En la penumbra de su habitación, rodeado por la suave luz de una lámpara tenue, se encuentra, postrado en su lecho, con la certeza de que el tiempo se escurre entre sus dedos como agua cristalina. ¿Cómo enfrentará el desafío del destino que se le avecina? ¿Qué legado dejará a quienes ama?
En cada frase hay un enigma por resolver y una emoción por experimentar.
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Mi vida sin mí
En la penumbra de mi habitación, rodeado por la suave luz de una lámpara tenue, me encuentro, postrado en mi lecho, con la certeza de que el tiempo se escurre entre mis dedos como agua cristalina. La quietud de la noche envuelve cada rincón, mientras mi mente vuela entre los recuerdos, como mariposas danzando en un campo de primavera.
La noticia llegó igual que un golpe devastador, un huracán que arrasó con mis sueños y expectativas. El médico, con su rostro impasible, pronunció aquellas palabras que resonaron en mis oídos como un eco distante: «Lo siento, no hay más que podamos hacer. El cáncer se ha extendido demasiado». La negación fue mi primera reacción, una trinchera en la que me refugié tras el impacto de la noticia. ¿Cómo podría ser verdad? Después de sobrevivir a una guerra que me dejó mutilado, ¿podía ser que mi destino final fuera este? La ira me consumía, un fuego ardiente que abrasaba mi alma. Me sentía enfadado con el mundo, con el tiempo que se me escapaba entre los dedos, con las oportunidades que se desvanecían ante mis ojos. Aun quedaban tantas cosas por hacer, tantos sueños por cumplir, y, sin embargo, el reloj continuaba su implacable marcha hacia adelante.
La negociación fue un intento desesperado por retener la esperanza, por encontrar una salida en medio de la oscuridad. Quise hacer un pacto con el Diablo, vender mi alma al más alto postor con tal de ganar un poco más de tiempo. Pero ni siquiera el señor de las tinieblas estaba dispuesto a escuchar mis súplicas. La depresión amenazó con arrastrarme hacia las profundidades de la desesperación, pero no me permití sucumbir. Siempre he sido pragmático, de esos que no se quedan en un rincón esperando que la vida pase frente a sus ojos. Al contrario, soy un hombre de acción, un luchador incansable que se niega a rendirse ante la adversidad.
Y entonces, llegó la aceptación. Un rayo de luz en medio de la tormenta, una revelación que me llevó a comprender que hasta ahora no había vivido en realidad. No había saboreado la vida en su plenitud, ni apreciado cada momento como se merecía. Estaba preparado para enfrentar a la Parca con la frente en alto y el corazón en paz.
En el presente, en medio de la oscuridad que amenaza con devorarme, encuentro la resiliencia. El tiempo es humo, incierto, un enigma que se desvanece entre mis dedos. La vida no es un sueño, es una realidad tangible que merece ser vivida en toda su plenitud. El aquí y ahora es lo único que poseemos, un tesoro efímero que debemos atesorar.
Cada vez que respiro, entiendo la importancia del tiempo, la fragilidad de la existencia. Lo único que anhelo es volver a poder estar con los que más amo, abrazarlos con fuerza y decirles cuánto los quiero. No deseo que pasen ningún luto físico ni mental por mí, porque no tengo miedo, y debo dejarles esa enseñanza. He aprendido a quererme, a valorarme, a perdonarme más que nunca en este momento final, a saber quién soy.
Desearía poder abrazar a todos los que quiero, ver por última vez a mi familia, a esa que está a solo dos habitaciones de distancia, la que me hace dormir con tranquilidad aunque sea la última vez. Quisiera decirles que la vida es un regalo precioso que debemos aprovechar al máximo, que a pesar del diagnóstico, la palabra cáncer no tiene por qué significar muerte, pero el tiempo se ha agotado. Luché con todas mis fuerzas para salvarme, hice todo lo posible, estoy convencido de que ellos lo saben, el término rendirse nunca estuvo en mi vocabulario.
Pienso estas palabras desde la paz y la tranquilidad, con la certeza de que he vivido una vida plena, llena de amor y alegría. Y aunque mi tiempo en este mundo llegue a su fin, mi legado perdurará en aquellos que me amaron. Al fin y al cabo, la vida son cuatro días y tres de ellos ya los hemos desperdiciado. Ese es mi último pensamiento mientras en el aire resuenan mis estertores.
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