¿Alguna vez has despertado en un lugar que no reconoces, con el cuerpo destrozado y la cabeza hecha un caos? ¿Te has encontrado atrapado entre fragmentos de recuerdos que no sabes cómo encajar? Si sigues leyendo, entenderás que hay algo mucho peor que el olvido.
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Celda 211
Me despierto con un dolor punzante en la cabeza, como si un martillo se hubiera instalado en mi cráneo. Al principio no entiendo dónde estoy. El aire es frío, húmedo, y huele a piedra mojada y algo metálico. Mi garganta está seca, y cuando intento tragar, siento una punzada que me recuerda que anoche no bebí solo agua, sino algo mucho más fuerte.
Parpadeo, intentando enfocar. Mis ojos recorren la penumbra, y ahí están: los barrotes. Negros, sólidos, inamovibles. No sé por qué, pero su presencia me asusta. Me aparto de forma automática, como si me fueran a atacar. Entonces me doy cuenta: estoy encerrado.
¡Un calabozo, un puto calabozo!
Me siento en el suelo, apoyando la espalda contra la pared fría y áspera. Todo mi cuerpo duele, como si me hubieran golpeado varias veces. Un sabor amargo se arrastra por mi boca, una mezcla de alcohol y derrota. No sé qué hora es ni cuánto tiempo llevo aquí, pero la sensación de que algo va mal me pesa en el pecho.
¿Cómo he llegado a este lugar? La pregunta me retumba en la cabeza, pero las respuestas no aparecen. Intento reconstruir los hechos, tirando del hilo de mis recuerdos rotos.
Lo primero que surge es la imagen de una quedada. Los chicos y yo, sentados en el parque, compartiendo cervezas y risas. Alguien mencionó una fiesta. “Nada grande”, dijeron. La típica reunión improvisada en algún piso con demasiada gente y alcohol en exceso. No tenía ganas de ir, pero me dejé arrastrar. Hace tiempo que lo hago.
Recuerdo la música. Retumbaba tanto que parecía salir del suelo, vibrando en mi pecho. Había luces de colores y caras que no conocía. Los vasos se llenaban y vaciaban con una rapidez casi absurda, como si el tiempo funcionara de otra manera en esa fiesta. Me veo a mí mismo riendo, haciendo bromas, perdiéndome entre la multitud. Y bebiendo, para olvidar, aunque sea por unas horas.
Después todo se vuelve más difuso. Fragmentos de conversaciones, imágenes borrosas. El volumen sube. Las risas se convierten en gritos, primero de euforia, luego algo incómodo. Hay un momento en el que la música se corta, y entonces lo recuerdo: las luces.
Luces azules.
¡Joder, la policía!
La entrada de los agentes fue como una ola que arrasó con todo. Gritos, órdenes, cuerpos moviéndose al igual que piezas de un puzzle desordenado. No recuerdo quién me empujó, pero de pronto estaba corriendo, tropezando con otros que intentaban escapar. Algo en mí sabía que no llegaría lejos.
Las manos de un policía me atraparon antes de que pudiera salir. No intenté resistirme; no tenía fuerzas ni voluntad para ello. Me pusieron las esposas. Recuerdo la frialdad del metal, el sonido de mis propias respiraciones aceleradas, y luego… nada.
Miro mis muñecas ahora, las marcas rojizas de las esposas aún visibles. Es real, quizás demasiado. Estoy en un calabozo porque anoche tomé muchas malas decisiones. O eso quiero creer.
Respiro hondo, intentando calmarme, pero el dolor en mi cabeza no cede. Cierro los ojos, buscando claridad. Entonces, una nueva imagen se filtra entre los recuerdos. Una que no tiene nada que ver con la policía, la fiesta o mis amigos. Una que duele más que cualquiera de las demás juntas.
Ella.
No necesito pronunciar su nombre para que todo vuelva de golpe. Su risa, su voz, la manera en que apartaba el pelo de su cara cuando hablaba conmigo. Aparece en mi mente como un fantasma, inquebrantable, al igual que si mi pensamiento hubiera decidido castigarme por la eternidad con su recuerdo.
Anoche intenté olvidarla. Eso fue todo. Cada trago que tomé, cada broma que hice, cada paso de baile torpe fue un intento desesperado por borrar su rostro de mi memoria. Por enterrar el sonido de su risa en el fondo más profundo de mí ser. Pero aquí estoy, en un calabozo, y ella sigue en mi cabeza, más presente que nunca.
No sé cuánto tiempo pasa mientras me quedo sentado, mirando las sombras en el suelo. Minutos, tal vez horas. La realidad no importa, de verdad que no. Lo único que me preocupa es el peso de su recuerdo, aplastándome.
Me río, pero el sonido es hueco, sin alegría. Qué irónico. Me encierran por una noche de locura, aunque la verdadera prisión está en mi mente. Porque no importa dónde vaya, qué haga o cuánto intente huir: no puedo escapar de ella.
Y lo peor de todo… es que ya no sé qué hacer para arrancarla de mí.
Comprueba si has acertado el tema musical.
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