En aquella noche de Cádiz, su destino se entretejió con el de Carmen y Ana. ¿Qué misterios ocultaban esas miradas entretejidas de amor y deseo? ¿Podría él ignorar el deseo prohibido que lo envolvía? Mientras tanto, Ana luchaba en silencio entre lealtad y pasión. ¿Qué desvelará su confesión tardía?
Adéntrate en su mundo donde cada palabra es un susurro de aventura.
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Pasión oculta
Hace veintiún años, conocí a Carmen y Ana en la terraza de un pequeño bar en Cádiz. Aquella noche, el destino parecía tejer un juego cruel entre nosotros, como si estuviéramos predestinados a encontrarnos en ese preciso momento y lugar.
La brisa marina acariciaba con suavidad mi rostro mientras me sentaba en la mesa contigua, observándolas con disimulo. Dos mujeres tan distintas entre sí, pero que emanaban una atracción magnética. Carmen, con su cabello oscuro y su sonrisa encantadora, irradiaba alegría y vitalidad. Ana, en cambio, tenía una mirada profunda y melancólica, como si ocultara un mundo de secretos tras esos ojos castaños.
Fue igual que un juego de niños, una danza de miradas que se entrelazaban y se esquivaban con timidez. Sin embargo, el destino tenía otros planes para nosotros. Poco a poco, las circunstancias nos llevaron a compartir la misma mesa, y sin darnos cuenta, la noche dio paso al amanecer.
Carmen fue mi perdición. Su risa, su ternura, su manera de mirarme como si fuera el centro de su universo, me cautivaron desde el primer instante. No obstante, mientras nuestra relación florecía, había algo en la mirada de Ana que me intrigaba y me desvelaba.
Ana era la sombra de Carmen, su confidente, su apoyo incondicional. Sin embargo, detrás de esa fachada de lealtad se escondía un deseo prohibido, un amor clandestino que la consumía. A pesar de sus esfuerzos por ocultarlo, sus ojos delataban la pasión reprimida que sentía por mí.
Carmen y yo paseábamos por las calles, envueltos en el éxtasis de nuestro amor, mientras Ana se apartaba, cruzando de acera o refugiándose en las tiendas para no ser testigo de la felicidad que emanábamos. Carmen, cegada por su propio enamoramiento, no percibía las señales evidentes que emitía.
Intentaba disculpar a Ana, justificar sus ausencias y su actitud distante. Para ella, Ana era más que una amiga: era su confidente, su hermana. No estaba preparada, no quería ver ni aceptar que también me deseaba, que su corazón latía al compás del mío.
Yo, por mi parte, opté por el silencio. ¿Qué podía decirle a Carmen? ¿Cómo explicarle que su amiga estaba enamorada de mí sin herirla? Preferí mantenerme al margen, protegiendo a ambas de un dolor innecesario.
A medida que nuestra relación se fortalecía, Ana se desvanecía con lentitud. Sus ojos, una vez brillantes de complicidad, ahora se tornaban opacos y distantes. En nuestras escasas reuniones, me miraba con una intensidad que me estremecía, como si quisiera desnudar mi alma y revelar mis secretos.
A pesar de todo, me sentía tranquilo, sabiendo que Ana nunca haría nada para socavar nuestra relación. Su lealtad hacia Carmen era inquebrantable, y aunque su corazón se desgarrara en silencio, priorizaba la felicidad de su amiga sobre la suya propia.
Sin embargo, el conflicto interno de Ana era evidente. Se debatía entre el amor y el deseo, entre la fidelidad hacia su amiga y la pasión que sentía por mí. Nuestras reuniones a tres eran cada vez menos frecuentes, y Ana inventaba mil excusas para mantenerse alejada de nosotros.
Su sufrimiento era palpable, como una sombra que la seguía a todas partes. Por mucho que intentara ignorarlo, no podía escapar de sus propios sentimientos, de la verdad que se escondía tras su mirada melancólica.
De aquello ya han pasado veintiún años; sigo recordándolo como si fuera ayer. Nunca le conté nada a Carmen, jamás le revelé a Ana que conocía su verdad. Hasta hace poco, que ya no pude soportarlo más…
Continuará…
Veamos si has acertado
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