Una herencia por heredar y una viuda a la que atender
Vale —como acaba El Quijote—. Guillermo de Croy ya había comenzado a maquinar. Sin duda, lo que mejor sabía hacer el tipo. Que sí, que Carlos ya era señor de los Países Bajos desde comienzos del mes de enero de 1515, pero el que pinchaba y cortaba era el segundo, en quien delegada el entonces imberbe Carlos.
Un año después de estrenar tal condición, a Carlos le llegó desde España la noticia de la muerte de su abuelo materno, Fernando el Católico. Y, claro, eso de que también pudiera ser rey de España… Deseos que el otro, el tal Guillermo, atizó que daba gusto: que si tenéis derecho a ello, que son vuestros territorios, que si sois el heredero… Sin contar con que había otra persona heredera de esos derechos: su madre Juana. O sí, porque con la carencia de escrúpulos que le caracterizaba, Guillermo de Croy tenía clarinete qué destino le esperaba a la pobre. Sí, pobre.
Otra cosa no, pero De Croy conocía el vodevil español como las palmas de sus manos. Según no pocos, Juana, la heredera tras la muerte de su padre, ya venía dando sobradas muestras de estar más allá que para acá —algo que daría para hablar largo y tendido. Había que estar en su piel, aguantando esas intrigas palaciegas día sí y día también—. Así que, incapacitada la hija y muerto el padre, el heredero debía ser el nieto. Blanco y en botella.
Pero Guillermo de Croy miraba más allá. El vodevil español, insisto. Para verlo. Hete aquí que había otro candidato a heredar los vastos territorios del abuelo Fernando: su otro nieto y hermano menor de Carlos. ¿El nombre? Fernando; al que su católica majestad —el abuelo, reitero— estaba criando a su lado. Conocía el percal patrio, todos sabían quién era, estaba al tanto de los asuntos que concernían a su abuelo… Y Carlos, mientras, en Flandes. Pues eso.
Así que, De Croy, que se olía la tostada, y deseando como deseaba que Carlos heredara todo lo heredable y más, envió a España a una persona de su confianza. Lo hizo antes de que Fernando la palmara y así dejar todo atado y bien atado. Y sí, lo dejó. La persona de confianza que De Croy mandó para España fue Adriano de Utrecht, quien con el tiempo sería el Papa Adriano VI. Se lo curró de lo lindo para dejar claro a Fernando el Católico que seguiría siendo regente de Castilla aunque la palmara su hija Juana. Eso correría por cuenta de su nieto Carlos. Para que se lo terminara de pensar, 50 000 ducados anuales en concepto de alivio por el cansancio que le pudiera causar tanto pensamiento. ¿Falta de escrúpulos? Ya veréis cuando llegue el momento de promocionarlo a emperador del Sacro Imperio Romano Germánico, ya.
Visto lo visto, el trato para que Carlos heredara los territorios de su abuelo Fernando parecía más que cerrado. Pero cuando uno está a punto de dar el último paso siempre surgen dudas. Y las de Fernando el Católico se resumían en una: si hacía bien apostando por Carlos en detrimento de Fernando, al que conocía de sobra. El extranjero y el natural de la tierra y esas cosas. Dudar, dudó, y mucho. No obstante, los pocos consejeros que lo acompañaron en el trance, los que siempre estuvieron a su lado, le aconsejaron que mejor no menear lo que ya estaba acordado. Para qué más problemas, vinieron a decirle. Y es que una posible guerra civil asustaba a cualquiera. Un nieto, Fernando, de apenas 12 años, por los 15 del otro, Carlos. Por mucho que éste no tuviera ni repajolera idea de lo que era bregar con los españoles —nivel Premium el desafío, sin duda.
Total, Fernando el Católico abandonó este valle de lágrimas el 23 de enero de 1516 en Madrigalejo (Cáceres). En consecuencia, una vez muerto el abuelo Fernando, el joven Carlos se convirtió en heredero de sus territorios. Hasta que llegara a España, el Cardenal Cisneros y Fernando, arzobispo de Zaragoza e hijo natural del Rey Católico, desempeñarían las labores de regencia en Castilla y Aragón, respectivamente.
Pero si todo lo anterior preocupaba a Fernando, hubo otra más que le quitaba el sueño y es lo que le encareció a Adriano de Utrecht: que su nieto se hiciera cargo de su joven esposa Germana, desvalida y viuda. Pobrecita ella. Es más, Fernando le pidió que la pusiera bajo su amparo y protección. Adriano de Utrecht le dio su palabra de que así sería; de que Carlos se ocuparía de la desvalida viuda. Y vaya si lo hizo el joven Carlos. Se lo tomó muy a pecho, vamos. Que la palabra dada a su abuelo no cayera en saco roto.













