Mi querida España
Dejábamos en la anterior entrega a Adriano de Utrecht tranquilizando a Fernando I de Castilla —el Católico ya para la posteridad—. La situación de su joven mujer, Germana de Foix, qué sería de ella en caso de que él pasara a mejor vida, etcétera. Lo que no barruntaba tan católica majestad es que eso fuera a ocurrir tan pronto. Pero sucedió. Así que, según lo dispuesto en su última voluntad, negociada por el que sería futuro papa Adriano VI a instancias de Guillermo de Croy, a Carlos le correspondía hacerse cargo de la herencia castellana. A por ella que se fue. Y cuanto antes, que los partidarios de Fernando, nieto del difunto y hermano del nuevo monarca, no estaban dispuestos a dar su brazo a torcer tan fácilmente. Sus derechos, el conocimiento de la idiosincrasia patria. Esos detalles. Y Valladolid, frecuente asiento de la Corte, apremiando su presencia en la villa. Ahora, lo de ser rey iba a ser otro percal.
—La reina Juana aún vive.
—Más para allá que para acá…
—Pero está viva y ella es quien posee los derechos.
—Pues a ver cómo se arregla eso… Porque la chaveta la tendrá estropeada, pero de cuerpo y ánimo anda que da gusto.
El diálogo, cuyos protagonistas podrían haber sido dos personas relacionadas con la Corte que aprovechaban la buena jornada para pasear al sol por la calle Teresa Gil de Valladolid, era siempre idéntico por distinto que fuera el corrillo y cortesanos que lo mantuvieran. Y era cierto. A Juana, madre de Carlos y —todavía— reina de Castilla, la tenían por loca y recluida en un castillo de Tordesillas, pero a sus 37 años gozaba de una excelente salud. Y seguía siendo la reina.
¿Cuánto tiempo viviría Juana? ¿Tendría que esperar Carlos hasta su muerte para ser considerado rey con todos los derechos? El Consejo Real tenía por asumida la incapacidad de la reina para gobernar, pero otra cosa era saltarse el orden sucesorio. La tradición, ya sabéis. En definitiva, respeto a su figura. Sobre todo, porque el pueblo de Castilla andaba con la mosca detrás de la oreja.
—¿Un rey extranjero?
—Se dice que la reina no rige bien.
—¿Quién dice eso? ¿Quiénes están con ella o quienes quieren quitársela de en medio?
—Pues buena pregunta esa…
Otro diálogo que se repetía de corrillo en corrillo por las calles de Valladolid, de Segovia, de Medina del Campo… Una cosa era lo que se pensara en las altas esferas y otra bien distinta lo que rumiaba el pueblo. Diferían.
A todo lo anterior hay que unir a Francisco I —que sea bienvenido a estas páginas. Os vais a hartar de su presencia en ellas—, que estrenaba corona en Francia. Y con unas ganas de tocar las narices que te rilas. En Navarra, básicamente. Así que Carlos puso rumbo a España a comienzos de septiembre de 1517, a donde llegó en más días de lo previsto, pero a otro destino: en lugar del contemplado en principio —las costas de Santander, en Laredo—, el mar y los vientos le condujeron a Tazones, en Asturias.
—¿Y dice que los barcos son tan altos como castillos?
—¡O más!
Nunca se había visto tal armada —hasta 40 barcos— por aquellos lares. Carlos ya estaba en España; y el recibimiento que se le dio fue precioso. Si esperaba pétalos de rosas, flores al viento y demás, lo que le mostraron los habitantes de Tazones fueron guadañas, hoces y todo aquello susceptible de servir como defensa. Al ser frecuentes las visitas de piratas por la zona, aquellos lugareños pensaron que se trataba de una más, y decidieron vender cara su piel. Una vez deshecho el entuerto, entonces sí que sí se le agasajó como el rey que iba a ser —todavía no lo era de manera oficial— por cada villa que pasó. A saber: Villaviciosa, Colunga, Ribadesella, Llanes, Torrelavega, Aguilar, Aguilar de Campoó… Carlos ya estaba en Castilla.
La comitiva que se dirigía a Valladolid lo hizo con paso lento. Unos dicen que De Croy —más listo que el hambre— prefería dejar que la naturaleza —esto es, la muerte— se llevara por delante al Cardenal Cisneros —80 años le contemplaban y pocos daban un maravedí por su salud. Unas semanas, a lo sumo, y a criar malvas—. Otros, en cambio, hablan de que De Croy quería preparar bien a su pupilo para encontrarse con su madre. Porque Juana, ante todo, era eso: la madre de Carlos. Y madre no hay más que una; y encima, reina. Lo que ansiaba ser el hijo. Y a ver cómo se presentaba éste delante de aquélla con eso de «madre, ya que usted no está para estas cosas, será mejor que me encargue yo de ellas» y tal.
De lo que hablaremos en la próxima entrega de la vida del futuro Emperador.













