‘Pa’ habernos ‘matao’ por @VictorFCorreas (serial sobre Carlos V) para leer y escuchar: «Por querer verte, Lutero»

Por querer verte, Lutero

Lutero. De nombre, Martín. Un mito ya. Los tenía bien puestos el amigo. Te gustará más o menos —a Carlos, nada—, pero hay que reconocerle dignidad, valentía y fe. Sobre todo, fe. Por lo que se puede decir que sí, que el francés, el turco y hasta Clemente VII se la liaron al emperador cuantas veces quisieron, pero el que le hizo pasar las de Caín —y del que de verdad se arrepintió hasta el final de no habérselo llevado por delante— fue a Martín Lutero. Chungo, chungo de verdad. Que lo tuvo, y bien cerca, para cargárselo, pero no lo hizo. Luego Lutero le incendió Alemania y ya de paso prendió un fuego que aún hoy sigue ardiendo. Y con unas llamas que dan gusto, oiga.

Lo de Lutero viene de atrás, de cuando el emperador fue coronado como tal en Aquisgrán en 1520. Por entonces, aquel fraile llevaba unos años pegándoles tobas a los alemanes en forma de soflamas que dejaban en entredicho el predicamento de la Iglesia de Roma y el de su santidad en particular. De golfos para arriba. Que si se bebían el Nilo, el Danubio y el Pisuerga juntos y comían como si no hubiera un mañana, amén de vender parcelitas en el cielo a tanto el kilo para, con las perras que se sacaran, rematar esa joya que es la Basílica de San Pedro, entre otras cosas.

Vale, cuestiones religiosas. Pero lo que realmente preocupaba al emperador era el predicamento que aquel fraile había adquirido entre los príncipes alemanes, que le veían poco menos que un Braveheart gritando aquello de “¡Yo os daré la libertaaaad!” y tal; la personificación del ideal alemán, de su rectitud y dignidad, frente a una Roma que era poco menos que Sodoma y Gomera.

Así que, aprovechando que tocaba dieta en Worms ―o sea, reunión, no cura de adelgazamiento―, y como Carlos había jurado defender a la Iglesia en su coronación en Aquisgrán, allá que se fue con la idea de apaciguar los ánimos del fraile alemán y de toda su parentela; con la promesa de que le permitiría llegar a Worms sano y salvo ―mediante salvoconducto imperial― y allí le escucharía con toda atención y respeto. Nada que temer. Tranqui, colega, y tal. Todo eso le prometió desoyendo los consejos de quienes le pedían leña al manzano, que está maduro. Muerto el perro, se acabó la rabia y todo eso; lo que le ocurrió a Juan Huss, teólogo checo que acudió en las mismas condiciones a la Dieta de Constanza en 1415 y acabó hecho un pincho moruno. Tonterías, las justas.

Lutero se presentó en Worms desoyendo a quienes le avisaban de que se le estaba poniendo cara de pincho moruno. Y la lío. Pero parda, parda. Vale que, al verse delante del emperador y demás fauna cortesana y eclesiástica, se acojonó y pidió 24 horas para reflexionar cuando le preguntaron por todo lo que había hecho/dicho hasta entonces, pero pasadas esas 24 horas… no se cortó ni un trozo. Nada de retractarse de ninguna de sus ideas y postulados. La armó gorda. Si había que morir, que fuera matando, debió de pensar. Con sus santos cojones.

En resumen, a Lutero se le condenó por hereje, se ordenó que todos sus textos fueran quemados y se le expulsó de la Dieta echando hostias; de lo que Carlos se arrepentiría enormemente. Al final de su vida reconocería que se equivocó en no darle matarile al fraile. El tiempo pasado, que es lo que tiene.

Aquella Dieta terminó de mala manera, tra tra, porque al emperador le llegaron los primeros ecos de que se estaba liando floja en España ―Comuneros y Agermanados, ¿te acuerdas? ―, pero no tratar el tema de Lutero en profundidad lo convirtió en un tumor que cada vez se fue haciendo más grande. Sus ramificaciones le afectarían de lleno durante los siguientes treinta años de su vida, siendo unas de las causas ―junto a otras tantas― de su abdicación y retirada a Yuste cuando, allá por 1552, un príncipe protestante alemán, Mauricio de Sajonia, estuvo a punto de echarle el guante en Innsbruck, obligándole a una retirada humillante casi con lo puesto. Esa te la contaré más adelante, llegado el momento.

En consecuencia, venían años interesantes para Carlos, que se las tendría tiesas con el turco chico a cuenta del Mediterráneo y el norte de África; también con el francés; y que llegó a algo parecido a una paz con su santidad, que incluso lo coronó emperador pocos años después en Bolonia, como te contaré en capítulos posteriores.

Después de leer viene lo de escuchar, ya sabes que el podcast y el post no son iguales.

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@VictorFCorreas

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About Galiana

Escritora, bloguera, podcaster, enamorada de todo lo que huele y sabe a Cultura
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