Relatos musicales de @yugm76, febrero 2025: «La trampa»

¿Alguna vez has tendido una trampa tan perfecta que ni siquiera el cazador se da cuenta de que está atrapado? ¿Y si te dijera que la verdadera trampa no fue para él, sino para su propio ego? Porque a veces, el que termina atrapado no es quien creía tener el control.

La trampa

Hay días en los que cruzarme con «ese alguien» por la calle es como toparme con una sombra que nunca aprendió a desaparecer. Ni un saludo, ni una mirada. Apenas un suspiro de aire entre los dos, al igual que si fuéramos dos completos desconocidos. Y es, como un reloj que marca el instante preciso, lo que soy para él. Perfecto. Así me gusta.

No me malinterpretes, no soy de las que se queda atrapada en el pasado. No es que me duela ver a un hombre con el que compartí algo… tan pequeño. Es más bien como si me cayera una ficha cada vez que lo veo: el tipo sigue creyendo que me ha ganado, que me dejó atrás. Pobre tonto. ¿Aún no se da cuenta de que fue él quien perdió?

No siempre fui esta versión de mí misma. Había un tiempo en que me dejaba deslumbrar por ese ego que él lucía como un trofeo. Se creía el centro del universo, el tipo perfecto, el que todos debían admirar. Y yo, sin más, me tragaba sus palabras como quien bebe un veneno disfrazado de dulce. Si me hubiera detenido a mirar bien, habría visto que todo lo que él en realidad ofrecía era una mentira envuelta en sonrisas vacías y promesas que nunca llegaban a cumplirse.

Era un experto en manipularme. Un maestro en los celos disfrazados de bromas. No se le escapaba ni el más mínimo detalle: la risa que lanzaba al leer un mensaje, el «te quiero» seguido de un silencio prolongado mientras miraba a otra, los comentarios sobre lo mucho que admiraba a cualquier mujer a su alrededor. Y ahí estaba yo, retorciéndome por dentro, haciendo malabares con mis inseguridades. Porque, claro, su respuesta siempre era la misma: «Es solo una amiga», como si eso bastara para borrar cualquier duda que pudiera tener. Y yo, estúpida, me lo tragaba, aunque algo dentro de mí sabía que el juego estaba ya hecho.

Hasta que un día, después de otro de sus ataques de ego, una idea brilló en mi mente: si no era feliz, lo lógico sería dejarlo, ¿no? Pero entonces me di cuenta de algo más. Si lo hacía yo, él tendría la última palabra, quedaría como el bueno y yo como la celosa. Y no, no iba a darle ese lujo. Si alguien iba a dar el golpe final en esta relación, sería yo. Porque si él pensaba que me iba a romper el corazón, no tenía ni idea de lo que estaba por venir.

Y entonces, empecé a jugar. A planear. A escribir mi propio guion. La venganza, en su forma más dulce, siempre se sirve fría. Y, claro, tenía que hacerlo bien. Me aseguré de que todo encajara como un rompecabezas de piezas colocadas con mucho cuidado.

Primero, planteé la idea de los celos. Un par de bromas aquí y allá, comentarios ambiguos sobre chicos «interesantes» en mis redes. Poco a poco, lo fui rodeando de incertidumbre. Y entonces, cuando ya no podía resistir más, le solté un pequeño «regalito». Una amiga de una amiga, justo la que sabía que él no podría dejar pasar. Se la serví en bandeja. No dije nada. Solo me senté y esperé. Y lo vi caer. Lo vi entregarse. Lo vi ir en dirección hacia donde yo quería que fuera.

No se trataba de la revancha, ni siquiera de ver el daño en sus ojos. No, mi objetivo era mucho más sutil. Era hacerle sentir que el control siempre estuvo en sus manos, cuando no era cierto. Porque, aunque él no lo supiera, esa noche, antes de que se fuera a la cama con ella, ya me había perdido. Y no se dio cuenta de que yo estaba ahí, observando, desde las sombras. Sabía todo lo que hacía, pero no dije una palabra. Lo dejé creer que lo había hecho por su cuenta, que había sido él quien había roto las reglas.

El desenlace no se retrasó. Una tarde, cuando estaba lista para salir con mis amigas, él me llamó. Quería hablar, pero en un lugar neutral. Lo supe al instante: era el momento. Como quien se prepara para una última función, me vestí, me maquillé y bajé las escaleras. Nadie lo vio, pero yo ya había ganado la batalla. Me dio su discurso. Lo mismo de siempre: «Ya no soy el que era, bla bla bla, tú mereces más, bla bla bla, «no eres tú, soy yo», etc.». Mientras hablaba, me miraba con esos ojos de compasión fingida, como si creyera que en realidad estaba haciendo lo correcto. Yo, por supuesto, le dejé seguir. Le escuché, le sonreí, asentí como si fuera una niña pequeña que no entendiera nada.

Cuando terminó, le miré y le dije, con toda la dulzura del mundo: «Está bien, gracias por tu sinceridad». Él suspiró, aliviado, como si hubiera hecho lo más noble del planeta. No tenía idea de que, mientras él creía ser el héroe de la historia, yo ya había escrito el final.

Pensó que me dejaba, pero lo que no entendió es que él era la presa y yo, la cazadora en su propia trampa.

Comprueba si has acertado el tema musical.

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@yugm76

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About Galiana

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