En medio de la traición, la pregunta filosófica se hace presente. ¿La maldad se forja a través del rechazo o el rechazo crea la maldad? Un plan siniestro se gesta en una mente retorcida, y una explosión marca el inicio de una búsqueda implacable de justicia.
Descubre esta historia repleta de furia, sombras y revelaciones.
Nada es lo que parece.
Nuestra vida no se diferenciaba del resto de las demás parejas. Él trabajaba a turnos en una gasolinera. Mientras tanto yo me ganaba los cuartos como agente inmobiliario enseñando día tras día pisos, chalets y casas, intentando que fueran adquiridas por los diferentes clientes que se presentaban en la empresa.
Teníamos sueños, muchos, como cualquiera: hijos, un perro, viajar. Y para ellos ahorrábamos hasta el último céntimo, siempre pensando en el futuro. Lo dicho, nada fuera de lo normal en la sociedad actual.
Bien es cierto que nuestros turnos llevaban mucho tiempo que no coincidían. La mayoría de las veces cuando yo llegaba a casa o salía por la puerta o ya se había marchado. Y las cosas, en este aspecto, se iban complicando con las horas extra que ambos echábamos. Por mi parte nunca perdí el norte de nuestros sueños.
Si me paro a pensar todavía tengo ciertas lagunas, recuerdos olvidados que no consigo recordar. Imágenes borrosas de lo sucedido que no soy capaz de aclarar.
Era una mañana de verano, de esas que no hace mucho calor, de las que sales temprano a la calle y el fresquito de las primeras horas del día te envuelve. Llegué a mi cita para enseñar el piso, cinco minutos antes, normas de la empresa, y justo en ese instante me sonó el teléfono. Era el jefe diciéndome que los clientes acababan de llamar, que al final no iban a poder ir hasta una hora más tarde, que me entretuviera tomando un café, o con lo que quisiera, pero que los esperara.
Para mi suerte, estaba al lado de casa y decidí subir y darle una sorpresa. Podríamos tener un ratito para nosotros y disfrutar el uno del otro, como hacía ya tiempo que el cansancio y el trabajo no nos lo permitían.
Abrí y cerré la puerta con el mayor sigilo posible. Dejé las llaves dentro del bolso y me quité los zapatos camino del dormitorio, donde sabía a ciencia cierta que estaría. No haría más de media hora que acabaría de llegar a casa.
El deseo me recorría de abajo a arriba. No anhelaba otra cosa que no fuera que su cuerpo y el mío se fundieran en uno.
Abrí la puerta del dormitorio, dispuesta a recuperar el tiempo perdido, y aquella imagen me destrozó.
Estaba con otra, su compañera de trabajo, sus cuerpos entrelazados, giraban al compás entre besos y caricias. Enmudecí y casi durante unos segundos permanecí inmóvil, justo el tiempo suficiente para que su mirada y la mía se cruzaran.
Salí del cuarto con toda la dignidad posible, con la desolación, la traición y las prisas mezclándose en mi interior. Antes de que hubiese alcanzado la puerta de la calle, apareció para decirme la típica frase que se clava en el alma, y permanece ahí, como un pequeño trozo de cristal roto en un pie, que no somos capaces de extraer, pero sentimos su dolor al incrustarse en cada paso: “No es lo que parece”.
No quería llorar, no, pero la rabia se acumulaba dentro de mí sin saber por dónde salir. Tengo la sensación de que el portazo debió oírse por toda la escalera.
En este momento fue cuando las preguntas filosóficas se me vinieron a la cabeza: ¿El Diablo fue expulsado del paraíso por su carácter rebelde o, por el contrario, se volvió así por qué le echaron del Edén?
La traición me llevó al límite. Me sumergí en la oscuridad, buscando venganza. Entonces ocurrió… La explosión en la gasolinera.
El parte del perito lo dejó claro, una chispa en el encendido del coche del encargado había producido el incendio, que se había cobrado con dos víctimas mortales, el gerente y una empleada que estaban de turno. Había sido un accidente.
En el fondo ahora que lo pienso, quizás él tenía razón, y nada es lo que parece.
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