¿Alguna vez has sentido que el destino te estaba guiando hacia algo extraordinario? ¿Qué harías si un encuentro se convirtiera en una experiencia que desafía todas las expectativas? Descubre cómo un instante fortuito pudo transformar su vida en un viaje inesperado hacia el cielo.
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Viaje al paraíso
El aeropuerto estaba lleno de almas errantes, todas con el mismo destino incierto debido a las múltiples cancelaciones de vuelos. Me senté en una de las incómodas sillas de la sala de espera, resignada a pasar varias horas allí. Los altavoces anunciaban retrasos constantes y la desesperación comenzaba a notarse en los rostros de los viajeros. Intenté concentrarme en un libro, pero mi atención se desvió hacia un hombre que había entrado en la sala.
Era un señor de unos sesenta años, con el cabello canoso y una barba que le daba un aire de sabiduría y experiencia. Tenía una complexión robusta, no era demasiado alto, pero de presencia imponente. Sus ojos, de un azul profundo, contrastaban con el moreno de su piel. Vestía una camisa de lino blanco y unos pantalones vaqueros que le daban un toque informal pero elegante. Había algo en su manera de moverse, en la forma en que se sentaba y observaba a su alrededor, que me resultaba fascinante.
No quería apartar la mirada de él. Había en su expresión una mezcla de serenidad y melancolía que me atraía sin poder evitarlo. Era como si en sus ojos se escondieran historias que deseaba descubrir.
Me encontraba pensando en cómo acercarme a él, en qué podría decirle para iniciar una conversación, cuando, al final, llamaron para embarcar. Sentí una punzada de decepción y urgencia; mi vuelo se anunciaba, y todavía no había reunido el valor para hablarle.
En el avión, traté de encontrarlo entre la multitud de pasajeros. El proceso de embarque fue caótico, y mi corazón latía con fuerza mientras buscaba su rostro entre los asientos. Sin embargo, las turbulencias comenzaron casi de inmediato después del despegue, y me vi obligada a permanecer en mi asiento. Las sacudidas del avión y la voz del piloto pidiendo que mantuviéramos abrochado el cinturón me impidieron levantarme para buscarlo.
Me dirigía a Buenos Aires, a pasar una semana en San Telmo con una vieja amiga. Durante el vuelo, mi mente no podía dejar de imaginar escenarios en los que me encontraba con aquel hombre en algún rincón de la ciudad. Tenía una firme creencia en el azar, nacida de una serie de coincidencias afortunadas que habían marcado mi vida. Creía que las cosas sucedían por una razón, y que el destino tenía maneras misteriosas de juntar a las personas. Con esa esperanza, decidí anular mi billete de vuelta y comprar otro al azar, confiando en que el destino me permitiría volver a verlo.
El día de mi vuelo de regreso, me sentí llena de anticipación y nerviosismo. Miré a mi alrededor con ansia, mientras me dirigía a mi asiento, pero no lo vi. Una vez más, me decepcioné, pensando que había sido una tonta al creer en una casualidad tan improbable. Durante la primera mitad del vuelo, traté de concentrarme en un libro, pero mi pensamiento vagaba hacia él.
Finalmente, decidí ir al baño para despejarme un poco. Caminé por el pasillo con la mente todavía perdida en mis pensamientos cuando, al abrir la puerta del baño, me encontré cara a cara con él. Nos miramos a los ojos y, sin previo aviso, nuestros labios se juntaron en un beso ardiente y lleno de intensidad. Sentí su respiración entrecortada mezclándose con la mía, y una oleada de emociones me invadió.
Era como si todo el tiempo que había pasado pensando en él, deseando este momento, se concentrara en ese beso. El calor de su cuerpo, la suavidad de sus labios, el temblor de sus manos cuando me tocó el rostro; todo era tan real. Mi corazón latía con fuerza, y una mezcla de alegría, alivio y pasión se apoderó de mí. Era un momento fuera del tiempo, una conexión que trascendía las palabras y las circunstancias.
De lo que pasó después, una vez aterrizamos, mejor ni hablamos… Solo diré que aquel instante supe que el destino podía llevarte al paraíso, a ese terreno celestial donde el amor y la pasión se confunden con lo divino.
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Me despido de ti por ahora, deseándote unas Felices Fiestas en la mejor compañía. Que esta Navidad esté llena de alegría, paz y momentos inolvidables. Nos reencontramos en enero con mucha ilusión y nuevos proyectos.
¡Felices Fiestas y hasta pronto!














