labios.
—Por el amor de Dios, ¿es que eres idiota? ¡Entra de una santa vez!
Había esperado Llara que la habitación se hallase descuidada y encontró por el contrario una estancia luminosa y bien ventilada, amén de arreglada; en una ocasión había escuchado que era el propio don Isaac, celoso de sus planos y temeroso de que estos se dañasen, el que mantenía el dormitorio recogido.
—Date bríos y deja la bandeja en la mesita que hay junto a la ventana, —exigió—, la pequeña, mujer, ¿no ves lo que hay en la grande? ¿es que estás ciega?
Ella acalló un gemido al escuchar la voz a su espalda, la puerta al cerrarse.
—Y, por lo que más quieras, cateta, no vayas a tirar la comida.
Se mordió la lengua: cuatro frases, cuatro insultos. Caminó despacio, presta a servirle para poder irse cuando antes, pero sus pies se detuvieron antes de poder acceder a las demandas del hombre.
—Señor…
—¿Y ahora qué tiene la niña?
—Si fuese usted tan amable de retirar esos libros. Son buenos y no quisiera dañarlos.
Había reconocido algunos títulos, volúmenes cuya tenencia habría supuesto la hoguera no hace mucho, textos en latín y antiguo castellano y un legajo en algo que parecía italiano. Él gruñó y sintió la cercanía de su presencia en forma de corriente de aire cuando pasó a su lado; rezongando (“Buenos, dice la palurda, si seguro que no sabe ni leer su nombre”), el hombre colocó las cosas sobre el lecho y dejó libre la mesita.
—Muy amable, don Isaac.
—El café está frío —protestó aquel antes incluso de sentarse—; echa un poco de leche, a ver si se templa, vamos.
Llara (“Si, señor”) apenas alzó la vista. Descubrió que el hombre tenía unas manos bonitas, con manchas negras de tinta en corazón y pulgar izquierdos. Tras servir el café, como le habían enseñado, se retiró un par de pasos atrás.
—Si no desea más, señor…—murmuró, estudiando el diseño floral de la alfombra como si en ello le fuese la vida, conteniendo el miedo y las náuseas.
—Calla la boca, idiota —respondió en voz baja—, …y deja el lloriqueo, bruja, que no voy a comerte, joder.
—¡Señor!
Los iris de Llara se encendieron: en ellos, la montaña y sus secretos, la vida. Se cruzó su mirada con el pozo de oscuridad que eran los del hombre, un marrón oscuro, casi negro, apenas indistinguible de la pupila. Era don Isaac más joven de lo que barruntase, tal vez rondando los veinticinco a pesar de la barba y del gesto adusto; al percatarse de que él la contemplaba sin vergüenza alguna no pudo evitar sonrojarse.
—No tendrás muchas luces, pero da gusto verte —bufó. Y, tras devorar una loncha de tocino casi crudo, continuó—. No he conocido a una sola bruja que no sea una alegría para la vista.
—No soy ninguna bruja — respondió rápida—. Eso ni en broma, por favor: soy cristiana fiel, señor. No diga usted desatinos.
—Todas las brujas que conozco son buenas católicas; mi madre lo era, niña, enterrada con todos los sacramentos y, que yo sepa, no vino el demonio a reclamarla —. Ríos de ámbar fluyeron en la noche sin estrellas que eran sus ojos fríos—. Soy hijo de bruja, el fruto de la maldición de la sangre de mi madre. Os huelo a la legua: a mi no me engañas por más cruces que te hagas sobre el pecho, cara bonita —. Se puso en pie, alto y corpulento, como todos los de su especie—. Igual que tú me reconociste antes incluso de verme.
La silla cayó al suelo y, de una zancada, llegó a su lado. Tembló toda Llara, incapaz de moverse. Isaac, más alto, dobló la espalda y se puso a su altura. Había una delicadeza incongruente en los dedos manchados de tinta apartando un mechón de cabello rubio escapado de la cofia, en la cercanía confiada de su rostro cuando aspiró el perfume de su piel. En aquella inapropiada proximidad percibió Llara el aroma almizclado, casi animal del joven; un cosquilleo en el cuello, un aliento íntimo más propio de amantes, apenas un par de segundos y, sin más, el joven se retiró hacia la ventana.
—Huelo tu miedo, tu podredumbre y tus promesas retorcidas —comentó con desprecio—. Recoge esto y lárgate.
La chica colocó la bandeja con rapidez, evitando el contacto con el joven. Aún turbada, ni siquiera se despidió con la debida reverencia; cuando hizo por presionar el picaporte, fue la mano del hombre la que lo accionó apretando la suya.
—Llara —susurró, sin molestarse en disimular la repulsión en la voz—, un último consejo, de maldito a bruja: esta noche hay luna llena. Echa la llave, no salgas de tu cuarto o no respondo de mis actos.
Llara, Dorotea, le había dicho su nombre el primer día. Llara.
Escuchó alejarse sus pasos, escuchó incluso su aliento encendido escaleras abajo. Sólo entonces se atrevió a coger el reloj de bolsillo que vigilaba su sueño, a abrirlo con cuidado.
Volvió a pronunciar su nombre.
Olía a miedo, sí. Pero también olía a bosque, a montaña. A hogar.
A belleza y, qué Dios le perdonase, a esperanza y a ternura.
Ahora dale a la ilustración para escuchar el podcast, recuerda que no son iguales, incluyo alguna variación.
🎧🎙👇


La próxima semana tendrás un nuevo episodio.














