Me dejé guiar, como en tantas otras ocasiones, por mi hijo Mario hacia los soportales vallecanos que acaban en la Albufera, esquineando las bocas de metro de Portazgo. Me llevo a un kebab que, efectivamente, era cantidad de barato y le dimos un homenaje a nuestro colesterol a base de la grasuza de la carne y la pringue de las salsas, empujando con los hidratos de la patatería frita y el refrescante sabor de cervezas y refrescos.
¿Sano? No lo tengo muy claro, pero momentos como ése le dan al cuerpo alegría para seguir palante un ratín más. Y luego, ya veremos 😉
@JoseRaigal












