En la oscuridad de la noche, un manto de terror envuelve a la valiente protagonista mientras se adentra en un laberinto de peligros. ¿Qué acecha en las sombras, esperando su próxima víctima? ¿Podrá encontrar la luz entre las tinieblas antes de caer presa del mal?
Cada línea te acerca al impactante desenlace.
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El asesino de Caperucita
La ciudad estaba envuelta en un manto de oscuridad cuando salí de casa, llevando una bolsa llena de cena para mi amiga enferma. El viento siseaba entre los edificios altos, y el eco de mis pasos resonaba en las calles desiertas. Pero algo en el aire me hizo sentir que no estaba sola.
Caminé más rápido, con el corazón latiendo desbocado en mi pecho. Cada sombra aparentaba cobrar vida propia; cada rincón ocultaba un peligro invisible. Entonces, me pareció ver una figura oscura que se movía entre las sombras, acechándome con ojos hambrientos. Aun sabiendo que era producto de mi imaginación, no podía dejar de tener miedo.
Este se apoderó de mí mientras seguía adelante, rezando para permanecer a salvo hasta el apartamento de mi amiga. Sin embargo, cuando llegué, la puerta estaba entreabierta, como si alguien me estuviese esperando.
—Brenda, ¿estás ahí? —llamé con voz temblorosa, pero no obtuve respuesta.
El silencio me envolvía mientras avanzaba por el pasillo, con un mal presentimiento, nublando mi mente.
Entonces la vi, tendida en el suelo del salón, con los ojos cerrados y la piel pálida como la luna. Un grito ahogado se escapó de mis labios cuando percibí rastros de sangre que marcaban su cuerpo.
—¡Brenda! —chillé, corriendo hacia ella, pero algo me detuvo en seco.
Una sombra se alzaba en la penumbra, con los ojos brillando de malicia, una sonrisa retorcida en el rostro y sed de sangre insaciable.
Mis piernas temblaban mientras retrocedía con lentitud, pero él se acercaba con paso firme y decidido.
—¡¿A dónde vas, Caperucita?! —Dijo al tiempo que una mueca cruel se formaba de sus labios.—
Sus palabras me sonaron como cuchillos afilados que cortaban el aire. Promesas de dolor y sufrimiento, que iban helando mi sangre por las venas.
El ataque fue un torbellino de violencia y terror. Sus manos frías y ávidas buscaban mi cuello, mientras yo luchaba angustiada por mi vida. Cada golpe, cada arañazo, era como un latigazo que me arrastraba más y más hacia la oscuridad.
El dolor se volvió mi única compañía en el centro de aquella locura, y mis alaridos se perdieron en el vacío de la noche. Mas en medio de la desesperación, encontré una energía que no sabía que poseía. Con un grito de rabia y determinación, luché con todas mis fuerzas, clavando mis uñas en su piel y resistiendo hasta mi último aliento.
Entonces, un rayo de luz se filtró a través de la oscuridad. La policía irrumpió en el apartamento, llevando consigo el fin de la pesadilla. Pero lo que vi fue más aterrador de lo que podía haber imaginado.
Mi amiga, mi querida Brenda, estaba de pie esposada junto al asesino, con una sonrisa fría y calculadora en el rostro.
El horror se apoderó de mí cuando me explicaron la verdad.
La policía había estado vigilando a Brenda, porque habían descubierto que era la cómplice de aquel asesino en serie que llevaban buscando durante tanto tiempo. «El asesino de Caperucita«, lo llamaban, pues en cada crimen dejaba una caperuza roja como sello. Ella era el cebo que atraía a mujeres que acababan de llegar a la ciudad y no tenían ni familia ni amigos, para así ganarse su confianza y luego divertirse con ellas. Vamos, un perfil clavadito al mío.
En ese momento, me arrasó un torbellino de emociones y traiciones.
A partir de esa horrible noche, la ciudad respiró aliviada al ver a aquellos monstruos tras las rejas.
Aunque yo quedé marcada para siempre, preguntándome si alguna vez podría volver a confiar en alguien.
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