¿Qué harías si las sombras del pasado no te dejaran escapar? ¿Hasta dónde llegarías para sobrevivir una noche en un lugar maldito? En las ruinas de la iglesia de San Vicente, lo inexplicable se convierte en una pesadilla… Y no todos regresan para contarlo. Descubre el horror que acecha en…
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No mires atrás
Desde pequeña me ha fascinado lo oculto, lo inexplicable, lo que desafía la lógica. A veces me pregunto si esa curiosidad fue lo que nos unió. Esta noche de Halloween decidimos aventurarnos a un lugar envuelto en misterio y muerte: las ruinas de la iglesia de San Vicente, cerca de Ochate, un pueblo maldito en el País Vasco, donde las leyendas de desapariciones y tragedias envuelven cada rincón. Una iglesia que fue devorada por las llamas siglos atrás, arrasada en un incendio al que nadie sobrevivió.
Nos alojamos en el albergue «Casa Urrutia», un lugar modesto, sin lujos, donde todo parece detenido en el tiempo. Mientras preparo las mochilas, miro por la ventana. La niebla, espesa y densa, lo cubre todo como un sudario. Apenas se ve el sendero que sale del pueblo. El viento ulula, arrastrando las hojas secas, y el aire tiene un sabor metálico que me eriza la piel. Nos preparamos para salir y el ambiente ya se siente extraño, como si algo en la noche misma tratara de advertirnos.
El camino hacia la iglesia es un sendero de tierra entre árboles retorcidos, sus ramas parecen brazos deformes que se alzan en la oscuridad. La niebla es tan densa que apenas podemos ver unos metros por delante. Las linternas parecen perderse en esa neblina blanca, que se arremolina a nuestro alrededor, como si quisiera tragarnos. El frío es sofocante, uno que no es solo del clima, sino de algo más profundo, que no puedo explicar. Trato de caminar rápido, pero cada paso suena más fuerte de lo que debería, como si los ecos se multiplicaran en el aire espeso.
Empiezo a sentir que no estamos solos. A lo lejos, entre la niebla, hay sombras. O eso parece. Que se mueven a través de los árboles, pero cuando intento enfocar con la linterna, desaparecen, esfumándose como si nunca hubieran estado ahí. Trato de decir algo, pero mi garganta está seca. Él sigue caminando a mi lado, con paso firme, aunque noto que también va en silencio, demasiado incluso para él.
Al fin, entre la niebla, aparece la iglesia. Su silueta se alza de repente, como una monstruosa figura que emerge de la nada. Las paredes ennegrecidas por el incendio, rotas, se alzan al igual que dientes afilados contra el cielo. La estructura, aunque en parte derruida, sigue imponente, con sus altos arcos góticos desmoronados y una enorme puerta de madera carcomida. El aire alrededor de la iglesia es aún más gélido, cortante, y el silencio que lo envuelve es sobrenatural, como si el lugar mismo hubiera dejado de pertenecer al mundo de los vivos.
Entramos con las linternas apuntando hacia adelante. La niebla parece haberse infiltrado en el interior también, arremolinándose en el suelo de piedra y los rincones oscuros. Desplegamos nuestros sacos junto al altar destruido, un espacio abierto donde las paredes aún muestran marcas de fuego y desesperación. El silencio aquí es ensordecedor, roto solo por nuestras respiraciones rápidas. Montamos las cámaras y la grabadora, buscando captar algo, cualquier cosa que pruebe que las leyendas son ciertas.
De pronto, un estruendo. Las puertas de la iglesia se cierran con una violencia imposible, haciendo que el eco retumbe en las paredes como un grito de agonía. Mi corazón se paraliza. Intento correr hacia las puertas, pero están cerradas, y la niebla dentro de la iglesia se vuelve más densa, como si respirara, al igual que si tuviera vida propia. El aire se enfría aún más, tanto que empiezo a temblar sin control. El ambiente es asfixiante, pesado, como si alguien nos observara desde la oscuridad, o algo que nunca debimos despertar.
Las sombras comienzan a moverse. Primero, solo en el rabillo del ojo, figuras vagas, deformes. Pero pronto, se hacen más claras. Son hombres, o al menos lo fueron. Sus rostros están desfigurados por el dolor, sus cuerpos envueltos en llamas invisibles. Son los guerrilleros, aquellos que fueron traicionados y quemados vivos aquí dentro, escondidos por los sacerdotes que prometieron protegerlos. Los susurros comienzan, rodeándonos, sus voces quebradas llenas de odio y venganza. No puedo respirar. El frío ahora es casi insoportable.
Trato de retroceder, pero las sombras nos rodean. Siento su presencia helada rozándome, sus manos invisibles atrapando mi piel, y los susurros… están tan cerca. Él intenta protegerme, empujándome hacia la única ventana rota, insistiendo en que salga. «Corre, no mires atrás», me dice con urgencia, pero no puedo moverme, no quiero dejarle solo.
Finalmente, corro. Salto por la ventana mientras él se queda atrás, escucho su grito de dolor entre tanto las sombras lo envuelven. El camino de regreso al albergue es una pesadilla. La niebla me persigue, como si quisiera arrastrarme de vuelta a la iglesia. Corro sin mirar atrás, con el corazón martillando en mis oídos, los susurros siguen detrás de mí.
Llego al albergue con el cuerpo temblando. Me encierro en la habitación, incapaz de dejar de llorar, escuchando todavía esos ecos horribles. Siento que no estoy a salvo, ni aquí ni en ningún otro lugar.
A la mañana siguiente, la policía viene a buscarme. Han encontrado su cuerpo, o lo que queda de él. Me llevan de vuelta a las ruinas. Lo único reconocible es el torso. Cuando me acerco para identificarlo, veo algo que me hiela por dentro. Con su propia sangre, en su pecho, han escrito un mensaje: Sabes que nos perteneces. Volveremos a por ti.
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