Cierra temporada ‘Pa’ habernos ‘matao’ por @VictorFCorreas, serial sobre el duque de Alba, incluye el podcast de @ivoox: «Vente ‘pá’ Alemania, Fernando»

Capítulo 16: Vente ‘pá’ Alemania, Fernando

A ver… Tranquilas las cosas con el francés —Francisco I— tras la firma del Tratado de Crépy en 1544, por el que ahora sí que sí —la cosa duró siete años. En 1551 regresarían las hostialidades—, el francés y el emperador volvían a ser amiguis, tocaba poner en orden las cosas en Alemania. Hors catégorie, como dicen en la tierra del francés. Primero, porque Lutero —que cerró sesión en febrero de 1546, pocos meses antes de iniciarse la llamada Guerra de Esmalcalda— ya se había encargado de dejar el patio hecho unos zorros para el emperador; segundo, porque los príncipes alemanes se unieron para proteger sus territorios de lo que quisiera hacer con ellos Carlos V —que regresara el catolicismo a ellos. Por resumir—; y tercero, porque era el emperador del Sacro Imperio Romano Germánico. A mí me vais a tocar las narices —por no decir otra cosa—y todo eso.

En definitiva, cerca de un añito duró la susodicha guerra —1546-1547—, que terminó con victoria para el emperador, que se llevó un precioso cuadro pintado por Tiziano para recordar el asunto y una paz que, entonces, pensaba que sería para largo y duró lo que dos peces de hielo en un whisky on the rocks, que canta el maestro Sabina. Aquello lo resumí en su momento en esta entrada de la vida del emperador Carlos V para Galiana; que venció, como refiere Manuel Fernández Álvarez en su El duque de Hierro, porque «tenía junto a sí al duque de Alba, al gran soldado en quien tanto confiaba y a quien al punto nombró capitán general». O sea, el Maradona de México 86 para Argentina, el Messi del F.C. Barcelona. El puto amo, por resumir.

Lo primero que hizo el duque fue poner un cierto orden en las tropas reunidas por el emperador para tan grande ocasión, que diría años después un soldado al que le fastidiaron la mano izquierda para los restos —¡que no era manco, leñe!— en una zaragata llamada Lepanto: tercios viejos procedentes del Milanesado, Nápoles y Sicilia; tropas reclutadas por María de Hungría, hermana de Carlos V, en los Países Bajos; banderas reclutadas en la Alemania meridional y católica; fuerzas italianas enviadas por su santidad. Más de 60000 soldados soldado arriba soldado abajo. Para más inri, los que venían de Países Bajos tenían que sortear territorio enemigo para alcanzar el punto de reunión. Dale a tu cuerpo alegría, Macarena.

Y triunfó. A lo grande. «Un gran capitán se caracteriza por ser superior en tres fases de la guerra: en el movimiento de sus tropas, para conseguir siempre una situación ventajosa frente al enemigo; en la fortificación de su campamento, cuando se trata de resistir el ataque contrario y de superar un obstinado cerco; y, especialmente, a la hora de librar la batalla decisiva que acabe haciéndolo dueño del campo, proclamándolo vencedor», apunta Manuel Fernández Álvarez. En las tres, el puto amo, añade un servidor ahora. Primero, en 1546, al comienzo de la guerra, llevando al ejército imperial en marchas y contramarchas tan rápidas y frenéticas para desconcertar al enemigo, pues aún faltaban por llegar refuerzos prometidos; ocupando lugares estratégicos para montar el campamento; en la toma y conquista de las ciudades principales; y en el desarrollo de las famosas encamisadas —golpes de mano nocturnos sobre las fuerzas enemigas. Los españoles vestían camisa blanca sobre la armadura para reconocerse—. Y los alemanes, hasta los cojones —hablando en plata—, en especial por este último medio de proceder. Que la noche es para dormir y esas cosas, protestaban. Angelitos. Y si hacía falta reconocer el terreno en persona, allá que iba para conocer la disposición del enemigo con sus propios ojos —celebérrima ya su marcha en plena madrugada con una partida de jinetes y arcabuceros para reconocer las orillas del Elba al pie de Mühlberg. Eso lo cuento en la novela del mismo título, por si interesa—.

Un artista. Claro que también hay quien lo ve un tanto farandulero, como es el caso de Henry Kamen. En su El gran duque de Alba refiere que, salvo en Mühlberg, donde de verdad llevó el timón de mando, su papel a lo largo de la Guerra de Esmalcalda no difiere en demasía del del resto de comandantes del emperador. De hecho, relata que para aquella ocasión «se atavió especialmente: montó un caballo blanco y vistió armadura blanca y un casco con largas plumas del mismo color. En teoría, ello permitiría que sus hombres lo identificaran con facilidad, pero lo cierto es que Alba siempre supo actuar para su público».

Como dije antes, el emperador encargó a Tiziano una cosa bonita que recordara el asunto de Alemania por los siglos de los siglos. No fue el único. Tras regresar a España, don Fernando Álvarez de Toledo y Pimentel mandó pintar unos murales en su castillo de Alba de Tormes con la misma intención. Que si hay que presumir, se presume.

Y hasta aquí lo que se daba. Servidor de ustedes se toma unas vacaciones al igual que el equipo de Galiana y Cía y regresará en septiembre. Y lo haré con emociones fuertes: el gran viaje de presentación de Felipe II aka —as know as, también conocido como en sus siglas en inglés— nos vamos de prácticas. Y en ese viaje iba a jugar un papel muy importante el tercer duque de Alba. El gran duque de Alba.

Has leído y ahora dale al podcast en ivoox, recuerda hay variaciones.

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@VictorFCorreas

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