A veces, te encuentras sonriendo sin razón, como si pudieras recuperar la magia de ser quien fuiste. Los demás te miran raro, pero tú sigues siendo esa persona que se niega a perder la esencia de la niñez. ¿Por qué dejar ir esa chispa solo por crecer? Tal vez, la respuesta esté en no cambiar nunca… ¿Te atreves a descubrirlo?
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Descubriendo Nunca Jamás
¿Alguna vez has sentido el impulso irrefrenable de saltar cuando ves un castro pintado en el suelo, como si esa simple marca fuera una invitación a revivir lo que alguna vez fuiste? Yo lo siento cada vez que lo veo, incluso ahora, a punto de cumplir 50 años. Y no, no me avergüenzo. Al contrario, saltó con una sonrisa en el rostro, como si ese gesto infantil me recordara que hay cosas en este mundo que aún no han perdido su magia. Siempre hay una parte de mí, esa niña que fui, que se niega a desaparecer, que me susurra al oído que aún tengo derecho a disfrutar de la vida con los ojos grandes, al igual que los de los niños.
La gente a veces no lo entiende. ¿Cómo puedo, con tantos problemas y responsabilidades, seguir siendo esta persona? No sé cómo explicarlo, pero yo sé que no quiero perderme en la grisura de la adultez, esa que te obliga a tragarte tus emociones, que te hace creer que debes ser fuerte, eficiente, calculadora. Porque, ¿quién decide que dejar de ser niño es sinónimo de madurez? Yo no quiero ese tipo de desarrollo, ese que dice que lo racional siempre tiene que prevalecer sobre lo instintivo, que la tristeza se debe esconder y la risa es por obligación reservada para ocasiones especiales. No. Yo quiero seguir siendo esa niña que ve el mundo con asombro, que se detiene a admirar el cielo, que siente la lluvia como una caricia, que se duerme en medio de las clases aburridas porque la mente se escapa hacia otros mundos, aventuras que solo ella entiende.
A veces me encuentro pensando en lo que fue mi infancia, en esos momentos en los que, mientras los demás eran serios, yo sonreía por todo, por nada. Los adultos me decían que siempre estaba riendo, y no entendían por qué. Yo tampoco lo comprendía entonces, pero ahora lo sé. Sonreír era la forma que tenía de defenderme de lo que no imaginaba, de un mundo que aún no estaba listo para aceptarme tal y como era. Quizás ellos pensaban que me escapaba de la realidad, que no me tomaba en serio las cosas. Pero nunca tuve la necesidad de ser como los demás, de ajustarme a los cánones de lo que se espera de una adulta. Vivir siendo esa niña en mi interior me da una ventaja que nadie puede quitarme: una memoria llena de momentos felices, de recuerdos que brillan tanto como las estrellas que contemplaba en las noches interminables de verano.
La vida, claro, no siempre ha sido fácil. He tenido mis batallas, mis momentos oscuros, y esos no desaparecen con solo cerrar los ojos. Pero lo que me mantiene en pie es esa parte de mí que se niega a crecer, que rehúsa aceptar que el dolor debe ser lo que define mi vida. Si alguien quiere hacerme daño, que lo haga. La justicia divina se encargará de equilibrar las cosas. Yo, mientras tanto, seguiré mirando al mundo con la curiosidad intacta de una niña, y aunque sé que el mal existe, no me interesa hacerlo mío. Prefiero vivir en mi pequeña burbuja, donde todo es posible, las sonrisas se regalan sin esperar nada a cambio, los castros pintados en el suelo siempre llaman a jugar, no a lamentarse.
Y en medio de reuniones aburridas en el trabajo, de esos días donde me siento atrapada en una rutina interminable, me sorprendo pensando en la niña que fui, en la facilidad con que encontraba alegría en las cosas más simples. Mientras los demás se quejaban de las tareas, yo sólo me dejaba llevar por el ritmo de la vida. Quiero seguir siendo esa niña. Porque ser adulto es como tener los ojos cubiertos por un velo que te impide ver la belleza de las pequeñas cosas. Lo que antes era sencillo ahora parece complicado. Pero yo me niego a olvidar que hubo una vez en que vivir era tan fácil como saltar en círculos, reír sin razón, mirar las nubes y preguntarse por qué forman esas figuras tan curiosas.
A veces lloro en público, sí, porque la vida me ha golpeado, y aunque ya no soy una niña, sigo siendo sensible. Pero, ¿quién dice que la sensibilidad es un defecto? Yo no me arrepiento de llorar, de mostrar lo que siento, porque sé que la fortaleza no está en ocultar el dolor, sino en aceptarlo y seguir adelante. Al final del día, mi verdadera fuerza está en mantenerme fiel a mí misma, a esa niña que nunca dejó de reír ni de soñar.
No me importa cuántas canas tenga en el pelo ni cuántos años pasen. Porque la niña que fui, la que no ha perdido el asombro ni la inocencia, sigue viva dentro de mí. Y mientras continúe siendo capaz de ver el mundo con esos ojos, siempre seré una niña. Y eso es lo único que importa.
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