Entre el glamour y la oscuridad, una historia de excesos y desesperación. ¿Qué pasará por su la mente mientras su vida se desmorona? ¿Podrá encontrar una luz de esperanza en medio de la decadencia?
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Espejismo de placer
Este es el final, lo sé, estoy convencido. Nunca en ninguno de mis viajes me había sentido así. La respiración se me está ralentizando de una forma anormal, y mi cuerpo no me pertenece, tengo contracciones bruscas, persistentes e involuntarias, sobre todo de brazos y piernas. Se acabó.
Fui educado en colegios de pago. Con el paso de los años, me doy cuenta, de la cantidad de dinero que debieron gastarse mis padres en mi enseñanza
Mi madre, que en paz descanse, solo ha cometido un error en su vida. Fue meternos en aquel colegio. Ella fue la que insistió a mi padre para que nos formáramos en aquella escuela de élite. No quería que nos ocurriera como a ella, que sin llegar a ser analfabeta, le contaba horrores, hacer una cuenta, o leer y escribir. Creo que en algún momento creyó que aquellos muchachos pertenecientes a la alta sociedad española, nos ayudarían a ir por el buen camino. ¡Ignorante!, el mal está en cada esquina, no hace diferencias de clases sociales, el que es malo, es malo. Y con total sinceridad, si se tiene dinero para sufragar la malicia, aún peor.
Mis “amigos” en primero de B.U.P, empezaron a fumar. Supongo que se sentían mayores. Lo hacíamos a escondidas, en los baños del instituto. El conserje y los profesores, nos habían llamado la atención en alguna ocasión, pero nosotros pasábamos de todo lo que nos decían.
Del tabaco, vinieron los porros, ¡menudas risas que nos echábamos!. En los patios, nos liábamos alguno, en la plaza que teníamos delante del instituto. Ni quería empezar a fumar tabaco ni mucho menos marihuana, pero es lo que tiene la presión social a esas edades, haces cualquier cosa por pertenecer al grupo.
No sé en qué momento, a alguno le pareció divertido ir más allá. Una noche, en una “fiesta”, un amigo dijo que había conseguido algo mejor, esta vez sí que íbamos a flipar. Se lo regaló, el que le proporcionaba la grifa, asegurándole que ese iba a ser el “viaje” más alucinante de nuestras vidas.
Así fue como caí en el consumo de estupefacientes.
La falsa sensación de placer que te dan las drogas, hacen que tu necesidad de sentirte así, sea cada vez mayor. Quieres más y más, por eso la primera vez, te la regalan, porque conocen a la perfección como funciona y saben que irás a por más. Éramos ricos y famosos, la perfecta combinación para los clientes fijos.
Desde aquel día mi consumo ha sido más o menos habitual. He pasado por momentos de absoluta abstinencia, de pensar que ya estaba curado. Hasta llegué a casarme, tener una familia, llevar una vida normal.
Pero las adicciones son como los fantasmas, te persiguen, te acosan, siempre están ahí, y cuando menos te lo esperas, aparecen para recordarte cuan “feliz” era tu pasado.
Supongo, que solo te das cuenta de la realidad cuando estás al borde del abismo. En ese preciso instante, sabes que es un camino del sin retorno.
He visto a mi madre, me insta a que vaya con ella. Que volvamos a estar juntos, que cuidara de mí como siempre lo ha hecho. Que me ayudará a encontrar la paz. Le agarro la mano, ella me abraza. Un fundido en negro y después nada volverá a ser como antes.
Es el final, lo sé, puedo asegurarlo, me estoy muriendo.
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