Hola a todos de nuevo,
¡Bienvenidos a la sexta temporada de Relatos Musicales! Madre mía… ¡cómo pasa el tiempo! Parece que fue ayer cuando empecé esta aventura, y ya llevamos seis temporadas compartiendo historias, emociones y mucha, muchísima música.
Quiero empezar dando las gracias de corazón a todos los que estáis ahí un año más, acompañándome fielmente. Vuestra compañía, vuestros mensajes, vuestros comentarios y vuestro cariño hacen que todo esto merezca la pena. Y, por supuesto, bienvenidos a los nuevos lectores que os incorporáis por primera vez. Espero que os guste lo que encontréis aquí y que os animéis a quedaros.
Este año vengo con novedades que me hacen especial ilusión: además de poder leer el relato como siempre, ahora también podéis ver el vídeo del mismo en mi canal de Youtube. Podéis elegir la forma que más os guste: leer, ver… ¡o las dos cosas! Vosotros decidís cómo vivir esta experiencia, porque Relatos Musicales es, ante todo, un espacio para disfrutar y conectar a través de las emociones que nos despiertan las canciones.
Una vez más, gracias por estar ahí, por darme vuestro tiempo y por dejar que estas historias lleguen hasta vosotros.
Así que sin más dilación…
¡Comenzamos! 🎶✨
En las primeras luces del alba, se despierta entre las sombras de la noche. ¿Cómo enfrentar el día después de tantos desvelos? ¿Cómo ocultar las grietas que el dolor ha dejado en su alma? Una sonrisa forzada, una carga pesada, pero ¿qué lo sostiene en la oscuridad? ¿Qué le da esperanza?
Sigue leyendo y descubre cómo esta historia te roba el corazón en cada párrafo.
Clica para saber cómo se juega.
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Ella no lo sabe
Amanece.
No porque lo desee, sino porque no queda más remedio.
La claridad se cuela por los resquicios de las persianas, como un recordatorio cruel de que hay que seguir, aunque todo en mí grite que me detenga. Tengo el cuerpo agarrotado, la espalda destrozada de dormir en el borde de la cama para dejarle espacio a mi hija, que anoche no paraba de moverse, como si su pequeño cuerpecito también llevara dentro el temblor del abandono.
Me levanto sin pensar. Ya no me pregunto si tengo fuerzas. Simplemente, hago lo que toca.
La casa está en silencio. Ese de losas frías, de lavadora sin poner, de tazas sin recoger. No hay nadie que me pregunte cómo estoy, que me abrace, que escuche. Solo yo. Y ella.
Mi hija. Mi niña de cinco años. Duerme todavía, con una pierna fuera del edredón y un peluche contra el pecho. No sabe nada del mundo, y, sin embargo, ya ha perdido tanto. Su padre se fue una tarde cualquiera, con la misma indiferencia con la que se apagan las luces de una habitación que ya no se va a usar. Clic. Silencio. Ausencia.
No hubo explicación. Solo una frase escupida con prisa: “Esto no es para mí.”
Y se marchó.
Nos dejó.
Desde entonces, he aprendido a hacer malabares con los días. A sobrevivir con monedas contadas, a improvisar cenas con lo que queda en el fondo de la despensa, a dormir con miedo y levantarme con culpa. Me esfuerzo porque ella no note la grieta que tengo por dentro. Pero hay noches en las que me derrumbo en silencio, abrazada al lavabo, llorando con la boca cerrada para no despertarla.
A veces me pregunto si ella, con sus ojos tan atentos, con su forma de mirarme como si supiera más de lo que dice, llega a intuir todo lo que intento esconder.
Esta mañana, como tantas otras, le preparo el desayuno fingiendo una energía que no tengo. Le pongo dibujos en la tele para poder meterme en el baño y taparme la boca con la toalla mientras me echo a llorar. Necesito que no me vea rota, que piense que todo va bien. Que su mundo está a salvo. Aunque el mío se desmorone.
Camino con ella hasta el colegio, cogidas de la mano. Su mochilita le rebota en la espalda y va tarareando una canción. Yo la escucho y pienso: qué injusto todo. Que ella no tenga lo que merece. Que yo tenga que ser dos personas a la vez. Qué él, que se fue, pueda dormir tranquilo mientras yo lucho por no ahogarme.
Y cuando la dejo en la puerta del cole, y me da esos besos que siempre repite dos veces “uno para ahora y otro para después”, me trago las lágrimas. Porque tengo que ir a trabajar. A sonreír. A fingir que todo está bien mientras limpio casas ajenas donde hay familias enteras, desayunos calientes, abrazos, conversaciones. Y yo, siempre de paso, invisible.
Algunas veces lo veo.
Al padre.
Coincidimos en la calle, él con su ropa nueva, con esa sonrisa despreocupada, hablando con amigos como si nunca hubiera tenido una hija. Al igual que si no le importara lo que come, si está enferma, si se asusta por la noche.
Me duele. No por mí. Ya no. Si no por ella. Por todo lo que le ha robado sin que lo sepa aún.
Pero no se lo reprocho. No le llamo.
No le exijo nada.
¿Para qué?
Hay batallas que se pierden antes de empezar.
Y yo ya no lucho porque él vuelva. Si no para que ella no se rompa.
Por eso sonrío, aunque sea a medias. Por eso la arropo cada noche como si fuera lo más sagrado que tengo. Lo es. En este mundo que se me cae encima, ella es la única razón por la que me levanto cada mañana.
Y cuando al final del día me tumbo junto a mi niña, y me coge la mano en sueños murmurando “mamá, quédate”, entonces entiendo que no estoy sola del todo.
Y eso, en medio de tanta oscuridad, es luz.
Una luz pequeña.
Pero suficiente para seguir respirando.
Ahora que lo has leído… ¡no te pierdas el vídeo en YouTube! Lo que vas a ver va más allá del texto. Dale al play y descúbrelo por ti mismo.
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Ahora comprueba si has acertado el tema musical.
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