‘Pa’ habernos ‘matao’ por @VictorFCorreas (serial sobre Carlos V): «Aquisgrán bien vale un imperio»

Aquisgrán bien vale un imperio

Vale, Carlos ya era emperador. El capricho le salió por un pico. En perras, pero también en disgustos. Agárrate, que viene curvas en los siguientes capítulos. Y gordas.

Eso sí, vamos a darle un poco de cuartelillo para que disfrute de esa corona. ¡Y vaya si se celebró la coronación! No es que aquello fuera Ibiza en agosto, pero casi casi. Tres preguntas: dónde se iba a celebrar, cuándo y cómo. Cómo, como si no hubiera un mañana, que a uno no lo nombran emperador todos los días; que aquello le había salido por un riñón y parte del otro. Dónde, en Aquisgrán, la vieja ciudad donde estaba establecida la corte de Carlomagno —sus restos estaban enterrados allí—, en cuya catedral le aguardaba el trono simbólico del fundador del Imperio. Desde hacía 700 años, cada nuevo emperador era consagrado en Aquisgrán, y Carlos no iba a ser menos.  

Resueltos el cómo y el dónde, quedaba por saber cuándo. Eso ya fue algo más complicado. En principio se decidió que fuera el 29 de septiembre de 1520, en pleno veranillo de San Miguel. Buen tiempo para que la peña saliera a la calle y recibiera al emperador como lo que era. Peeeero

―Que esto es Alemania…

―Ya. Es lo que tiene no haber pisado nunca estas tierras.

― ¿Y no se lo puede decir alguien de su entorno? ¡Será por gente! 

― Con la ilusión que tiene…

― ¡Y tú por verlo!

Natürlich!

Diálogos como éste se repitieron varias veces por aquellos días en diversas ciudades alemanas, y también en Aquisgrán. Y a ver quién tenía narices de soltárselo a Carlos, que por aquellos días parecía cantar todo el santo día a lo Edith Piaf —Ye vuá la vi en ros—. Mas a Carlos lo de aquella fecha le convencía por completo al considerarlo un buen augurio —sus cosas—. Como si presintiera que algo grande y magnífico estaba a punto de empezar.

― ¿Y de los rumores no sabe nada?

― ¡Quita, quita!

― Pues alguien se lo tendrá que decir…

¿De qué rumores se hablaba en las calles de Aquisgrán fechas previas a la coronación? De que se avecinaba una epidemia de peste. El COVID-19 de la época, pero más chugo, que entonces no había sanitarios como los nuestros que se dejaran la vida para salvar la de los demás. Ni los genízaros a las puertas de la ciudad acojonaban tanto a los Príncipes Electores alemanes. Aquellos turcos con cara de cabreo perpetua y cuerpo con eternas ganas de jarana eran un cuento para críos comparado con la peste. Así que, alguno que tuvo lo que había que tener, le fue con el cuento al emperador:

―Convendría buscar otra ciudad, mi Señor ―le aconsejó uno de aquellos príncipes.

―Mi señor, cualquier catedral servirá ―le quiso convencer otro―. Sólo se trata de una toma de juramento y de unos actos religiosos.

―Además, los arzobispos de Colonia, de Maguncia y de Tréveris os coronarán emperador donde lo estipuléis… ―quiso colaborar un tercero con su opinión.

No lo cuentan las crónicas, pero el grito de Carlos se tuvo que escuchar hasta en Valladolid como poco. O Aquisgrán, o Aquisgrán. Dejémoslo en que eso soltó a los Príncipes Electores presentes en la reunión que acabamos de relatar.

Volvamos atrás y hagamos un corta y pega a palo seco de la biografía del emperador Carlos V a cargo del profesor Manuel Fernández Álvarez: “Aquisgrán, la vieja ciudad corte de Carlomagno —sus restos estaban enterrados allí, insisto. Esto es cosecha propia—. Desde hacía 700 años, cada nuevo emperador era consagrado en Aquisgrán, insisto.

Y Carlos no iba a ser menos ¿A todo eso iba a renunciar Carlos por un amago de peste? ¡Eeeh, Macarena! ¡Aaay! Un retraso de fecha, y listos. En lugar del 29 de septiembre, el 23 de octubre.

¿Que si mereció la pena? Echa un vistazo en YouTube a cómo recibieron en Madrid a los astronautas que llegaron a la Luna. Pues lo mismo, pero en el siglo XVI. Eso, el día anterior a la coronación. Allí se reunieron el Margrave de Brandemburgo con su séquito; a continuación, altos personajes del Imperio seguidos de cerca de 3000 infantes en sus tres secciones de arcabuceros, alabarderos y piqueros; los Príncipes Alemanes y Grandes de España a cascoporro; y, por último, Carlos. Tras él, los cardenales de Salzburgo, Sion y Toledo; y, cerrando la marcha, la guardia regia.

Por resumir el asunto, al día siguiente, esto es, el ya consabido 23 de octubre, se ofició una ceremonia dividida en cuatro partes y que concluyó con la consagración de Carlos con el óleo santo en sus manos, pecho y cabeza a cargo de los arzobispos de Colonia y de Tréveris. Y el coro, acompañando el momento. Voces de las buenas, de esas que qué bonitas son cuando las ves en cualquier show talent de la tele, pero de las que nadie se acuerda ya a los tres meses. Y Carlos, encantado de la vida luciendo los ornamentos propios de su nueva condición: la espada de Carlomagno, el anillo imperial, el cetro y la corona imperial.

Un día feliz para Carlos, sin duda. Que la celebración fue lo más de lo más lo recordaría Alberto Durero, espectador de excepción del momento, de la siguiente manera:

«Yo, que he asistido a todo el espectáculo, he visto cosas tan soberbias, preciosas y exquisitas como no ha visto jamás ninguno de los vivos».

Siglos después, a Rutger Hauer se le metió en la cabeza soltar algo parecido en el monólogo final de Blade Runner. Improvisó, y Ridley Scott dando palmas con las orejas con la joya que se le ocurrió al actor neerlandés. Y Carlos, tres cuartas partes de lo mismo. Y bien que hizo en aprovechar el instante fugaz de su coronación. Las curvas no tardarían en llegar. La primera, Lutero. Hors catégorie, que dicen los franceses.

@VictorFCorreas

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Escritora, bloguera, podcaster, enamorada de todo lo que huele y sabe a Cultura
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