Mientras el insomnio la consume reflexiona sobre los límites de lo posible. ¿Será capaz de encontrar fuerzas para enfrentar una nueva realidad y desafiar los obstáculos que se presentan en su camino?
El poder de lo imposible
No sé si es porque estamos en pleno mes de julio y tengo un calor de mil demonios, o por la conversación que hemos mantenido hace apenas unas horas, pero son las 3 de la mañana y no puedo dormir. No hago nada más que dar vueltas y más vueltas.
Será porque tu lado de la cama está vacío y te has llevado todas tus cosas de casa.
“Imposible”, esa ha sido tu última palabra antes de cerrar la puerta y largarte.
Estoy bocarriba. La rabia ha tomado el control. Me has dejado.
De repente siento frío, a pesar de la noche tropical que estamos teniendo en el sur, a sus 23 °C a estas horas. Es como si un glacial me atravesara de pies a cabeza, y tan solo por un puñetero pensamiento, ¿y si tienes razón? ¿y si es verdad que existen cosas que no puede ser, ocurrir o realizarse? Entonces nuestra relación estaba condenada al fracaso desde el mismo momento en que empezamos con ella. Nos equivocamos, jamás debimos conocernos, liarnos y mucho menos irnos a vivir juntos.
Me pongo del lado izquierdo, como si con ello no fuera a respirar tan deprisa, intentando controlar la ansiedad que se me ha generado, que hace que el corazón vaya a mil por hora. Entonces es cuando la tristeza coge el timón. Las lágrimas empiezan a caer sin control por mis mejillas, acompañadas de un pequeño quejido que sale de mis labios. Tengo la sensación de estar al borde de un abismo al que no quiero ni debo caer. Pienso en Marilyn Monroe o en Robin Williams y no acepto terminar como ellos, no. No lo voy a consentir, no voy a permitir que una estúpida palabra me empuje al vacío.
Me giro bocarriba. Cada vez tengo los ojos más abiertos, parezco un búho. El sueño se ha desvanecido por completo porque es ahora cuando mi parte racional lleva la voz cantante. Es hora de ponerse seria, comprender y entender el alcance de esta nueva realidad que se cierne sobre mí. Te has ido, pero eso no significa nada.
Sigo pensando en lo mismo, tu dichosa palabra final. Nunca he creído en ella, no hay nada inviable en esta vida, a lo mejor improbable o quizás inseguro, pero nunca, irrealizable.
Imagino a Michael Jordan o a Walt Disney, convencida por completo que ninguno de ellos creyeron que eran incapaces de llegar tan lejos. Al contrario, estoy segura de que parte de su éxito, por no decir todo, se lo deben a la fe de saber que podían hacer cualquier cosa que se propusieran.
¿Cuántas veces me dijiste que te enamoraba lo razonable y lógica que era?
Mi parte divertida toma el control de la situación, mientras me pongo del lado derecho.
Me imagino a Miguel Ángel contándole a sus colegas que le han hecho el encargo de pintar la Capilla Sixtina y a estos, tronchados de risa diciéndole: “Estás loco tío, eso es imposible”. O mejor, a la madre de los hermanos Wright, esos que inventaron el antecesor del avión, haciendo aspavientos con los brazos mientras les grita: “Una máquina para volar… una máquina para volar… eso es imposible, así que ya me estáis recogiendo este desastre que me habéis montado aquí”
No puedo evitar reírme sola, esa parte cómica, se supone que era una de las cosas que más te gustaba de mí.
Miro el reloj, el tiempo pasa muy deprisa o muy despacio, depende. Aún queda un rato para que amanezca. Solo tengo una idea en mi cabeza, se me ha colado la última frase de mi película favorita:
“Debe de haber alguna forma para hacerle volver… Ya lo pensaré mañana”.
Me digo a mí misma, mientras me quedo dormida, meditando en cómo te demostraré que esa palabra no existe en mi vocabulario.
La solución al juego, clicando en la ilustración.
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