Relatos musicales de @yugm76 en noviembre: «Huida en la bruma nocturna»

A través del bosque de pesadilla, corre sin tregua. ¿Cómo se escapa del abismo en la oscuridad? ¿Qué oculta la niebla que la rodea? Este relato impactante te envuelve en una carrera contrarreloj, tejiendo un enigma que se desvela con cada paso.

Descubre un desenlace que te dejará sin aliento.

Huida en la bruma nocturna

Corro. Corro en mitad de la noche. En el bosque, en la oscuridad, en la niebla.

Apenas puedo ver por donde voy, la luz que produce la luna llena no se ve a través de las copas de los árboles, y la espesa bruma me envuelve a cada paso que doy.

No sé ya las veces que me he tropezado con alguna raíz y me he caído. He dejado de contar las ocasiones en que las ramas de los arbustos, que no consigo ver, me han arañado la cara y el cuerpo. Y a pesar de todo, sé que tengo que encontrar un refugio, algo en lo que esta inquietud que siento se calme, intente serenarme y dejar de huir.

Estoy al límite de mis fuerzas, a cada paso que doy la extenuación va en aumento y, sin embargo, no puedo parar, dejar que “eso” se acerque a mí, que me atrape. Quiero pensar que está igual de cansado que yo, que la balanza de la persecución se inclina de mi lado. Que le llevo mucha ventaja, en definitiva que no podrá alcanzarme y hacerme suya.

Sigo corriendo, no puedo parar. Gotas perladas de sudor empapan mi frente y encharcan mi espalda, estoy al límite, no sé cuánto tiempo podré aguantar este ritmo. Me convenzo a mí misma que si no me encontrara en esta situación no hubiera sido capaz de correr así. Cuando el miedo manda la adrenalina y el cortisol toman el control y consiguen que hagas hasta lo impensable.

Necesito detenerme, coger aire, respirar. Cada músculo de mi cuerpo me pide que lo haga, que me rinda, que pare. Si bien mi mente dice todo lo contrario, que continúe, que siga hacia delante, que encuentre entre la noche y la niebla, un lugar seguro donde esconderme, en el que jamás me descubra.

Apenas puedo controlar el llanto mientras corro, no sé ya si es por la agonía de la situación en la que me encuentro, ese miedo que me invade el cuerpo o porque las cosas no tenían que haber sido de esta manera, se suponía que hoy iba a ser el día más feliz de mi vida.

Intento recordar como he llegado aquí mientras no paro de correr, mi mente no me deja pensar en otra cosa que no sea huir, escapar, ponerme a salvo.

Recuerdo estar frente al altar con el que iba a ser mi esposo. Mi perfecto y hermoso vestido de novia, impoluto, blanco. Feliz y radiante, nada comparado con el pánico, la soledad y la angustia que siento ahora. Estábamos el uno en frente del otro, sonriendo, le miraba a los ojos y solo veía amor y luz.

Entonces, se giró a coger los anillos que portaba el paje. Una sobrina de mi futuro esposo, que llevaba puesto el más elegante, encantador y sofisticado vestido rosa que pudiera haber, parecía una pequeña princesa de un cuento de hadas. De repente, su rostro se desfiguró en algo maléfico, dañino y cruel. Los ojos azules de la niña se trasformaron en un rojo fuego y su delicada sonrisa en una mueca en la que podían verse todos sus afilados y puntiagudos dientes.

Di un paso hacia atrás y me froté los ojos, pensaba que podía ser una alucinación producto del estrés de los últimos días. Entonces mi futuro esposo me preguntó: —¿Ocurre algo? — Y al mirarle descubrí que también había cambiado. Era un monstruo oscuro y aterrador, el mal se cernía sobre él. Tenía la piel pálida, los ojos llameantes, cuernos en la cabeza, garras afiladas, alas membranosas, una cola llena de espinas y me intimidaba de una manera brutal.

No me lo pensé dos veces y eché a correr despavorida, ante la atenta mirada de todos los invitados.

Estaba atardeciendo cuando escapé de la pequeña ermita y me dirigí sin querer al bosque, a este que ahora se agolpa sobre mí y del que trato de salir con angustia y desesperación.

Por fin, a lo lejos veo una salida y, a pesar de nunca haber estado por este lugar, sé a la perfección que hay una carretera, que cualquier coche que pase me llevará a mi casa, mi destino, mi refugio. Ya casi estoy llegando cuando alguien me toca el hombro…

Me despierto en mi cama, empapada en sudor, el lecho deshecho por completo. Trato de respirar con normalidad, de verdad me siento como si hubiera corrido una maratón, estoy agotada. No es la noche ideal para el día antes de la boda, van a tener que taparme las ojeras con kilos de maquillaje.

Todo ha sido una pesadilla, un mal sueño, del que he podido despertar. Sin embargo, esa sensación de congoja no se libera de mi estómago, sé que algo no está bien, siento que ha sido como una premonición.

Y se me plantea una duda… ¿Sigo para delante o directamente cancelo la boda?

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@yugm76

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About Galiana

Escritora, bloguera, podcaster, enamorada de todo lo que huele y sabe a Cultura
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