Parte 2
A pesar de la llovizna no le importunó salir una vez que sus viejos huesos sintieron que el sol acababa de ponerse. Se había despertado cansado, aferrando aún el recorte entre los dedos: su tacto rugoso le ayudó a volver a este mundo, a centrarse en algo que no fuese la sensación de vacío que se apoderaba de sus entrañas cada crepúsculo. Ella lo llamaba la Sed; otros, le constaba, se referían a esa maldición como el Hambre. Para él no era sino una tortura.
Subió Toledo, enfilando hacia la Plaza Mayor, a paso vivo, con el nombre del hotelito donde se hospedaba la dama grabado a fuego en su pensamiento, un negocio discreto, pero elegante, cercano a Palacio. A su pesar se sonrió al recordarla cuando aún la llamaba “esposa”: nacida noble mucho atrás, con sangre de reyes en las venas, bendecida con una belleza sublime y una educación innata que había dado un brillo único a sus fiestas. Continuamente le recordaban lo afortunado que era…
“…afortunado…”, masculló con amargura.
Se detuvo frente a la entrada del establecimiento, palpándose el pecho. El interior parecía tranquilo; únicamente un joven, casi un crío, bien vestido tras un mostrador de madera oscura, un joven de piel pálida, sin una sombra de barba y ojos brillantes. Levísimo, casi el peso de un suspiro, reconoció el aroma de un cálido perfume almizclado.
Sonrió, divertido y admirado.
“Hay que joderse, ya ni disimulan”
—Buenas tardes, caballero, sea bienvenido, ¿puedo ayudarle?
Aún sonreía al descubrirse el rostro. Él era mucho más viejo que ese recién nacido que a lo sumo contaba seis o siete lunas. Aborrecía a todos y cada uno de ellos, pero sabía que respetaban a sus mayores, incluso a aquellos que habían consagrado su existencia inmortal a poner fin a la plaga de muerte que arrastraban. Por ello, no se molestó en ocultar su blanca sonrisa de depredador al saberse reconocido.
—Buenas tardes ¿Ayudarme?… tal vez.
Podía oler el nerviosismo del joven. El cazador que había en él disfrutaba del terror ajeno; el hombre que fuese una vez le devolvió la cordura.
—Usted…, usted es el señor de Vargas…—, tartamudeó el joven.
—Conde, para más señas—, replicó con calma—, deje de temblar, por el amor de Dios, no he venido a por usted, no al menos esta noche.
—Creí que no existía, que era una leyenda—, sollozó.
—Que usted y yo estemos aquí hablando de leyendas e inexistencias se me antoja cómico, caballero—, rio con franqueza—. Cálmese, esta no es su noche, se lo juro por Dios. Tengo que hacerle una pregunta, —el otro asintió en silencio—: ella, ¿está aquí?
—No sé de quién habla, señor —, replicó con voz sonó aguda, aterrada.
—De la condesa, por supuesto—, sonrió lobuno—, de mi querida esposa. ¿No le parece curioso? Ella, ella sí que es una maldita leyenda entre los nuestros, una Sangre Antigua tan poderosa que hasta, se dice, podría caminar bajo la luz del alba con sus dones intactos; y yo aquí, su único Hijo, su esposo y el verdugo desalmado de nuestra especie. La vida, o esto, sea lo que sea, resulta siempre peculiar, amigo. —Durante unos segundos permanecieron en silencio; volvió a alzar sus ojos, brillantes como el azabache, y volvió a preguntar con voz seca —: dígame, ¿está aquí?
—No —, claudicó por fin el joven con la voz quebrada—, se lo juro. Salió con la puesta de sol. Vestía de gala, quizás una fiesta, pero no dejó dicho dónde iba.
—Se lo agradezco—, se llevó la mano al interior del abrigo, reconociendo cierto placer en el gesto de pánico de su compañero—, ¿tendría la amabilidad de entregar esto a la señora cuando regrese?
El muchacho tomó la carta de manos del conde: un nombre de mujer sobre el papel y una dirección elaborados con cuidada caligrafía.
—¿Espera respuesta, señor? —, inquirió, tal vez más guiado por la costumbre que por otra cosa.
—Por supuesto, pero ninguna que ella o usted puedan devolverme en un pedazo de papel—, bromeó mientras volvía a ponerse el sombrero—, le deseo una velada tranquila. Buenas noches.
Ahora dale a la ilustración para escuchar el podcast, recuerda que no son iguales, incluyo alguna variación.
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